ESTAMOS PUBLICANDO AHORA LOS RELATOS DE: GÉNERO: "LIBRE"; TEMA: "EMPECEMOS JUNTOS".

ÓRDEN DE PUBLICACIÓN EN EL LATERAL DEL BLOG. DISFRUTAD DE LA LECTURA, AMIGOS.


domingo, 29 de noviembre de 2009

INCERTIDUMBRE EN LA BRISA

Tumbada sobre el césped, sola en plena naturaleza mirando al cielo, contemplándolo como un cuadro en movimiento. La brisa me rozaba cada poro de mi piel, pero la brisa no traía sólo silencio..

Unas le ves pisadas se oían a lo lejos, cómo se acercaban poco a poco. Mis sentidos se agudizaban, levantaba la cabeza y no veía nada.. Los arbustos se movían al compás de la brisa, pero algunos a lo lejos parecían no seguir el vaivén del resto.

Empecé a preocuparme, no estaba sola , ¿pero quién o qué sería? Había subido allí a lo alto para estar más cerca del cielo y contemplar el valle y el lago desde arriba.

Las pisadas subían de tono, amenazantes y cuando empecé a andar se pararon, como si estuviera ocultándose. Empezó a invadirme un sudor frío producto de la tensión que estaba viviendo. Sólo se oía mi corazón cómo latía desbocado y esas pisadas de nuevo al pararme.

Unos hierbajos se movían lentamente delante de mi y retrocedí de miedo sin acordarme por un momento de lo que había detrás de mi, la nada, ese paisaje donde se recortaba el suelo que pisaba para dar lugar a una bonita vista, una vista que frenaba mi huída.

Ahora lo veía más claro, era un lobo lo que se acercaba a mi y no con muy buenas intenciones. En sus ojos podía leer su hambre contenida y que quería saciarla conmigo siendo su próximo banquete.

Su boca no paraba de salivar al verme y me miraba a los ojos, parecía que quisiera leer en ellos mis reacciones para pillarme desprevenida. Yo hice lo mismo con él intentando no demostrarle el miedo que me invadía por dentro.

Me llevo la mano a la cintura y si estaba lo que presuponía. Tenía las manos sudorosas y un río de gotas de sudor invadía mi cara. Tenía dos opciones, enfrentarme a la bestia o saltar al vacío. Me giro por un segundo y me invade el vértigo, pero cuando me giro miro al lobo y descubro su intención de precipitarse sobre mi. Instintivamente retrocedo y ¡¡¡ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!

No hay nada bajo mis pies, veo al lobo saltar por los aires por encima de mi. Noto la gravedad, su poder sobre mi haciéndome caer cada vez más rápido. El corazón a mil y sin sentir nada más que el vacío a mi alrededor.. Pero por suerte.. ¡tenía el arnés puesto, enganchado a la cintura!.

Eso es lo que buscaba momentos antes, el miedo no me dejaba recordar si lo había quitado o no tras el ascenso. Por suerte el cansancio me salvó la vida, pues nada más subir me desplomé sin más. Estaba viva es lo que importaba , ahora tocaba volver a subir, la bestia ya no estaría esperándome arriba.

Esther , lugar de encuentro

viernes, 27 de noviembre de 2009

PRESENCIAS


Sé que circulan varias historias de encuentros espeluznantes. Todas empiezan y terminan en este lugar. Unos las cuentan como mitos y leyendas del pueblo, otros realmente las creen.

Algunos científicos han investigado con sus aparatos, pero lo inexplicable, lo que pertenece al más allá, se resiste a esos métodos. ¿Cómo medir lo que ni siquiera sabemos definir o explicar? ¿Cómo encontrar algo cuando ni siquiera estamos seguros de lo que debemos buscar? Para los que creen, no hacen falta más evidencias; para los escépticos, ninguna huella es suficiente, todo se puede refutar.

Lo que no se puede negar es que cuando cae la noche, ni unos ni otros vienen por aquí. Esta es, después de todo, la necrópolis. No les pertenece a los vivos, ellos apenas al administran. Me contrataron a mí para cuidarla y así lo hice durante años. Cuidé, en la medida de lo posible, que todo esté limpio, intacto, en orden; que por las noches nadie entre…ni salga. No pienses que es broma, he visto muchas cosas en estos años, como resultado de tener asignada esta pequeña vivienda dentro de la propia necrópolis. Es un raro privilegio que casi nadie reclamaba, no sé por qué tu lo aceptaste. Cuando pases largas noches en silencio, este lugar te hará pensar sobre la fragilidad de la vida humana, la vulnerabilidad, lo poco que sabemos y entendemos. Cuando no sea el silencio lo que te acompañe, sabrás mejor que nunca lo que es el miedo, eso que pensabas que ya conocías.

¿Tienes miedo de quedarte sin trabajo, de que tu pareja te deje, de que roben tu dinero? Espera el momento en que escuches ruidos en la noche, que te parezca oír voces o pasos. Aguarda la noche en que pienses que es una fría mano la que se posa por detrás sobre tu hombro, y finjas indiferencia para no mirar.

En este sitio estarás más solo que cuando naciste desnudo e indefenso, pues en esa ocasión había alguien contigo. Estarás solo con lo que haya en tu mente. Enfrentarás entonces los mayores miedos frente a las peores presencias, reales o no. Tú verás entonces cómo te las arreglas.
Aquí tienes las llaves, bienvenido a esta pequeña pero distinguida ciudad. Cuídala bien, pues un día te convertirás en un residente permanente de la misma.

Jorge Fénix

miércoles, 25 de noviembre de 2009

LA SOMBRA



Era una noche extremadamente fría, como hacia años no se sentía en éste pueblito apartado en el centro sur de América del Norte, por consiguiente, había prendido la modesta chimenea, dándole a aquel saloncito un ambiente caliente muy acogedor. Me dispuse a ponerme cómoda en el gran butacón que tenia precisamente para relajarme en una noche como aquella, me serví una copa de coñac, tomé el libro que tenia entre manos en esos días, y me recosté. No pude leer por mucho tiempo, sentí un ruido afuera, proveniente de la terraza principal de la casa, me sobresalté, pues aunque tenia siempre la alarma puesta, no dejaba de sentir miedo por encontrarme sola.

Sigilosamente me asomé por una hendija del ventanal que daba hacia esa terraza, quedé casi paralizada al ver una sombra, me quedé quieta, no vi nada mas, todo estaba en absoluto silencio, decidí asomarme por el lado contrario, ya mas cerca en donde supuse se encontraba aquella sombra y cual fue mi espanto cuando a través de las cortinas vi el movimiento de algo, casi me atrevería a decir que estaba siguiendo mis pasos. Me detuve, dejé pasar unos segundos sin quitar la vista del ventanal, para poder percatarme de cualquier movimiento adicional, mas todo estaba quieto, yo diría, demasiado quieto.

Me mantuve en esta alerta por casi dos horas, hasta que el cansancio me dominó y me dormí en el mismo butacón en donde había dispuesto a “relajarme”.

La claridad del amanecer me despertó, me desperté sobresaltada, fui directamente hacia la ventana, me asomé, aparentemente todo estaba normal, por el momento no quité la alarma, desayuné, me tomé una ducha tibia sintiéndome una mujer nueva, renovada. Me dispuse a salir, a investigar, a buscar rastros de la sombra, de la visita nocturna de la noche anterior. No encontré nada, todo estaba igual, todo en su lugar, solamente vi tirado en el piso mi pañuelito, el que siempre mantenía en mi cartera, me lo había bordado mi madre, seguramente al sacar las llaves se salió y cayó.

Prendí mi auto y me fui camino al pueblo, iría al banco y luego a comprar alguna cosa de comida para la semana, además de lo que se me fuera ocurriendo que me haría falta.

-buenos días Sra. Eugenia, tenia días de no verla- me saludo con mucho cariño el señor que vende empanaditas en la esquina donde suelo parquear mi carro e irme a pie para hacer mis diligencias.
-buenos días don Carlos, ¿como amanece? Me da por favor una empanadita y un café bien calientito, a ver si se me pasa este frío que ando desde hace unos días.

Después de intercambiarnos unas cuantas palabras, seguí mi camino hacia el banco, donde cada semana iba para retirar dinero sobre mi cheque de pensión. Había poca gente, saludé a todos, y me dirigí a la única ventanilla dispuesta al público.

- buenos días Marlenita, ¿como está la familia?

- ¡Sra. Eugenia! ¡Tenia días de no pasar por acá! ¿Desea retirar una semana de dinero o las dos que tiene pendiente? Me preguntó amablemente.

Y aunque no comprendí mucho la pregunta, contesté inmediatamente: - dame una semana, gracias.

Tomé el dinero y me fui casi corriendo, sentí que algo estaba pasando. Crucé la calle y ya pensativa y silenciosa, fui al supermercado e hice mis compras.

Regresé al auto, acomodé como pude las compras y me fui rápidamente. Estuve manejando cerca de 45 minutos, sin rumbo fijo, como atolondrada, y casi sin darme cuenta, di una vuelta y me encontré regresando al pueblo, tenia que averiguar por que tenia aquel dinero acumulado si todas las semanas religiosamente yo retiraba mi pensión. Algo no concordaba, pues yo me encontraba sola en este lugar, y no concebía en mi mente la posibilidad de que algún familiar me fuera a depositar dinero en mi cuenta.

Con algo de intranquilidad, entré nuevamente al banco, esta vez ya se encontraba el director
-mucho mejor-pensé.

- ¿como esta Sr. Suarez?, cuando gusto encontrarlo hoy- me decidí hablar.

- el gusto es mío Sra. Eugenia, ya tenia cerca de un mes de no venir a nuestro banco, ¿estuvo de vacaciones donde algún familiar, salió del pueblo? Casualmente hace dos días pregunté por usted al muchacho de la gasolinera y me dijo que no la había visto desde hacia algún tiempo. Aunque no lo crea, llegué a preocuparme por usted, así que me alegra muchísimo verla de nuevo.

- Gracias por su preocupación, Sr. Suarez. Le voy a pedir un favor, un inmenso favor, dejé mi teléfono en la casa, ¿usted pudiera hacer un pedido de un arreglo de flores y que me la envíen a mi casa? Se lo agradeceré eternamente.

Dichas estas palabras salí como pude, creí que iba a desmayarme, me sentí muy mal, pero mis pasos no me fallaron, caminé, caminé, y en menos de dos minutos, estaba tras el volante de nuevo, esta vez me dirigí directamente a mi casa, manejé sin saber por donde iba, manejé como hipnotizada, creo que no estaba pensando, cuando me di cuenta, ya estaba frente a mi casa, me bajé casi corriendo, subí los cuatro escalones que me llevarían al portal de mi hogar, me sentí confortable, como aliviada, tranquila, miré al piso y vi de nuevo el pañuelito de mi madre, lo recogí, me asomé por la ventana antes de abrir la puerta (lo cual no tuve necesidad de hacer). Allí estaba yo, sentada en aquel butacón, con un libro sobre mis piernas, con la cabeza hacia atrás, como durmiendo, una copa de coñac rota en el piso. Estaba muerta. Y yo, yo era la “Sombra”.

Mery Larrinua

lunes, 23 de noviembre de 2009

MIEDO

Mamá, tengo miedo…

Esas palabras siempre le paralizaban cuando su hija las gritaba desde el cuarto…

¿Miedo?

Recordaba bien el miedo…

…/…



Siempre esperaba un buen rato… cuando ya el sueño comenzaba a rondarle, haciendo pesados sus párpados, entonces sucedía…

La puerta, suave se abría, sin un quejido.
Como un cómplice inerte.

Fríos e impasibles, los muñecos de la pared, los libros de cuentos, las barras de plastilina y el estuche del colegio observaban desde su sitio, en silencio…
Hasta las flores de su diadema alcanzaban a ver lo mismo cada noche y reprimían las lágrimas junto a esa niña de piel suave y mirada adulta.
Mirada guardiana de mil dolores, de mil llantos amargos.
Dulce y lejana se perdía atravesando las paredes…

Él venía con un vaso de agua, como la excusa perfecta.

¿Cómo está hoy mi niña…?

Cada día igual. Aquel lobo nunca saciaba su hambre.

Ni una noche sin agua, ni una noche sin visita…

Y su niña, se quedaba inmóvil, aterrada.

Su piel ya se preparaba para su sucio aliento, tan caliente... Y sus ojitos automáticamente se cerraban...

“Si no lo veo, no existe. Si no lo veo, no está” se decía…

Suerte ser una niña lista. Con su imaginación se marchaba de su camita de flores y ositos amables, siempre al mismo lugar:
Un hermoso prado lleno de amapolas rojas que salpicaban como cerezas un suelo verde, alfombrado.
Allí corría y, tumbada en el suelo, podía ver hermosas formas en las nubes que el viento mecía y modelaba caprichosas…

Un columpio verde colgaba de un anciano y amable árbol y, a veces, se subía, se columpiaba, sintiendo un suave y perfumado viento en su rostro…
Arriba, arriba… más arriba, por favor.

De vez en cuando, papá le hacía volver
¡Date la vuelta!
Y sabía que ahora dolería… siempre dolía… y corría de nuevo al prado, deprisa, deprisa…

Tengo sueño papá…

Los sollozos no dejaban de acudir a su garganta.
Dolía tanto que, a veces, creía que no podría respirar… y a veces deseó no hacerlo nunca más…
Tenía que aprender a controlar esos sollozos, a papá no le gustaban…
Y cuando se enfadaba, siempre encendía un cigarrillo y hacía dibujos en sus pies, para calmarse…

No solloces, por favor, no lo hagas…

Claro, verás qué bien lo vamos a pasar, luego podrás dormir… Mi niña tiene que ser buena o sino… papi se enfadará con ella.
Y tú no quieres eso ¿Verdad?


No, papi no quiero, por favor. Seré buena.

Y volvía al prado, a esperar con las hermosas nubes… a que el lobo se vaciara de ese veneno que cada noche le volvía loco…

¿Miedo?
Si,
tuve tanto miedo...
no de morir, sino de seguir viviendo…

Natacha

sábado, 21 de noviembre de 2009

INSEGURIDAD

-¡Quieta! Ni se te ocurra moverte… -le susurró él al oído.

Los dedos helados del escalofrío le recorrieron la columna vertebral, y un vértigo extremo se apoderó de la mente de Graciela.

Él encendió un cigarrillo lentamente, mientras disfrutaba del miedo que exudaba su presa. Gotas perladas de sudor empezaban a formarse en sus sienes, y los vellos suaves de su nuca comenzaban a erizarse.

-Ahora vas a abrir la caja con total normalidad, y me vas a dar el dinero. Un solo movimiento extraño… y no contás el cuento…

Graciela no comprendía cómo el ladrón había entrado, ni por qué estaba detrás de ella, ni qué le pasaría… el temor que sentía era tan grande que quería que cediese ya. Por ventura, estaba sola en su local comercial. Sus hijos ya habían salido para la escuela, había pocos clientes rondando en la calle…

Su boca se había secado, no podía pronunciar un solo balbuceo, pero allí estaba tratando de no parecer torpe para no delatar su terror. Abrió la caja registradora y sacó los billetes rápidamente, mientras él continuaba pegado a su oreja susurrándole.

-Buena chica.

El ladrón parecía no tener apuro alguno. Continuaba exhalando el humo con total lentitud, demostrando un dominio excesivamente fuerte. A ella le transpiraban las manos de un modo atroz, tanto que las gotas regaban el piso de madera formando charcos oscuros que paulatinamente iban desapareciendo, absorbidos…

-No hay más dinero- se atrevió a decir ella.

-Shhhhhh! silencio, linda chica. Tengo mucho tiempo…

-Váyase, por favor, en cualquier momento puede entrar alguien. Ya tiene lo que quería…

-¿De verdad, muñeca? Me estás subestimando…

Graciela comprendió que la situación era más grave de lo que aparentaba. Y que aquél no era un loco cualquiera, que estaba en pleno imperio de sus facultades y que además no era un vulgar ladrón. “¡Dios, ayudame!”, rogó en su mente, pero su cabeza ya giraba en un torbellino descontrolado…

Parecía que la cordura se había ausentado, porque sus ideas se agolpaban sin concierto, abrumándola y paralizándola. La habitación giraba alrededor de ella, y en un momento más un telón blanco cayó sobre toda la escena, nublándolo todo, alejándola de aquella realidad.

Cuando recuperó la conciencia, se encontraba en un lugar desconocido. Penumbras, una cortina apenas corrida, silencio, quietud. Una cama antigua con barrotes de hierro, sobre la que se incorporó, acompañada por los crujidos de resortes herrumbrados.

Con un impulso repentino, se levantó de la cama, mirando por la ventana hacia afuera. El día estaba cubierto por nubes grises, cuyas pinceladas asimétricas le conferían una triste belleza. “¿Dónde estoy?” pensó con aflicción, y el temor la invadió nuevamente... Entonces comenzó a recordar al ladrón, a quien nunca le había visto el rostro, pero sí había sentido su voz grabada en susurros a su oído. “¿Qué me pasó, Dios? Estoy viva… ¿y mis hijos? ¿dónde estoy?”. Sin darse cuenta, había hablado en voz alta.

-Tranquila, Graciela. Todo está bien. Estás en mi casa…- Era su vecino Joaquín quien le hablaba. Se acercó a ella y trató de transmitirle calma, de serenarla. –Te cuento…-acercó un sillón y la invitó a sentarse. Notó que ella todavía temblaba.


-Parece que te desmayaste…, caíste sobre una mesita que tenía una lámpara… esa lámpara era sumamente pesada, y se rompió en mil pedazos… Yo lo escuché, fue casi como una explosión… y corrí a ver qué había pasado. Por suerte en ese momento no había tanta gente rondando, no había tanto bullicio en la calle, por eso lo oí... Entré enseguida y te encontré desmayada sobre el piso, rodeada de los pedazos de tu lámpara, pero sin cortaduras.

-¿Lo atraparon?

-¿A quién…? Estabas sola cuando llegué… pensé que te había dado un ataque…

-¡Y no pude verle la cara…! –la voz de Graciela expresaba preocupación. -¿Y si vuelve? Me dijo que no había terminado conmigo, me dijo que tenía mucho tiempo, me dijo… -hablaba atropelladamente.

-Tranquila, tranquila, muñeca…, tranquila, preciosa… -le decía Joaquín con un tono que pretendía ser sedante. ¡ESA VOZ…!, “¡NOOOOO…!!!”, gritó la mente aterrada de Graciela, abriendo sus ojos desmesuradamente, incrédulamente… “¡NO puede ser…!!! ¡¿Me estaré volviendo loca…?!?!”



Patricia.

jueves, 19 de noviembre de 2009

CALLADA

Así permanecía durante largas horas, contemplando el paisaje más allá de los cristales sucios de su habitación. Una oleada de sentimientos se le anudaban en la garganta, hasta el punto de hacerla sentir náuseas.
Marchaba entonces lentamente hasta el aseo, y dejaba caer el agua en la bañera. Era el momento de sucumbir en el abrazo acuoso durante un tiempo limitado, en el que la frialdad del agua, la hacía retroceder a esas cuatro paredes asfixiantes en las que se podría decir que vivía…y soportarlas…
No recordaba bien, el momento exacto en el que hizo de aquel habitáculo, su mundo. Sólo recordaba vagamente, la imperiosa necesidad de encerrarse, de alejarse de algo que la aterraba…
Pero…¿de qué se trataba?. Eso era mucho pensar.
Ráfagas de odio, cruzaban bamboleantes por los intrincados caminos de su cerebro. Y luego venía esa sensación opresora y terrible, que identificó como miedo.
Era un miedo visceral, horrible, tortuoso.
Pero…¿a qué?
No lo recordaba. O no quería hacerlo.
Decían que su amnesia, era selectiva y voluntaria, y que con la medicación y el cuidado que allí le proporcionaban, acabaría por recordar y tomar de nuevo las riendas de su vida.
¿En verdad deseaba hacerlo?
Se lo preguntaron en más de una ocasión, y ella tras meditarlo a la ligera, asentía calladamente. Más luego, a solas en su universo individual, acompañada de aquella cama de blancas sábanas, de aquellos dos cuadros de lánguidos paisajes, y de aquella mesita iluminada por la tenue luz de una triste bombilla…
Las visitas…las justas. Y dolorosas. Aquel que decía ser su esposo, aquellos que decían ser sus padres, aquellas miradas compasivas y las sonrisas forzadas…
Todo le indicaba, que el exterior, no le sería muy agradable…
El artefacto apareció de forma misteriosa en su cuarto. Lo vio al despertarse, tras pasar de nuevo una noche agitada, donde ruidos ensordecedores y llantos, la hacían temblar descontroladamente. Alguien lo había colocado justo a los pies de su cama. Situado en una mesita con ruedas, tenía a su lado un mando con el que darle vida.
Se sabía vigilada. Cualquier reacción, sería anotada por manos eficientes. Trató de ser valiente y demostrar, que ese miedo irracional, se iba alejando de ella al fin.
Tomó el mando con manos temblorosas… Un botón. Un solo botón la separaban del mundo real, del imaginario y sosegado que habitaba…
Un chasquido. Imágenes desoladoras aparecieron ante sus asombrados ojos.
-Y con estas escabrosas imágenes, nos despedimos de ustedes hasta mañana, decía el presentador del telediario.
Un grito de horror se pudo escuchar por todos los rincones. Un chillido desgarrado proveniente de su garganta, que fue capaz de nublarle los sentidos hasta hacerla caer en el pozo de la inconsciencia.
En aquel abismo de oscuridad en el que se había sumergido tras el impacto visual, su cerebro abigarrado, no hacía sino mostrarle cuerpos mutilados, sangre llenándolo todo, gentes gritando mientras sorbían lágrimas a raudales. Niños desamparados, cuyas caras mojadas y sucias mostraban bien a las claras, el terror que sentían…
La guerra. Eso es lo que trataba de olvidar, de dejar relegado al olvido.
Ya había acabado, le decían. ¿Y qué? se decía ella misma. ¿Y si estalla otra? ¿y las muchas que perviven aún?
El mundo estaba loco. No ella.
Ella…
Sólo sentía miedo…

Marinel.

martes, 17 de noviembre de 2009

A MI MUERTA LE GUSTA VIAJAR

Lucía se bajó del tren y se quedo quieta esperando hasta que el tren desapareció de su vista, miró el reloj ,las 3.30 de la madrugada , la estación estaba desierta , hacia frío y se subió el cuello de la chamarra pensando en que solo le quedaban cuatro horas para irse a su casa a dormir.

La noche de vigilante en una estación es larga, sobre todo en Enero, cuando los trenes viajan sin gente y el único aliciente es acabar el turno cuanto antes. Al lado de la estación hay un pequeño parque donde en verano se reúnen los chavales por la noche, pero en invierno los viejos árboles cuando sopla el viento hacen un ruido que te encoje el alma.

Lucía pensó que tenía demasiada imaginación, que la estación era segura y que lo mejor era dar una vuelta por los andenes para asegurarse de que todo estaba bien . Un nuevo tren paró en el andén y Lucía miró hacia él y saludó al conductor, era la señal de que la noche pasaba sin novedades .
Por unos segundos le pareció ver unas sombras que subían las escaleras de salida hacia la calle. Cogió el ascensor para llegar antes que ellos , pero en el vestíbulo no había nadie – Me habrá engañado la luz, pensó – en ese mismo momento sintió unas frías manos en los tobillos que le hicieron caer al suelo de un tirón, se revolvió como pudo y consiguió darle unos cuantos golpes a ese animal al que no podía ver la cara por lo rápido del suceso, cayeron rodando los dos por las escaleras , hasta las vías del tren, en ese momento se unió a la pelea otro tipo, que sacando una navaja del bolsillo, se la incrusto en el estómago a Lucía ...ella sintió un calor casi agradable que la paralizaba , un pequeño río de sangre manaba sin parar mientras el tiempo dejaba de existir; Lucía se resistió a los golpes y pudo quitarles la navaja a los intrusos, a uno le pilló de perfil cortándole la mejilla, y al otro le pudo clavar la navaja en la rodilla antes de morir.

Minutos más tarde el tren de vuelta vio el cadáver de Lucía tirado entre los raíles y desde el puesto de mando encendieron las luces de toda la estación. La policía buscó por los alrededores alguna pista de los asesinos, algún indició que pudiese aclarar lo que pasó aquella noche, pero fue en vano, durante muchas noches la policía vigiló todas las estaciones pero no pasó nada.

Y llegó el siguiente invierno ….y una noche de Enero dos hombres viajaban en el tren sin darse cuenta que alguien viajaba a su lado, rozando casi sus nucas, con el estómago por fuera del cuerpo manando un hilo de sangre, y sonriendo, sabiendo que aquel sería el último viaje de sus asesinos ….el frío se apoderó de los huesos de los viajeros, y el terror de su alma cuando reconocieron la sombra de Lucía .
Un dolor espantoso se apoderó de sus gargantas cuando quisieron gritar , y no consiguieron articular ni una sola palabra, sus gargantas fueron seccionadas de un solo tajo, y sus cuerpos tirados en el andén de la estación, ya sin vida.
Cuando llego la policía la pregunta era un clamor ¿Qué habrán visto estos pobres hombres antes de morir, para tener esa cara de espanto?

Lucía , comprendió que había terminado su turno, y ya era hora de ir a dormir.

Los periódicos sensacionalistas dieron repercusión a la noticia, y encontraron coincidencias entre los dos casos; La seguridad del tren se apresuró a desmentir cualquier coincidencia , pero corrió como la pólvora la idea de que Lucia, la vigilante del tren, dejó su alma para siempre en los vagones, incluso hay quien dice que en las noches de invierno se puede ver su rostro sonriendo
reflejado en el vapor de los cristales ¿Será posible dejar el alma aquí antes de morir ? ... ¡Quién sabe!



21 gramos de alma

domingo, 15 de noviembre de 2009

EL ÁRBOL DE LOS COLGADOS


Agotados de tanto jugar y correr en el patio de una casa de campo, dos niños buscan reposo a la sombra de un árbol que los resguardará del insoportable calor de mediodía. Salpicada de verdores que se esparcen aquí y allá, la tierra se alarga interminablemente bajo un despejado cielo azul. A la distancia se vislumbra una modesta carretera, que es la única vía de acceso a este pueblo mexicano. Cada cinco minutos, de acuerdo a las ociosas estimaciones de Gabriel, los tráilers atraviesan el horizonte y levantan una cortina de oro que forma volutas caprichosas.

Sobre las piernas de Andrés, un perro de nombre Goliat recarga su cabeza y descansa indolente mientras su amo acaricia su pelo lacio con la mano derecha. El perro es un distinguido camarada, el fiel compañero que no lo ha delatado ni abandonado nunca; su lealtad incluso lo salvó de la muerte. Yendo de paseo por La Vereda Prohibida, entre los matorrales una serpiente les salió al paso, preparada para el ataque se irguió amenazadora e hizo sonar un cascabel, mostró unos colmillos agudos y mortales pero “Goliat se arrojó sobre ella, la víbora tuvo miedo y a toda prisa se escondió en un arbusto”.

El lomo del Goliat se contrae y expande al compás de su respiración.

Gabriel se quedó pensativo, un recuerdo frío y oscuro acaparó su memoria y finalmente se resolvió a decir:

-Pues a mí me atemorizan los fantasmas... ¿Has visto fantasmas? –hizo esta pregunta cual si esperase recibir una respuesta satisfactoria que lo librara de parecer un lunático, mas sin esperar a que Andrés replicase cosa alguna, repitió cuanto escuchara en una charla de sobremesa-:

-En la época de la revolución tres bandidos aterrorizaban al pueblo. Dicen los viejos que robaban mujeres y asesinaban niños, todos huían sólo verlos. La última noche quemaron una hacienda

–Gabriel apuntó con su dedo a un muro derruido-, creo que la quemaron porque no les gustaba la gente rica. Un contingente de soldados que seguía sus huellas acudió al lugar cuando ascendió la humareda y dieron alcance a los forajidos. Para que no volvieran a cometer sus fechorías los colgaron de aquella rama.

De repente Goliat bostezó e incorporándose caminó hacia Andrés, quien giró los ojos hacia la sólida rama que sobresalía del árbol -¡Qué tontería! ¿tú cómo sabes todo eso? –deseaba conocer simultáneamente qué relación existía entre aquella historia y los fantasmas. Gabriel no le oyó.
-Fue hace mucho tiempo, mi abuela se lo contó a mi madre y de algún modo debió ser así porque -hizo una larga pausa y continuó-: cuando hay luna llena veo a los colgados, bajo el rumor de las hojas danzan con el viento.

Esto lo sabe Marta, la abuela de Gabriel. Una tarde la anciana tomaba el fresco sentada sobre una silla de mimbre. Entregándose a reflexiones que le producían aflicción, repasaba en su mente el triste funeral de cierta sobrina que falleció en la flor de la vida. A los pies del árbol cavaron una fosa y el ataúd se hundió lenta, muy lentamente: el corazón de Marta se comprimió al caer las paladas de tierra sobre aquel destino truncado que desapareció emitiendo un ruido sordo.

Una semana más tarde, Marta pensaba de nuevo en lo sucedido, y mientras tanto hacía fue sacada de sus cavilaciones al mirar a su sobrina colgando del árbol; unos ojos vidriosos se sumían en el rostro pálido y una melena de cabellos negros relucía bajo el sol, ¡igual que el día en que la encontraron muerta! Marta se puso fría, su sangre latió muy fuerte y harto agitada se paró con trabajos de su silla. La sobrina difunta, si es que era, en efecto, su sobrina, se quitó la soga del cuello, bajó de un salto del árbol y llevando sobre sus labios resecos una mueca de dolor caminó hacia Marta. ¡Ay, la pobre de Marta no podía mover sus piernas bastante rápido! Por un segundo la difunta se detuvo e hizo un gesto para que la siguiera, pero un segundo después reemprendió la marcha. Marta corrió tan rápido como pudo hasta llegar a la casa de su vecina, ¡al fin!, se dijo. Golpeó desesperadamente la puerta, jadeaba, gritaba y suplicaba, ¡ojalá que alguien esté allí! Para cerciorarse de que no era un sueño giró la cabeza detrás de sus hombros: a dos pasos de distancia la difunta extendía sus gélidos brazos para estrecharla, en ese preciso momento Marta oyó una voz conocida que la llamaba por su nombre y la horrible figura desapareció cual una sombra en el viento.

Andrés imaginó tres figuras recortadas en el horizonte a la luz de la luna, después evocó el silbido de la serpiente y al sentir las escamas del reptil subir por su espalda se alejó un poco del árbol.
Una bandada de pájaros barrió el cielo cual una nube de flechas.

-Ellos no pueden hacernos daño–dijo Andrés -. Están muertos.

-Tienes razón –digo Gabriel, destapando una gaseosa-.

Cuando el calor disminuyó, olvidándose de historias extrañas, los dos amigos y Goliat fueron a comprar golosinas.

Carlos (Hiletrados Creativos)

viernes, 13 de noviembre de 2009

LA SOMBRA

Un explorador decidió un día ir a la selva para, como dice su oficio, explorar.

Éste se llamaba Philip. Era famoso por sus reportajes, sobre todo tipo de lugares, hasta en Egipto era famoso.
Cuando estuvo éste en la selva junto con su grupo se separó de ellos y llegó a una extensa llanura. Ese lugar era extraño pues estaba repleto de gigantescos huesos de todo tipo de animales. Parecían incluso huesos de dinosaurios. Entonces recordó una historia selvática sobre un lugar sagrado en una llanura llena de arena en la que había millones de huesos gigantescos y en la que no se debía entrar bajo ningún concepto por que caería sobre esa persona una maldición que lo mataría finalmente.

Pero Philip hizo caso omiso de aquella historia pues se dijo:

- Las historias son historias. Nunca existieron y solo son invenciones para asustar a los niños.
Se adentró en la llanura y, de pronto, apareció un rinoceronte que intento envestir contra él, pero Philip usó su cuchillo y se lo clavó en el cuello; el animal murió tras unos segundos después de clavárselo.

Una mujer muy bella cuyo vestido era del color de las plumas de un pavo real apareció y se acercó a él:

- Has cometido un grave error tras haber entrado en este territorio sagrado de los animales y haber matado a uno de ellos.

La mujer se acercó al rinoceronte, lo tocó y... sorpresa, el rinoceronte volvió a la vida. Luego se acercó a Philip y metió la mano en el interior de su cuerpo. Sacó una extraña sombra pero con vida cuya textura se parecía a la del petróleo.

- Humano, te condeno a una vida de inquietud por esta sombra. Será mejor que corras aunque nunca estarás a salvo de ella.

Una inquietud se apoderó de Philip así que corrió y corrió pero la sombra le seguía hasta que consiguió despistarla.

Se fue directo al río pero la sombra estaba delante de él y le impedía el paso. Salió corriendo dejando tras él a su grupo. Su grupo no supo que le sucedía pero lo comprendieron al ver esa extraña sombra que le seguía. Fueron tras él para ayudarle pero el corría y corría y nunca lo alcanzaban.

Philip llegó a pueblo y subió al lugar más alto del pueblo, la torre del campanario. Cerró todas las puertas que había tras él con llave.

Pero no hubo de hacer eso pues la sombra podía ir por cualquier lugar, incluyendo una pared.

Philip, ya casi loco, intentó abrir las puertas con la llave pero la sombra era más rápida que él. La sombra entró en su interior y Philip sintió unos grandes dolores en su estómago. La sombra le devoraba el estómago poco a poco y luego el corazón hasta que desapareció por completo.

NO IGNORÉIS NUNCA LAS HISTORIAS POR SI ACASO RESULTAN CIERTAS

Rocío.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

LA CAVERNA MALDITA


La oscuridad pesaba como un manto de rocas malolientes.

Las pupilas negras del cazador ocupaban la totalidad de sus lagrimosos ojos. No era la primera vez que se enfrentaba a la criatura, pero el miedo aún le seguía paralizando el aliento.
El silencio era atronador.

Su corazón parecía galopar desbocado por un inmenso vacío negro profundo. Sabía que la criatura se ocultaba cerca; podía oler su hedor nauseabundo; presentía su mirada pétrea clavada en su nuca... siempre en su nuca.

Aún le ardía la pantorrilla derecha, como vestigio intimidador de su anterior enfrentamiento, aquella otra noche pasada de valor encendido, que acabó con sus huesos tendidos en la húmeda arena de la caverna maldita.

Pero en esta otra ocasión no podía permitir que volviera a sorprenderlo, no debía hacerlo. El futuro de la humanidad estaba en juego, además de su orgullo; quizá éste más importante aún. Y el cazador lo sabía.

Por eso se mantenía agazapado, acechante, mirando a cada lado, sin ver absolutamente nada. De su mente no podía apartar la imagen de unos dientes sanguinolentos, afilados, bajo una mirada de fuego que le atravesaba el corazón y le hacía temblar hasta el último de sus pelos. La imagen del ser más despreciable y salvaje que pudiera concebirse desde el inframundo, el único lugar capaz de engendrar una criatura de semejante maldad.

El hedor iba en aumento. Al igual que el terror que le envolvía.

El inquietante momento del choque final se acercaba; lo intuía... lo temía.

De repente, un roce inesperado en el costado le obligó a girarse, dando un respingo sobresaltado y torpe, blandiendo su arma acerada a diestro y siniestro, sin el menor atisbo de éxito en la embestida.

Algo le atenazaba el brazo ejecutor.

El cazador intentó zafarse de su opresor, pero, en su apresurada huída, tan sólo consiguió trastabillar con la masa informe que le rodeaba y oprimía, cayendo irremediablemente al frío suelo.

En ese mismo instante, presa del horror de verse vencido y al borde de la más temida de las muertes, en espera de la dentellada final, una luz poderosa y cegadora emergió de la nada, enfundándolo en un estado de confusión y perplejidad absoluta.

Al mismo tiempo, surgiendo de la profundidad cavernosa, envolviendo la luz, el miedo e incluso a la misma criatura que aún lo aferraba con furia, un grito espeluznante acabó con las escasas esperanzas que le quedaban de salvar su integridad:

“¡¡¡Pedrito, te tengo dicho que no juegues a oscuras en el dormitorio!!! ¿Otra vez quieres hacerte daño en la pierna con la cómoda? Y se puede saber qué demonios haces en el suelo enredado en la cortina. A tu padre vas ahora mismo.

Venga, que ya está la cena puesta.”

“Sí, mamá” —dijo el cazador, derrotado y cabizbajo, al tiempo que se levantaba y se dirigía hacia la puerta.

Pero justo antes de salir, tras darle al interruptor que apagaba la luz, no pudo reprimir una mirada huidiza hacia el insondable abismo que dejaba atrás, y que era cruzado a la velocidad del rayo por una sonrisa hueca y malvada, y un par de puntos de fuego luminosos al fondo del todo le recordaban que tenían una cuenta pendiente.

Esa noche volverían las pesadillas.

Pedro Estudillo

lunes, 9 de noviembre de 2009

ATRAPADA

Con un leve esfuerzo una bocanada de aire entra por mi garganta, lo noto caliente al pasar por mi garganta, y como si me quemara y explotara en los pulmones, noto el palpitar de mi corazón el la sien, en mi reseca garganta, en el pecho, gotas de sudor resbalan por mi frente, es que como si me olvidara de respirar, otra bocanada fuerte entra por mi boca, mis manos tiemblan, mis oídos se taponan, intento mantener la calma, apoyo mi cuerpo contra la puerta cerrada, intento pausar mi respiración, frenar el frenesí violento de mi corazón.

-PAM- un golpe seco suena tras la puerta en la que estoy.

Me estremezco de terror.

Intenta abrir la puerta, la empuja y yo hago presión para que no lo consiga, empujo con todas mis fuerzas, pongo las manos sobre la pared para hacer más presión, pero poco a poco mis pies resbalan por el suelo y la puerta cede.

De repente para, no me lo pienso dos veces, abro la puerta y echo a correr, corro con todas mis fuerzas, oigo como me persigue, le oigo que esta detrás de mi.

Todo el mundo me lo había avisado, todo el mundo me había dicho que tuviera cuidado, yo nunca les creí.

Note algo frío, como si estuviera húmedo, me rozo el hombro, intente correr aún mas deprisa, algo me aferro por los hombros, forcejee con el, chillaba, daba patadas, puñetazos, luchaba por intentar soltarme, sus brazos me rodearon con una fuerza infrahumana, me empujaban hacia el suelo.

Caigo de rodillas, dejo de luchar, agacho la cabeza, respiro entrecortadamente, los brazos que me rodean aflojan la presión.

-no podrás conmigo- digo entre dientes.

- ja, ja, ja, ja.- ríe.

Me suelta pero yo ya no tengo fuerzas para seguir luchando, se pone delante de mi, me agarra con el pulgar la barbilla y me gira la cabeza hacia arriba, cuando le veo el rostro, una lágrima resbala por mi mejilla.

-No, por favor, no, suplico.

Tarde. ¿No crees?

Cierro los ojos. Asumo el final.


ESTOY CONTAGIADA DE GRIPE A.

Camino.

sábado, 7 de noviembre de 2009

A UNA MUJER MUERTA


“Al excelente espíritu de Ankhiry:

Quiero que sepas, Ankhiry, tú que fuiste mi esposa, que yo, Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, nunca cometí ningún crimen contra ti… Todas las noches, sin embargo, estoy sumergido en el miedo que me produce contemplar, horrorizado, como tu espíritu se manifiesta ante mi corazón. Los estremecimientos que me produces, desde hace muchos meses, impiden que Ahmosis pueda dormir. No se porqué has decidido que el miedo sea el señor de mi cuerpo… ¿Qué falta cometí para que cada noche me acose tu espíritu?, ¿qué es lo que hice para quedar esclavo de ese temor que tú, la mujer a la que tanto amé, me produces cada noche?

Quiero que sepas que yo, Ahmosis, siempre te traté del modo en que un oficial del faraón debe tratar a su esposa… Solo una vez me aleje de ti. Fue cuando nuestro rey me ordenó viajar a la Tierra del Horizonte. Su Majestad deseaba que Ahmosis trajera de aquel país lejano una Mujer Belluda y un Hombre Niño… Cuando regresé supe que Ankhiry ya no vivía en la Tierra Negra… Tu espíritu se había ido al Reino de los Muertos. Sabes que lloré por ti y que hice todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta.

Sabes también que antes de ese viaje a la Tierra del Horizonte, del que regresé con riquezas y esclavos, siempre te traté como una mujer debe ser tratada. Nunca permití que tu corazón sufriera. Siempre quise que estuvieras a mi lado. Nada te oculté en los días de tu vida. No consentí que sufrieras dolor alguno. Nunca me acusaste de que te sintieras desatendida. Nunca te traté como si yo fuera un campesino que entra en una casa extraña y desconoce como debe comportarse. Sabes que repartí entre tu cuerpo y el de nuestra amada esclava Gilukhipa mis deseos sexuales, tal y como debe actuar un oficial del faraón. Ahmosis siempre quiso complacer tanto a su esposa como a la Mujer de Ojos Ardientes a la que hizo esclava tras derrotar a los Hombres de las Arenas. Bien sabes que nunca entré en la noche en los cuartos de tus hermanas. Sabes también, Ankhiry, que nunca dejé que te faltaran tus ungüentos, tus provisiones y tus ropas. Nunca me desentendí de ti. Siempre dije a los hombres: “Ella está aquí y Ahmosis cuida de ella”.

Pero, mira, Ankhiry, no sabes apreciar el bien que hice contigo. Desde que supe de tu muerte ordené que todas las cosas buenas estuvieran en tu Casa de Eternidad. Nunca han faltado en tu tumba las ofrendas de carne, cebada y espelta. Todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta lo ha hecho Ahmosis por Ankhiry. Sabes también que hice que Gilukhipa, la “Mujer de las Arenas”, llorase también tu ausencia.

¿Porqué, entonces, no eres capaz de distinguir el bien del mal?, ¿porqué tu espíritu se manifiesta todas las noches y me produce miedos intensos?, ¿porqué no dejas que mi cuerpo descanse por las noches?. Mira, Ankhiry, he escrito esta carta, que voy a depositar en tu Casa de Eternidad, para que sepas que he decidido emplazarte ante el Tribunal de la Enéada de dioses. Ra y los grandes dioses sabrán que Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, está siendo atormentado por tu excelente espíritu. Ellos serán, cuando sepan que el miedo invade mi corazón, los que decidirán que es lo que se tiene que hacer.”

Nota del traductor

Esta documentado que los antiguos egipcios, en ciertas ocasiones, no dudaban en escribir cartas a los muertos. La carta que nos ocupa habría sido depositada junto con algunas ofrendas en la tumba de su esposa por un viudo atormentado por el excelente espíritu de ella. En el texto el hombre hace saber a la difunta que va a denunciarla ante el Tribunal de los dioses.

Deseando profundizar en esta inquietante cuestión, Antiqva no dudó en consultar los archivos de la Casa de la Vida del templo de Amón en Tebas. Al poco, tuvo la suerte inmensa de encontrar en un antiguo papiro el reflejo de las actas de ese juicio celestial. Un escriba Ágil de dedos se había encargado, hace miles de años, de reproducir lo que Ankhiry había argumentado en el proceso y lo que, finalmente, los dioses habían establecido conforme a Maat. Supo así Antiqva que lo que la difunta reprochaba a su esposo era que cuando ella murió su cuerpo había sido momificado y se le había practicado la magia de la Apertura de la Boca. Luego se había depositado su momia en la Casa de Eternidad, pero nadie se había ocupado de realizar el ritual de las Cuatro Antorchas de Glorificación, a través del cual la Luz divina de Ra tendría que haber iluminado al espíritu de Ankhiry cuando este, en la noche, estaba atravesando el Inframundo de Osiris en busca del Reino Celeste de Ra.

Sin la luz de Horus que emiten las antorchas y sin las palabras mágicas de los rituales, Ankhiry había quedado atrapada en el Reino de la Noche y por eso, una y otra vez, su espíritu, lleno de terror y angustia, se manifestaba ante su viudo, solicitando su auxilio. Lo que ocurre, seguro que todos lo sabéis, es que los muertos no son capaces de traducir a los vivos, en palabras, lo que desean. Ese fue el motivo de que Ahmosis, tras las continuas apariciones del espíritu de la difunta, hubiera estado a punto de enloquecer de miedo.


Nota final

Debe Antiqva dejar constancia de que todo lo que el lector ha leído es una mera fabulación. Sin embargo, en el Papiro Leyden 371 se ha conservado el texto de una carta real que un viudo dirigía a su esposa muerta, llamada precisamente Ankhiry, nombre que hemos querido mantener en nuestro cuento. Parece que el papiro se encontró enrollado en torno a una figurita femenina en la tumba de la mujer.

Digamos, finalmente, que Antiqva ha sabido que una vez que se realizaron los rituales de las Cuatro Antorchas de Glorificación, tal y como están establecidos en el capítulo 137 del “Libro de los Muertos”, Ankhiry cesó de manifestarse a su atormentado esposo. Desde entonces, en el Cielo, luce una estrella más.


ANTIQVA

jueves, 5 de noviembre de 2009

MI QUIMERA

Ganas fuerza, coraje y confianza por cada experiencia en la que realmente dejas de mirar al miedo a la cara. Te puedes decir a ti mismo: 'He sobrevivido a este horror y podré enfrentarme a cualquier cosa que venga'. (Eleanor Roosevelt).


Cuando me vi frente al dragón, me temblaban hasta las entendederas, mas cuando lo tuve frente a frente, a través de su mirada maligna pude observar una pequeña luz, quizás reflejo del fuego que nos separaba, y que él había prendido para mostrarme su poder.


Entonces le hablé, si bien no sabría decir cuál de sus cabezas era la que me escuchaba. Siete pude contar, aunque no dejaban de moverse y mi concentración estaba más en mi espada, levantada en mi defensa, por si acaso me atacaba.



- "Atrás... yo no te he hecho nada¡¡¡."



De pronto sentí que el dragón y yo eramos uno, quizás por la magia del fuego que entre nosotros ardía, por la transmutación que en sí las llamas representaran.


Su voz sin palabras resonaba en mis oídos, como eco de una poesía que yo antaño escribiera:



“Has de saber una cosa, cuando creces te transformas

pero la guerrera esencia , esa no se disocia.


Sácale brillo a tu espada, y toma este escudo dorado.

Cuando con ello te ornes sabrás admitir estos cambios.



Sal al camino sinuoso, atenta mirada en la espera

que por ahí llega la sombra luchando por ser la Quimera.


Mírala fija a los ojos y aguarda el embate que busca

y cuando la tizona alces, que tu fuerza se traduzca¡¡¡




Entonces te reconocí, Quimera, con tus ojos destilando el miedo que a mi espada le tenías... luego el miedo era mutuo, igual que el respeto.


Y mi fuerza se tradujo... bajé la espada y extendí mi mano para que acercaras tu/s cabeza/s y poder así acariciarte.


Y se obró un extraño milagro. Todas tus cabezas reposaron en el suelo a modo de reverencia. Del mismo modo me incliné ante ti...




- "Hemos sobrevivido al horror. Podremos enfrentarnos a cualquier cosa que venga...".




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Cuando me desperté me quedaba la sensación de tener que poner nombre a cada una de tus cabezas, más solo pude bautizar (por el momento) a la primera que descendió a tierra: Miedo al fracaso...


Con los días iré encontrando el apelativo acertado para todas las demás...



Con el tiempo y con Confianza.


Y así es...


Soy la que soy.

martes, 3 de noviembre de 2009

EL AROMA DEL MIEDO

Se apagan las luces, empieza la función. El conocido sonido del motor del proyector llega a mis oídos, me encanta.

Cómo ha cambiado tanto desde aquellos armatostes, aún recuerdo aquel FH99-35/70 del Cine Cervantes de Sevilla, cuántas buenas horas pasé allí. O el estreno de “El Ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica, qué tiempos, memorables e inmortales en mi memoria.

Pero, ahora todo ha degenerado en demasía, productos comerciales a mansalva. La gran maquinaria de Hollywood que nos inunda con sus temibles estrenos multimillonarios, multitud de efectos especiales, películas repletas de grandes estrellas y poca o nula imaginación.

Añoro la época de los Films clásicos. Quién no vio “Casablanca”, o se dejó llevar por la amarga historia del “Doctor Zhivago”. Quién no rió con Charles Chaplin ironizando al malévolo Hitler en “El Gran Dictador”. O se dejó enamorar por la inocente Audrey en “Desayuno con Diamantes”.

Qué tiempos.

“La Fiera de mi niña”, con mi amada Katharine Hepburn y el apuesto Cary Grant o por supuesto, la inigualable, “La Gran Evasión”.

Atrás quedaron, perdidas en la memoria, no en la mía ya que al menos puedo enorgullecerme de mi gran pasión.

Pero sobre todas ellas, mi pequeño vicio, las películas de Terror. Qué se le va a hacer, cada uno tiene sus secretos.

Aún recuerdo el olor del miedo viendo “Nosferatu”, o “El Vampiro de Düsseldorf” de Fritz Lang y tantas, tantas otras donde el terror flotaba en el aire, acompasado por la música y el latido de los corazones. Disfruto como un niño al ver cómo recrean esos mundos ilusorios, los ataúdes, los crucifijos, las eternas mentiras.

Hoy me he sentado en la última fila, solo, justo debajo del haz del proyector. He doblado cuidadosamente mi larga gabardina y la he depositado en el asiento de mi izquierda. La sala está a rebosar, familias, parejas y grupos de revoltosos adolescentes con sus refrescos burbujeantes y sus cargamentos de palomitas, ríen y hacen estridentes ruidos. Qué desagradable.

Al menos espero que se comporten cuando comience la sesión.

Los peores son estos dos que tengo delante, no tendrán más de 17 años, maleducados, estúpidos, incultos, creo que lo tienen todo. Se creen los amos del mundo, incluso uno se estira como si estuviera en el sofá de su casa y pasa sus apestosas zapatillas deportivas por encima del asiento delantero. Sus carcajadas dañan los oídos a la vez que escupen obscenidades; ¡paletos!

Da comienzo la película y, a pesar de lo que puede esperarse dada la masiva afluencia de público, hoy estrenan una película de seudo terror.

Pero eso es lo de menos, lo importante es la temática. Imberbes adolescentes jugando con la muerte y la sangre. En definitiva, la adaptación de un best seller escrito para enfebrecidos adolescentes, ” Crepúsculo”

El libro se podía aguantar, si quitas esas niñerías y acaramelamientos exagerados, da una imagen completamente distinta de ese mundo de ¿tinieblas? Es divertido, ñoño, fugazmente tenebroso. Un buen enjambre de letras que llevarte a un parque y, mientras eres acariciado por el viento de otoño, dejar pasar las horas.

La acción transcurre en la pantalla grande, los imbéciles de la fila delantera siguen con sus bromas ruidos y demás tonterías, son insoportables. Alguien se levanta y les llama la atención, ellos se ríen como cerdos en el matadero. Me están sacando de mis casillas.

Abro y cierro las manos mientras respiro profundamente, mi rodilla derecha tiembla en un baile convulso. El potente sistema de sonido nos inunda de estridentes efectos especiales, la rapidez de las imágenes no tiene tregua.

Silencio.

Continúa la película, dos largas horas de amortajado romanticismo mezclado con el estímulo de los corazones heridos.

El público aplaude y comienza a levantarse antes de que los títulos de crédito nos transporten a ese mundo, al otro lado de las cámaras. Lo odio, no pueden esperarse al menos a que se encienda la luz. Tropezones, disculpas, cabezas que cortan el haz del proyector.

Soy casi el último en salir, he recogido mi gabardina negra pulcramente doblada, mi silueta se recorta en la penumbra. Bajo los escalones y salgo despacio inhalando el aroma que ha quedado impregnado en la sala.

Las limpiadoras entran en ese momento, las oigo hablar de temas intrascendentales, reír y quejarse del sueldo. De repente un grito ahogado.

Sonrío, ya los deben de haber encontrado, apoyados el uno sobre el pecho del otro, con un hilo de sangre cayendo de sus cuellos.

Cierro los ojos, me relamo los colmillos un instante, una minúscula gota se ha quedado huérfana en la comisura de mis labios.

¿A qué sala entro ahora…?

Javier Marzo

sábado, 31 de octubre de 2009

PREMIOS MÁGICOS.

Queridos Autores, otro tema más que se agota, tras brillar gracias a vuestra habilidad para relatar, para hacernos soñar e imaginar...

El castillo se vuelve a honrar con vuestra presencia....
Una larga andadura de temas, borbotones de letras y sentimientos plagan ya el jardín, el castillo, su puente y cada rincón del Reino de Comansi.

Tanto los príncipes, como todos los que participamos con nuestros textos, así como los que los leen y comentan o se guardan su opinión, estamos encantados de reunirnos hoy, de nuevo, para entregar esas tres menciones especiales a los relatos que más gustaron en esta ocasión...

Dejemos que el príncipe, como siempre, haga los honores... Silencio...

"Y por decisión popular, con el apoyo de éstos, sus príncipes, me complazco en anunciar, que los ganadores del Tema "Magia", son...



-Antiqva, por su relato titulado "El estigma del diablo".

- Marinel, por su relato titulado "La magia existe".

y...


- Julio, por su relato titulado "La magia está en tu imaginación".


Enhorabuena a los tres autores que, en esta ocasión, han sido los más votados. Este pequeño presente es vuestro. Podéis llevarlo como testimonio de la calidad y la buena acogida de vuestros relatos. Estaremos encantados si es ese vuestro gusto.




Y gracias a todos por la brillante participación y la dorada amistad que para este Reino supone contaros entre sus amigos...
Os queremos.

viernes, 30 de octubre de 2009

FIN DE LA MAGIA

El Reino de Comansi ha cerrado un nuevo Tema: "La magia", que nos ha transportado a mundos alternativos, preciosos, luminosos y, por supuesto, mágicos...

En breve se entregarán las tres menciones especiales y comenzaremos con la publicación del siguiente tema sobre el que habéis escrito: "El miedo", que seguro, provocará más de un escalofrío.

Los príncipes os saludan y os abrazan.

miércoles, 28 de octubre de 2009

EL GENIO DE LOS SUEÑOS

Cada noche antes de acostarse el tímido Saúl emite un suspiro de tristeza. Mañana es su cumpleaños, ya va a llegar a la primera quincena, sin embargo, por sus compañeros ha sabido que en la fiesta de celebración de mañana no acudirá Marina, ya que según cuentan está saliendo con un tal Dani.

Se pone a escuchar temas de Tommy Dorsey en su mp3 mientras observa las estrellas. Las cuenta y se queda pensando. Según observa las estrellas se da cuenta de que hay una que se mueve, que se separa de las demás. No sólo eso, parece que se dirige hacía él. Saúl no sabe como reaccionar y se queda pasmado. La estrella móvil resulta ser una capsula redonda muy luminosa. Se posa en la repisa de la ventana lentamente. Se abre una pequeña puerta y de ahí emerge un ser diminuto. Es un personaje con un bigote blanco y una chistera violeta con una raya roja.

-Buenas Saúl! ¿Que te cuentas?-le saluda muy alegre.
-¿Tu quién eres...? ¿Y cómo sabes mi nombre?
-Yo lo sé todo! para eso soy Kiprin El genio de los sueños.-da un ligero salto.
-¿El genio de los sueños? ¿Y a que has venido?
-¿Como que ha que he venido? No me has llamado
-Que te he llamado?
-Sí, cada vez que alguien cuenta 521 estrellas yo acudo a su llamada y vengo en su ayuda.
-Pero si yo...
-Déjate de rollos que te conozco bacalao.-coge de la mano a Saúl-Ven nos adentraremos en los sueños de esa muchacha.

Y al instante se transportan al mundo onírico de Marina. Se encuentran en un frondoso bosque, lleno de animalillos y pajarillos que bailan y cantan. Cerca de ahí hay un lago donde unos patos nadan en fila, excepto uno de color azul que se separa del grupo. Más en lontananza se ve la sombra de una mujer de cabello largo bañándose en la orilla del lago. Parece que tiene compañía, pues alguien le ayuda a salir a la superficie.

Saúl y Kiprin miran a su alrededor. Es Saúl el que se percata de esa sombra entre tanto animalillo del bosque.

-Veo a alguien a lo lejos... no alcanzo a ver bien.
-Esto es un sueño. Así pues vayamos allá.

Y de un chasquido se trasladan a la otra orilla. Para asombro de Saúl la mujer de sus sueños está en compañía del hombre de sus sueños, de ella.

-Maldita sea!!-exclama cabreado Saúl-Como demonios voy a competir contra eso.
-No desesperes que estoy aquí para ayudarte.
-Dos contra uno no vale.
-Te digo que te relajes.
-Si al tontaina del Dani le añades que suspira por El Duque ¿qué opciones me queda?
-No olvides que hago magia en los sueños, por eso soy un genio.
-Pues ya lo estás convirtiendo en un paramecio.

Marina se percata de que Saúl está muy cerca ya que sus gritos han acaparado la atención de los animalillos del bosque.

-¿Qué haces aquí?-pregunta Marina
-Bueno, me pillaba de camino a casa...
-Buena respuesta-le dice sigilosamente Kiprin.
-¿Y tú que haces en este lugar?
-No sé, siempre suelo estar por aquí.

El Duque se acerca y la rodea con sus brazos. Saúl se pone a la defensiva y añade:

-¿Y ese que hace aquí?-le pregunta maliciosamente.
-Se llama Miguel Ángel y siempre está por aquí.
-Pero tu no estabas saliendo con ese tal Dani.
-Sí, pero este es mi sueño y sueño lo que me da la gana. Lo que me recuerda. Cómo es que estás en mis sueños.
-No sé tu sabrás...

Los pajarillos del bosque reanudan su canto. Ahora se ponen a interpretar a capella el tema de Glen Miller "Serenata a la luz de la luna". El cielo cambia de color y la Luna sale sonriente y le sugiere a Saúl que le invite a bailar.

-¿Aceptas este baile?
-No sé...
-Venga, esto es un sueño, no es real. No tienes nada de que avergonzarte.

Y en un instante se encuentran en un salón de baile. Marina con un vestido amarillo claro y con lazo del mismo color con el que se sujeta el pelo. Saúl pantalón negro con chaque azul marino y una camisa blanca. La Luna les observa a través de la ventana. Kiprin dirige la orquesta canora. Bailan de un lado a otra. El Duque que se da cuenta de que no tiene nada que hacer toma un taxi y se va.

Suenan las las doce de la media noche. La luna se echa las manos a la cabeza. Kiprin trata de avisar a Saúl pero no se da cuenta. Chasquea los dedos pero su magia no responde.

Última campanada. Suena el despertador. Hora de volver a clase. Saúl se despierta y se da cuenta que se quedó dormido contando estrellas.

Una vez que ya ha llegado a las clases, observa lejano a Marina que habla con unas amigas. Se acerca tímidamente. Lo ve llegar.

-¿Qué haces por aquí?
-Me pillaba de camino a clase.
-Buena respuesta.-le dice sigilosamente uno que pasa por ahí entre comedidas carcajadas.
-Y tu, que haces por aquí. No llegaras tarde...
-Siempre suelo estar por aquí. Ahora me voy para adentro.

De pronto un coche que pasa cerca del centro para para dejar a un alumno. Lleva puesta la música, es un forofo del Swing y el tema de Glen Miller suena.

-¿Qué hace ese aquí con la música a todo volumen?
-Es Miguelito, el hijo del profesor de música.-le responde ella.-Aunque no sé que hace por aquí. Lo expulsaron la semana pasada. Esto es muy extraño, creo que esto lo he soñado o algo así. Sólo falta que me invites a bailar.
-Pues es una buena idea... pero no le importara a Da... Dani.
-¿Quien?
-¿No estás saliendo con Dani?
-No! Es un pintamonas. Sólo le dí unos apuntes.

Saúl respira más tranquilo y se acerca a ella con la intención de que le conceda el baile mientras dure la música, pero lo que suena es el timbre de entrada a clase.

-¿Qué vas hacer luego?
-No sé... no tengo nada pensado- le responde ella mientras todos están entrando en clase.
-Si quieres podemos tomar un café o lo que sea después.
-Bueno, porque no.

En un pasillo desierto sólo quedan ellos dos, iluminados por el fluorescente parpadeante que el conserje aún no ha cambiado. Ambos se van a sus respectivas clases. Mientras el conductor del coche sonoro se transforma en Kiprin. A su alrededor unos pajarillos emprenden su vuelo al cual se une Kiprin. da un pequeño toque al sombrero y añade:
-¡Voila!

$MK

lunes, 26 de octubre de 2009

ASTREA, SELENE Y YO

Estaba relajado, tumbado en mi barca, flotando a la deriva, observando el cielo estrellado, con mis manos cruzadas bajo mi cabeza sirviéndome de almohada. Las estrellas titilaban en miles de guiños luminosos. Selene, diosa Luna, proyectaba su luz sobre el mar en calma, convirtiéndolo en una balsa brillante.
El universo, perfectamente ordenado, sólo era perturbado por alguna estrella fugaz que, ocasionalmente, cruzaba el cielo, tímida, a gran velocidad, intentando escapar a mi atención…aunque no solían conseguirlo. Mi soledad me permitía concentrarme en el más mínimo detalle.
Selene…abrió los ojos.
-Aquí, detrás de mi hay una estrella tímida que no se atreve a dejarse ver.
-¿Qué?... ¿Quién habla? -Dije asustado, incorporándome en la barca, mirándola fijamente, mientras me sonreía y parpadeaba coquetamente.
-Quizá pensabas que podías ordenar el universo a tu antojo. No es tan sencillo… ¿Sabes?
Selene sopló en todas direcciones. Las estrellas comenzaron a descolgarse del cielo formando una lluvia finísima de puntitos luminosos que, poco a poco, iban siendo engullidos por las aguas del océano. El choque producía un musical chisporroteo y una luz especialmente blanca, que iba convirtiendo las oscuras aguas en un lago efervescente de claridad, donde el escaso oleaje, producía un reflejo suave y cálido que parecía hipnotizar.
-¿Es un sueño? Dije.
-No. Es un momento mágico. Si quieres ver la estrella. Apártame con la mano, y luego decides si cogerla o no.
-Apartar la luna…coger una estrella. En fin debo de estar soñando.
-Que incrédulo eres. Decídete, la magia es una ventana que permanece abierta por poco tiempo y…, si, además, no crees en ella, menos aún. Atrévete…vive este momento mágico.
-Está bien. –Dije poco convencido.
Aparté a Selene despacio, temeroso. El contacto con su forma redondeada, con su aura dorada fue sorprendentemente placentero.
Tras ella, tímida, esperaba aquella estrella fugaz. Intenté cogerla, pero se me escapó entre los dedos.
-Mira…si no crees en la magia. Estamos perdiendo el tiempo.
-Dame tiempo. Comprenderás que yo estaba aquí tan tranquilo disfrutando de mi pequeño universo ordenado, y, de un plumazo… ya no hay estrellas, puedo mover la luna con mi mano, y atrapar a una estrella. Siento decirte que esto es demasiado…raro.
-Vuelta la burra al trigo…Raro no…es magia. No seas cobarde…cree en ella…arriésgate…no tienes nada que perder. Coge la estrella.
Extendí mi mano, esta vez con más fe. Y la estrella se posó en ella. Su movimiento me proporcionó en leve cosquilleo. Sonreí… Oí su voz.
-Me gustaría sentarme en tu barca.
-¿No te gusta estar en mi mano?
-Es que…quiero saber que se siente al ser mecida por las olas.
Miré incrédulo a Selene, que me sonreía desde el lugar donde la había dejado apartada.
-Está bien. Te dejaré en el otro lado y, si quieres, charlaremos un rato, aunque no sé muy bien que es de lo que se habla con una estrella fugaz. ¿Aquí estás bien?
-Si.
Me retire al otro lado, con cuidado, evitando el balanceo de la barca que podía llevarme al agua si me descuidaba o me movía distraído.
-¡Ah! ¡Por Dios! Tú…tú… ¿Quién eres?, ¿de donde has salido? ¡Me va a dar un infarto! –Dije al girarme perdiendo el equilibrio, cayendo hacia atrás, acabando sentado junto a la soga del ancla.
-Soy Astrea. Una estrella solitaria. La estrella fugaz que has cogido.
-Pero ahora tienes forma humana…aunque luminosa.
Astrea era brillante con una aureola en forma de algodonadas y blancas alas. Sus brazos eran antorchas emitiendo una potente luz. Su pelo moreno destacaba sobre el azul cielo de un leve vestido que parecía flotar sobre su cuerpo, insinuando unas formas perfectas. Sobre su tez pálida, etérea, casi transparente, destacaban unos bellos ojos oscuros que, abiertos de par en par, parecían no querer perderse detalle de lo que le rodeaba, sobre todo… de mí.
-Sabes…has hecho realidad mi sueño. Nunca había descansado…siempre volando de aquí para allá, viajando incansablemente por el universo, sin poder detenerme a charlar con alguien. Las lágrimas comenzaron a fluir de sus ojos por la emoción.
-Por favor… no llores. Ni siquiera sé si yo he contribuido en algo a que tú estés aquí. Según parece mi único mérito ha sido creer en la magia…y la verdad…no estoy muy seguro de nada de lo que está pasando.
-¿Puedo darme un baño? Debe sentirse una sensación maravillosa.
-Cuidado…no te balancees…mucho…!cuidado!
-Vamos…hay que ser imbécil…quedarse dormido en la barca, y caer al agua –Me dije mientras subía de nuevo tras darme aquel inesperado chapuzón en el mar oscuro y frío.
–Magia…-Solté una carcajada.
–Lo ves todo está en su sitio…Las estrellas, la luna…Selene…-reí -¡Anda! y no te guiña ni nada por el estilo. Prueba a moverla con tu mágica mano –Volví a soltar una carcajada.
-Que incrédulo eres…-Oí-
Me giré…y me quedé petrificado, mientras una estrella fugaz descendía desde lo más alto del firmamento, pasaba acariciando la luna, se detenía ante mis atónitos ojos, extendía su aura, rodeaba mi cuerpo, y me besaba apasionadamente, alejándose con una sonrisa juguetona en la boca.
-Gracias…por convertir en realidad mi mágico sueño. –Susurró Astrea, mientras le dirigía una mirada pícara y cómplice a Selene.

Calvarian

sábado, 24 de octubre de 2009

MAGIA


Palabra preciosas si las hay, con tantas y tantas formas.

Encontrar la magia de las palabras, en aquellos escritos que tocan el corazón y despiertan tanta ternura que conmueve.

Descubrirla en los ojos de los niños, en su mundo perfecto de todo inocente y brillante.

Existe la magia de los magos que asombran ante trucos que nos deja con la boca abierta.

En los brujos que transforman a sapos en príncipes y a simples plebeyas en princesas.

Aquella que nos hace recorrer mundos increíbles y vivir las más maravillosas aventuras con sólo cerrar los ojos.

La que podemos crear con nuestros deseos de que las cosas más imposibles cambien.

Pero la más hermosa magia es la del amor, la que hace que tu corazón lata más rápido cuando está por acercarse la hora de ver al ser amado, esa que te transforma en una persona realmente feliz con sólo saber que estás a su lado.

Y aunque muchos crean que no existe, hay magia en cada cosa que modifica la vida, que nos convierte en hadas y magos de nuestra historia.

Aunque no lo creas hay magia en cada cosa que cambias, en cada camino nuevo que transitas, en cada amor que comienza, en las pasiones que se transforman.

La magia está adentro tuyo, sólo tenés que encontrarla.


Aldhanax.

jueves, 22 de octubre de 2009

SIR SURIK


El hombre de la esquina seguía allí un día más, y ya iban quince días, pensaba para sus adentros Emilio, que a sus doce años observaba con asombro todo cuanto le rodeaba. Se preguntaba qué hacía allí, por qué no iba a trabajar al igual que todos los adultos del barrio, se preguntaba también de donde había venido, dónde vivía, por qué se pasaba las horas sentado apoyado sobre aquel viejo sauce, y sobre todo, por qué nadie reparaba en su presencia.

Aquella mañana de sábado sin obligaciones escolares se le antojó propicia para intentar un acercamiento con el “extraño hombre” al cual llevaba llamando así desde que le vio por primera vez ya que desconocía su nombre. A medida que se acercaba notaba que había algo en aquella figura masculina que le imponía, pero sin embargo no sentía miedo, aquel hombre no le asustaba, más bien le conmovía. Al acercarse más descubrió aquellas pequeñas arrugas que se acumulaban en los ojos y en la comisura de los labios, dándole un rostro de ancianidad que asombró a Emilio, pues lo intuía mucho más joven.

Un tímido ¿hola? titubeante salió de la boca de Emilio, el cual no obtuvo ninguna respuesta por parte del hombre misterioso. De repente algo llamó sorprendentemente la atención del niño, una caja de madera chiquita apoyada en el tronco del sauce. Un deseo irrefrenable le movía a abrirla, una extraña fuerza de atracción se apoderó de él, necesitaba abrir aquella caja, algo desde su interior le llamaba con fuerza. Entonces el hombre levantó la vista clavando su mirada azul de acero sobre la de Emilio.

- Ten cuidado con lo que haces, la última vez que un renacuajo la abrió terminamos en la prehistoria, cazando jabalíes con una lanza. –dijo el hombre de forma contundente pero sin hacer nada por evitar que el niño se acercara a aquella mágica caja.

Por supuesto la advertencia llegó demasiado tarde, porque antes de que hubiera pronunciado la última palabra, la caja ya se hallaba abierta de par en par; y de ella se desprendían rayos luminosos que centelleaban por todas partes.

- Vuelta a empezar, ¡es que uno no se puede tomar ni unas pequeñas vacaciones! –dijo el hombre con resignación; y sin embargo Emilio pudo ver en los ojos del anciano brillos de entusiasmo e ilusión ante un nuevo viaje, el cual él mismo también ardía en deseos de emprender.

- ¡Agárrate fuerte! –gritaba en anciano.

- ¿De dónde me agarro? – preguntaba Emilio el cual no veía sitio donde agarrarse.

- Pues al tronco del sauce. –le explicaba el anciano mientras la superficie empezaba ya a temblar.

- ¿A dónde vamos? –preguntó intrigado Emilio.

- Pues tú sabrás. Al lugar de tus sueños. –respondió el anciano.

De repente todo el barrio había tomado una nueva dimensión, un extraño color ocre; las calles habían dejado de estar asfaltadas para convertirse en caminos terrosos con algunas piedras. El anciano agarró fuertemente al niño de la mano y ambos se dirigieron a lo que parecía un mercado, eso sí, no era un mercado cualquiera, sino un mercado medieval. Al grito de ¡Agua Va!, ambos dos intentaban avanzar sorteando el agua que las mujeres de la casa arrojaban por las ventanas. Se adentraron en el mercadillo mezclándose con la gente del lugar, mientras Emilio se miraba así mismo vestido con aquellos pantalones cortos color marrón que se le antojaban muy ridículos; sobre sus hombros lucía un chaleco a juego con los pantalones junto con una camisa gris. Pero lo que más le impresionaban eran aquellos mocasines puntiagudos con los que tanto le costaba caminar.

Emilio estaba eufórico, miraba alrededor con esos ojos que envuelven la sorpresa de la novedad, que descifraban aquello con lo que siempre había soñado, y que sólo había podido acceder a través de los libros de la biblioteca de su abuelo.

El ajetreo de los caballos que cruzaban las callejuelas, los puestos de venta de comida y artesanía, las águilas que surcaban el cielo y hasta una hechicera que decía adivinar el futuro, junto con un joven ladronzuelo huyendo con un queso bajo el brazo, completaban aquella pintoresca estampa.
- A todos los señores de la villa, se les comunica que se anda buscando por casas y rincones, al joven caballero portador de sueños. El Señor Marqués junto con sus lacayos acudirá hoy al mercado, pues cuentan los rumores de la corte, que el joven Sir Surik se halla por estas tierras huyendo de su deber y responsabilidad de guiar a las gentes hacia sus bellos sueños e ideales.

–dijo el pregonero.

- Mi señor, ciertamente dicho caballero se anda por aquí, hasta mí llegó su perfume de sueños encantados. Sería menester preguntarle a la hechicera, pues ella con su magnífica intuición ha ayudado en otras ocasiones a vislumbrar caminos que se antojaban oscuros. –habló el quesero.

- El joven sir Suri, anda de la mano de un anciano, lo vi pasar hace ya un rato. –sentenció la hechicera.

La búsqueda no costó mucho, y en un instante el anciano y el niño se vieron rodeados por todo un tropel de gente que aclamaba: ¡Sir Surik, Sir Surik! ¡Es él, es él!

Un carruaje se detuvo ante ellos, y el Señor Marqués acompañado del Caballero de la Luz descendió salvando los escalones que le separaban del suelo. Pronto una espada se deslizaba suavemente por el hombro derecho de Emilio al cual el anciano había obligado a hincar una rodilla en el suelo.

- Mi querido Caballero, yo le declaro Sir Surik, portador de todos los sueños del reino, hacedor de magias, reclutador de nostalgias y melancolías; y en definitiva, repartidor de felicidad de todos los habitantes de estas tierras. Ahora debe cargar con su legado del cual ya no puede huir, y sembrar las semillas que se depositan en su interior allá donde sus pasos le conduzcan, en estos tiempos y en tiempos futuros, en esta vida y en vidas venideras.

El suave aleteo de una mariposa azul sobre su rostro, despertó a Emilio, o sir Surik, del letargo al que se había entregado junto al tronco de un sauce. Volvía así a su “mundo normal”, pero junto a él una caja de madera, que al abrirla sorprendía con un mensaje envuelto en pergamino, en el que se leía: Sir Surik, en esta vida y en vidas venideras.

Ruth Carlino

martes, 20 de octubre de 2009

VICTIMAS DE LA MAGIA

Un sacerdote entra en la prisión.
Le conducen hacia la última celda del corredor de la muerte. Una mujer va a ser ajusticiada al caer la noche.

Vengo a confesarte, hija.
No, no quiero confesar. No creo en Dios. ¿Sabe padre?
Pero, ¿Por qué? Confesar no está nunca de más. Debes arrepentirte de tus pecados...

Yo, verá, antes creía en Dios. Creía que el destino no estaba escrito. Que arrepintiéndonos, podíamos ganar el cielo. Pero ya no lo creo. Estoy desengañada. Haga lo que haga... todo está escrito. La magia hace su trabajo a su antojo…

No debes hablar así. Dios existe y desea ayudarte. Venga, cuéntame tus temores.

No creo que esto le importe mucho, pero... si quiere... se lo contaré.

La mujer hizo una pausa y tragó saliva, como preparándose para lidiar un difícil animal.

Verá, yo tenía una amiga que decía que era adivina. De hecho, vivía de ello. Su consulta siempre abarrotada de mujeres y hombres ansiosos de saber, de conocer su futuro. Yo la conocía desde niña y, desde siempre, ella aseguraba saber el futuro de la gente. Según Teresa el destino estaba escrito para todos nosotros y nada podíamos hacer...

Pero hija, eso son pamplinas... Deberías saber que las personas, en nuestra ignorancia, aceptamos cualquier cosa que nos haga sentir bien. Con Dios es diferente, es más fácil...

No, no. Déjeme que le cuente.
Un día, ella me dijo que había visto su propia muerte para el sábado siguiente y que estaba muy asustada. Claro, yo me reí de ella. Me gustaba pincharla y provocarla. Pero esta vez estaba asustada de verdad.
Me dijo que se encerraría en casa. Que cancelaría todas las citas con los clientes de ese día y, que ni siquiera descolgaría el teléfono. Yo reí y reí. Padre, déjeme tomar un poco de agua.

Un sorbo de agua se le hizo necesario para poder continuar.

Si, no te preocupes, aún tenemos tiempo.

Bien, pues cuando llegó el sábado yo me acerque a su casa para fastidiarla un rato y ¡Ni siquiera quería abrirme la puerta¡ ¿Qué le parece? Al fin conseguí que me abriese y se enfureció conmigo. Me ordenó que me marchara...

Tuvimos una pelea horrible:

Teresa me dijo ¡Que demonios haces aquí! ¡Te dije que no quería ver a nadie! No eres capaz de respetarme.

Perpleja le contesté: ¿Se puede saber qué te pasa? Creo que te estás excediendo. Teresa, estás completamente obsesionada con esto. ¿De veras crees que has visto tu propia muerte? Entiendo que estafes a la gente, pero estamos hablando de ti...

Teresa me espetó: ¡¿Sigues sin entender nada, verdad?! Yo no engaño a la gente, ¡Maldita sea! ¡Lárgate de aquí!
Teresa se acercó a la ventana dándome la espalda para ni siquiera ver cómo me marchaba. Yo estaba absolutamente ofendida y decidida a pedir explicaciones. Me acerqué a ella y, pegándole un pequeño empujón en el hombro, y con mi cara a unos pocos centímetros de la suya, le grité:
¡Vale! Me iré. Pero con una condición. Demuéstrame tus habilidades. Nunca has querido leerme el futuro. Soy tu mejor amiga, y puesto que "vas a morir hoy...", creo que tengo derecho a una consulta gratis.

Teresa, gritando aún más que yo y diría que asustada:
¡No, de ninguna manera! ¡Vete de una vez!
Asqueada le dije: ¿Lo ves? no eres más que una farsante. Deja de mirar por la ventana, no me des la espalda y ¡Dime! ¡¿Cuándo moriré yo?!
Teresa estaba furiosa: ¡Está bien! Tu lo has querido. ¡Escucha! ¡Por venir hoy aquí MORIRÁS!
Le llamé loca y le abofetee . Entonces comenzó una terrible pelea entre la dos.
Un fatal empujón le hizo caer por la ventana...

El sacerdote, que casi no había parpadeado tomó las manos de la mujer entre las suyas.

¡Santo Dios! Es terrible...

Ya lo ve, padre. Ella tenía razón en todo. Murió aquel día. Y dentro de unos minutos, la silla eléctrica me espera por su asesinato.
Si no hubiese ido aquel día... Pero el destino estaba escrito. Yo no soy culpable. Sólo soy una víctima de mi propia vida. Cuéntele eso a su Dios.

Un carcelero apareció en el umbral de la celda y le anunció que el tiempo había terminado.
El momento había llegado. El sacerdote intuyó que la mujer no deseaba ser acompañada hasta la silla y haciendo una señal de la cruz en el aire se dispuso a abandonar la celda.

La mujer le detuvo un instante con sus palabras:

Adiós padre, gracias por venir. Cuídese y... ¡Ah! Tenga cuidado mañana, cuando cruce la calle...

Natacha.

domingo, 18 de octubre de 2009

MAGIA EN LA PLAYA

Y la muerte se pronunció.
Fría y calculadora, súbita como un rayo en el estío, impredecible e incuestionable.
Y, como siempre, perturbadora.
Sólo contaba con cuatro primaveras de vida, si es que el tiempo puede tener alguna relevancia cuando hablamos de lo único capaz de trascenderlo.
Quizás más importante que el cuándo, fuese el cómo.
Finalizaba agosto. El mar se encontraba encrespado, color aceituna y olor a invierno prematuro; en el cielo aborregado, un rastro de rescoldo y ceniza indicaba la marcha reciente del astro soberano hacia el otro lado del mundo.
El aire acariciaba las frías aguas del océano justos antes de abrazarme con su gélido aliento.
La playa parecía desierta; al fin era mía.
La estela cremosa de las olas invadiendo la arena y cubriendo mis pies desnudos, absorbía mi atención por completo, retrasando el momento en que me percatase de lo que ocurría a pocos pasos de mí.
Cuando lo hice, la primera impresión fue de incredulidad, sólo durante un interminable segundo, luego, miedo.
El murmullo sordo que envolvía mi paseo, procedente de las pocas almas que acompañaban mi trasiego, fue transformándose en grito atropellado: ¡Mi hijo, mi hijo!, eran las únicas palabras que escupía aquella madre, atormentada por la impotencia, arrodillada junto al cuerpo inanimado del muchacho, hundida en un abismo de tierra apelmazada y agua salada.
No sé de dónde empezaron a aparecer tal cantidad de personas corriendo en la dirección del suceso, bajo la mirada vacía de una gaviota altiva e indiferente, ajena a la tragedia que tan consternados tenía a otros. También yo me acerqué con precaución.
Cuando pude apreciar su rostro azulado entre el gentío, lo tuve claro: no respiraba.
Nunca llegaré a entender qué hacía aquel pequeño en el agua a esas horas, ni en qué pensaba su madre mientras lo engullía una ola traicionera, pero... ¿acaso puede importar eso?
Un niño siempre será un niño, y una madre siempre será una madre, y... yo soy yo. Al instante supe lo que debía hacer.
Dejando el miedo a un lado, me colé como una sombra entre los curiosos y los aprendices de médico, hasta tener el cadáver a mis pies; me agaché y le coloqué con suavidad mi mano derecha en la frente.
No llegué a ver sus ojos arenosos abiertos, pero tampoco fue necesario.
Me retiré cuando tuve que hacerlo, como cuando llegué, casi inadvertido por los demás.
En cuestión de segundos y entre grandes arcadas, el pequeño escupió todo el agua que contenían sus pulmones. Abrió los ojos y lloró amargamente, ante el alborozo de todos los testigos, incluidos aquellos que la presencia de la aflicción había mantenido a distancia, que entonces sí se acercaron, atraídos por la irrupción repentina de la dicha.
Yo sólo me quedé el tiempo justo de obtener mi recompensa: el abrazo sincero, entre lágrimas y sollozos, de una madre a un hijo y de un hijo a una madre. ¿Puede haber muestra de amor más auténtica?
Después de aquello no volví a materializarme más en ese mundo. Mi cometido ya había sido cumplido.



Pedro Estudillo

viernes, 16 de octubre de 2009

LA MULATA DE CÓRDOBA


En Veracruz, durante la época del virreinato, cuando los españoles aún subyugaban a México, vivía una mujer célebre por su belleza y por ciertos dones sobrenaturales que poseía: La Mulata de Córdoba. Una época se ha edificado sobre una anterior, no se supo entonces ni se sabe ahora cuál fue su nombre verdadero, pero la historia inscribió en sus páginas lo ocurrido con esta mujer extraordinaria. Gracias a su maravilloso arte, a la edad de doce años atrajo a sí una clientela dispar que la visitaba asiduamente y con igual sentido de humildad: indios y españoles, pobres y ricos golpeaban su puerta. Ora La Mulata prepara pócimas para curar el mal de amores de un muchacho, ora mezcla yerbas para sanar las heridas de sus hermanos esclavos. Por lo común, descifraba el futuro de los curiosos en las cartas o en los astros, y era, ciertamente, una mujer entendida que hizo las veces de consejera en virtud de su saber, al punto de consternar al párroco del pueblo, quien alarmado se percató de que los siervos de Cristo la preferían a él. Miguel Velázquez nació en Sevilla, España. Un día, habiendo salido de su parroquia para hacer un peregrinaje a la ciudad, en el medio de la selva lo sorprendió la noche, la cual esmaltó los alrededores con sus sombras impenetrables. El corazón de Miguel comenzó de pronto a latir rápidamente, cuando susurros, humanos o no humanos, vibraron entre las hojas; le sobrecogió el temor, como a buen cristiano, pero no lograba recordar sus rezos, y ya dándolo todo por perdido, una voz dulce y femenina habló, apaciblemente, en aquel sitio apartado: “Buen hombre, perdone que lo importune, no me hubiera atrevido a molestarle si no fuese porque me pareció que se hallaba extraviado.” Miguel contempló a la mujer y recobró la serenidad al reconocer el rostro broncíneo de La Mulata de Córdoba. Ella le obsequió una piedra verde que irradiaba una luz preciosa con lo que Miguel pudo proseguir su peregrinaje sin mayor contrariedad. Dado que toda persona que se distingue de los demás por alguna razón se convierte en objeto de antipatía, La Mulata se había hecho también de enemigos. Otros curas, idiotizados por la fiebre del fanatismo, la miran con recelo desde el púlpito; el Santo Oficio la sigue discretamente, sus manos inquietas, con dedos blancos y sarmentosos, esperan el momento justo para echarle sus redes fatales. Si no hubiese sido porque La Mulata era muy querida entre la gente, que le debía enorme gratitud, ha mucho tiempo que la habrían arrojado a las llamas. Quienes la temían, aseguraban que era una siniestra bruja y que un jinete, el diablo, acudía a su casa a eso de la media noche, quizá para recordarle que su alma era suya, y esto porque se contaba que la vendió a cambio de sus poderes mágicos. Se relataba que, al llegar el personaje demoniaco, un furioso incendio se desataba en el interior. Creían que era su amante y que por ello La Mulata despreciaba de continuo a los muchos pretendientes que la solicitaban. Para su mala suerte, un hombre importante que ocupaba un puesto elevado en la iglesia católica prestó oídos a las acusaciones. A los que la acechaban, a esos instigadores de odio, les fue concedida su venia para apresarla. El primero de diciembre, La Mulata escuchó un vocerío fuera de su hogar. El escándalo era mayúsculo. Abrió la puerta y vio a un hombre, alto y fornido, que leía una severa orden: “Por incurrir en prácticas contrarias a la fe cristiana, la mujer conocida como La Mulata de Córdoba es sentenciada a muerte…” La Mulata no se inmutó, sólo pidió que se le permitiera llevar consigo algunos objetos personales. Y fue así que la terrible bruja fue encerrada en prisión, y fue así, también, que su leyenda comenzó a labrarse un lugar en el bagaje cultural de México. Un mañana, el carcelero que hacía su ronda habitual observó a la cautiva rayando las paredes con carbón. La Mulata estaba muy ensimismada en su obra, pero al poco le miró a él y le preguntó: “¿Qué le falta a este navío?” Rechinando los dientes, dijo el carcelero: “Condenada mujer, no te arrepientes de tus pecados, en vez de suplicar la misericordia del Altísimo, te empeñas en vanos pasatiempos. Salva tu alma”. “Mas, precisamente, eso es lo que estoy por hacer”, replicó la mulata, quien, sonriendo, saltó al navío que había dibujado. Nunca más se volvió a saber de ella.

Carlos (Hiletrados)