ESTAMOS PUBLICANDO AHORA LOS RELATOS DE: GÉNERO: "LIBRE"; TEMA: "EMPECEMOS JUNTOS".

ÓRDEN DE PUBLICACIÓN EN EL LATERAL DEL BLOG. DISFRUTAD DE LA LECTURA, AMIGOS.


viernes, 24 de abril de 2009

COMO HUMO...

Estaba oscuro. El y ella hablan en voz baja… se susurran en secreto…

—¡Hola rubia! ¿Todavía estás aquí?

—Sí, pero será por poco tiempo. No tendré tanta suerte como tú…

—Venga, no te desanimes. Ella es lista. Es posible que lo deje antes de que te toque a ti.

—No creas, estoy en el primer paquete. Y tú… ¿Cuánto hace que él lo dejó?

—Pues… casi un mes ya. Oye, ¿Sabes que estás preciosa hoy?

—¿Qué harás cuando yo me vaya? Ligarás con cualquiera que venga… aunque no es fácil encontrar una americana auténtica como yo… no te creas…

—Lo sé, eres especial para mí también. Sentí algo cuando llegaste… Eres… tan bonita…

—¿Has visto la casa?

—Apenas, cuando vine era casi de noche. Y como tienen esa manía de meterte en un cajón sólo llegar… Pero el día que me trajeron había un niño pequeñito. Que parece que le gusta abrir los cajones.

—¿Un niño? ¿Y… qué es? Sólo he visto hombres. Allí en la fábrica… Pero seguro que tú nunca has visto un negro.

—¿Negro? ¿Cómo negro?

—Sí, un hombre negro. Con la piel completamente negra. Le vi de refilón, antes de que pusieran el sello a mi paquete. ¡Chico! Era completamente negro…

—¡Qué raro! Nunca lo había oído antes… Pero claro, dicen que en América se ven cosas muy raras...

—Pero, Venga, cuéntame lo del niñito.

—Ah, pues es como… un hombre, pero bajito, joven, como un cachorro y ¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—A los niños les está prohibido fumar.

—Y ¿Por qué? No lo entiendo. Entonces… si los hombres no crecieran… No nos quemarían. Creo que me gustan los niños.

—Si, éste era muy hermoso. Era rubio, como tu. Su pelo me recordaba al trigo dorado en verano. ¿Sabes a qué me refiero? Ese color suave…

—Claro que lo sé. A veces recuerdo cómo el viento me acariciaba, cuando solo era una gran hoja libre…

—Creo que me estoy enamorando de ti.

—No digas, eso… no lo hagas. Me iré pronto. Muy pronto.

—Me gustaría acariciar tu cuerpo, como hacen ellos… Pero no tengo manos.

—Dicen que si nos fumaran a la vez… Conocí a una, que me contó, que dos que se enamoraron, se amaron el aire, cuando eran humo… así es posible.

—Sí, que hermoso…. Pero mira, ahora él ha dejado de fumar...

—¡Silencio! Alguien viene.

Una mujer se acerca al cajón que hay bajo la tele, allí guarda su tabaco y un paquete del marido, que dejó de fumar hace un mes…

- Espera, voy a coger un paquete de tabaco. Se me ha terminado el que tenía en el bolso.

—Si, hija… Oye, ¿no tendrás por ahí un cigarrito de los que me gustan?

—Pues mira, papá, no deberías fumar, pero voy a darte una alegría. Juan dejó por ahí un paquete y quedan algunos cigarrillos. ¿Quieres uno de éstos?

—Si, anda trae, antes de que venga tu madre y me pille.

—Ay, papá pareces un niño chico… Anda vamos a sentarnos en el sofá y te acompaño con una copita de vino.

Ambos se sientan a charlar.

Encienden cada cual su cigarrillo y entonces…

—¡Qué extraño! ¡Mira qué cosas tan raras hace el humo de tu cigarro y el mío!

—Es cierto, Parece que se entrelazan…

—Son como dos amantes… bailando…

Natacha.

miércoles, 22 de abril de 2009

CLARO... OSCURO

Observo el campo de batalla… a lo lejos, el castillo anhelado de un reino inmaterial carcome mi deseo… se acrecienta en mi, una angustia eterna que se repite, se repite, se repite, una y otra vez desde la eternidad trágica de mi esencia…me pregunto, situada en la atemporalidad de nuestras vidas, ¿te veré en el último ocaso o en el último amanecer, cuando el destino marcado decida apagar tu luz o mi vida?… da igual, conozco de antemano el fin…muerte…una muerte que se altera en cada nueva vida por la voluntad de dioses implacables que desconocen el amor que se ha dado en cada nuevo despertar… nuestro destino está sellado, soy la reina de un reino de hastío y soledad, tu el soberano de mi alma, mi mente y mi cuerpo… aunque te desee, está entre los dos una marcada brecha que solo nos permite contemplarnos silenciosamente, siempre a la misma distancia…

Mi visión se nubla, el mismo decorado y la misma absurda ilusión, pretender un empate o la caiga de mi reino por un amor…la batalla inicia… mis tropas pausadamente se lanzan frente al enemigo… aquellos que nacieron para sacrificar sus vidas, encabezan la batalla…avanzan tímidamente con el miedo en los ojos esperando el encuentro aniquilador… en el centro del campo, los primeros combates… de bando y bando los cuerpos destrozados caen inertes… el paisaje en blanco y negro se torna ahora rojizo por la acción inevitable de la batalla… sólo me queda soportar y rogar al cielo que tu vida o mi vida caiga en manos de aquel a quien amamos…en mi ruego, pido morir por tu espada, que nuestras miradas se entrelacen en el instante eterno de un nuevo adiós… o… ser la causante de tu caída, que sea a mí a quien entregues tu vida… sé que entre los dos, se ha creado por derecho el morir por amor…

Ahora, te veo a lo lejos, parado inmóvil, inquieto, aturdido, esperando que la causalidad te obligue a pelear… si bien, tu piel es oscura, te enrojeces de rabia, de impotencia, porque aunque no puedas decírmelo, sé que me amas… sólo espero mi momento… una tristeza incómoda se va apoderando de mi…acallo mi llanto… el destino me arroja velozmente hacia el enemigo… pienso sólo en ti, en este amor prohibido que nació desde la antípoda esencia que nos recubre, desde la perfección de los opuesto que se encuentran para formar un solo ser…

Sigo avanzando en busca de mi amor… a mi paso son abatidos por mi espada aquellos que también te aman, te veneran, te protegen… ven en ti su fin, su estar y perecer… yo por el contrario veo en ti mi todo, aquel a quien anhelo… aquel que me alienta en este espacio sin tiempo… aquel que con su amor, me ha permitido soportar por siglos reencarnar mi papel en este teatro…

Batallo aguerridamente, guiada por las manos de un dios que desconozco… inspiro sin voluntad a mis tropas hacia su victoria… me dejo llevar hacia mi deceso…sigo avanzando…cada vez estas más cerca… dos jinetes me acompañan, abren el paso, me protegen, saltan de un lado a otro intentando acorralarte, tus caballeros en vano te resguardan... pero el destino esta trazado…el último de tus protectores a caído…te refugias en una esquina… y yo en un segundo estoy ante ti… te miro fijamente…sonríes… y como un momento ritualizado esperamos las palabras que den un nuevo fin a nuestro atormentado amor…

…jaque mate…


FAUSTO

lunes, 20 de abril de 2009

¡QUÉ INJUSTA ES LA VIDA!

Desde la butaca en la tercera fila no se perdía detalle alguno. Lo que para algunos era demasiado cerca para Pedro era una distancia perfecta en aquel maravilloso espectáculo operístico. La música aparecía como bocanadas de aire fresco surgiendo desde el suelo hacia los palcos, y era atravesada por las voces de los cantantes como saetas lanzadas a sus oídos.

En un principio no hacía demasiado caso a la interpretación teatral; escuchaba la música y leía la traducción en la pantalla considerando que eso era lo importante, hasta que la principal voz femenina surgió ante él. Fue entonces cuando reparó en la juventud de la cantante; no era de edad madura ni su cuerpo presentaba excesos de los que pensaba eran necesarios para producir esa voz, y dejó de leer la traducción.

Su cuerpo era esbelto y fantásticamente proporcionado, sus manos delgadas movían alguna vez los delgados dedos con una dulzura y ritmo que le llamaron la atención. Se le quedaron clavadas en las retinas escenas en que la artista se llevaba una mano al pecho mientras con la otra hacía un giro como señalando al público de la tercera fila precisamente, siguiendo el movimiento con la cabeza y los ojos dulcemente cerrados, hasta que los abrió mientras cerraba la mano alzando el puño. Y a Pedro se le antojó que le miró a él fijamente.

Fueron segundos sin respirar, mirándola fascinado a los ojos que sentía clavados en sus pupilas, hasta que arrancó de nuevo la música y la bella artista se desplazó hacia el otro lado del escenario. Ya no había puesta en escena; le daba igual el movimiento de los objetos y del resto de personas que variaban la escena, ya que solo tenía ojos para ella.

Aparte de su voz, la música sonaba siguiendo sus movimientos, y no al revés; en una escena en que se descalzaba y se lavaba los pies y las piernas en un virtual riachuelo escuchó el chapoteo del agua y se imaginó esas piernas aireadas y esos pies descalzos acariciando la hierba. Fue el climax de sensación interior; las mejillas de Pedro se ruborizaron, comenzó a sudar y a lagrimear lentamente, el corazón saltaba llevándole casi a la asfixia y aún tardó en reponerse unos minutos; los que faltaban para llegar al final de la representación cuando se dio cuenta que todo el teatro aplaudía entusiasmado menos él.

Se aplaudía mientras los artistas saludaban mirando hacia los palcos y lanzando besos al público en general, pero Pedro no podía; solo podía mirarla, por primera vez sonriente, feliz; recibió un ramo de flores y siguió lanzando besos, posando los labios sobre sus dedos y volviendo a sonreír…

Hasta que cayó definitivamente el telón y tuvo que levantarse. Lentamente, siguiendo la fila de espectadores, llegó a la calle como en una nube, rememorando escenas y voces muy particulares, y de repente se vio parado ante la taquilla del teatro sin saber cómo había llegado hasta allí. Y por fin se le iluminó la cara; se acercó y preguntó si había aún entradas para el día siguiente, ultima representación. Compró la mejor de las que quedaban, un poco ladeada y en la séptima fila, pero la alegría no le cabía en el cuerpo.

Al día siguiente fue uno de los primeros en entrar. Esta vez acudió mucho mas acicalado que el día anterior, notando incluso como se le miraba desde algún palco. Tuvo tiempo para leerse el folleto y entender el tema que se desarrollaba en la obra y los últimos minutos antes de comenzar se le notaba nervioso y respirando profundamente para calmarse, algo que parecía imposible.

Por fin comenzó el espectáculo y para Pedro fue como si fuera la primera vez, con un exceso de entusiasmo asistió a las mismas escenas y de nuevo se le saltaban las lágrimas; incluso se sorprendió de no haber reparado en la espalda descubierta cuando la artista se viste de novia; una espalda perfecta, sin huesos exageradamente picudos, todo eran suaves redondeces y una piel lisa, sin imperfección alguna… Estuvo a punto de reír de placer; su entusiasmo casi le traiciona, así que al terminar fue el primero en levantarse del asiento y aplaudir, lo que hizo que la artista le mirase y sonriera notoriamente llevándose las manos a la boca y lanzándole el primer beso, esta vez con las dos manos; algo muy especial.

Esta vez Pedro estaba decidido; salió del teatro y se dirigió a la parte trasera a la espera de la soprano. Decidido pero nervioso esperó durante más de una hora hasta que la vio aparecer. Se quedó quieto, inmóvil y con las manos en los bolsillos que no se atrevió a sacar por no saber qué hacer con ellas. La observó desde apenas veinte metros, vestida de calle con una elegancia que pocas mujeres saben llevar, sus elegantes zapatos no dejaban ver sus hermosos pies, pero la falda dejaba ver la perfección de curvas de sus piernas. Ella saludó a algunas personas y en un giro de cabeza reparó en la presencia de Pedro; lo sonrió y se dirigió hacia él.

—He visto que te ha gustado. –dijo con acento extranjero.
—Sí, bastante. –contestó Pedro disimulando apenas su turbación.
—¿Sabes si está lejos el Hotel Carrión?
—Está muy cerca de aquí, puedo acompañarla si lo desea…
—¡De acuerdo! –y le cogió del brazo, siempre sonriente.

La turbación hizo que no salieran mas palabras de su boca, dieron unos pasos y Pedro pensó que tenía que decir algo, y mientras trataba de elegir frase llegaron a la esquina y apareció un hombre, moreno, alto, elegante que la miró y abrió los brazos. Ella se abalanzo sobre él y se fundieron en un fuerte abrazo. Tras unas palabras en un idioma ilegible ella se acercó a Pedro:

—Gracias, ya no hace falta que me acompañes. –y le dio un beso en la mejilla.

Pedro volvió a meterse las manos en los bolsillos del pantalón y observó a la pareja alejarse abrazados y felices. “¡Que injusta es la vida…”, pensó,”…para un hombre de catorce años!”


Tito Carlos

sábado, 18 de abril de 2009

LOCURA DE AMOR

La vida nos depara sorpresas a cada vuelta de esquina, en cada recodo del camino nos puede salir al paso una situación controvertida e inesperada. Ella podía dar fe de ello. No dudaba ni por un segundo que cualquiera que escuchara su historia, la tomaría por una mujer descentrada, inequívocamente perturbada.

Sonrió para sí. No le importaba en absoluto lo que el resto del mundo pudiese pensar sobre esa vivencia particular y exclusiva, que a otros ojos pudiera ser síntoma de locura. Sólo se sabía perdidamente enamorada y eso era más que suficiente para ella.

Viajaba por el ancho mar. Su mirada perdida en el horizonte azul y hermoso, donde la línea divisoria entre el cielo y el mar se difuminaba hasta desaparecer. Un sol intenso dejaba reposar sus rayos en la inmensidad marina. Un brillo reluciente salpicaba la superficie cuajándola de estrellas diurnas y acuosas. Se marchaba con sus maletas cargadas de sueños, sus pertenencias mundanas, y su amor en un rincón de una de ellas.

Lo llevaba con la intención de mostrarlo al mundo. Allá donde ya habían solicitado su presencia y donde no.

Lo adorarían, estaba segura de ello.

Jamás; sentirían la idolatría que ella hacia ese ser perfecto que la hacía sentir como nunca, como nadie la hizo sentir…

Recordó entre suspiros los días de cansancio infinito cuando sumergirse en el calor de un baño perfumado era su prioridad…

…La puerta se abrió dejando paso a una visión embriagadora. La bañera exhalaba vapores aromáticos. En su superficie, reposaban pétalos de flores encarnadas. Se podía observar pequeñas manchas aceitosas, que no eran sino una promesa acariciante para su piel. El entorno al lugar donde sumergiría su cuerpo, estaba iluminado por velas blancas, única luz de la estancia. Una ligera brisa penetraba por la abierta ventana. Una voz varonil, tras ver su mirada prendida en el ambiente, rompió el silencio:

-Lo necesitabas, ¿verdad?

El relajante baño dio paso a un encuentro pausado en principio, y pasional después, de dos seres amándose hasta absorberse.

Los días pasaban, y la mujer ansiaba el regreso a casa. Amaba profundamente a ese hombre que la hacía sentir mujer de los pies a la cabeza. Ya no había escondites en su cuerpo sin ser descubiertos. Palabras amorosas que sus oídos no hubiesen escuchado, sentimientos y sensaciones que no hubiesen experimentado.
Mantenían largas conversaciones, unas trascendentales, otras risueñas, otras en silencio…

Sintió que el día se acababa y un sentimiento perezoso se le instaló. Miró por el gran ventanal el paisaje agreste del descuidado jardín, al que había relegado al olvido. Una niebla mortecina se había aposentado en el ambiente, haciéndola sentir desasosiego. La perspectiva de que aquel amor pudiera romperse, la atemorizaba en extremo.

Sin embargo, era consciente de que tenía fecha de caducidad próxima. O quizá no…

Sentó su envarado cuerpo en la silla, mientras aferraba con ambas manos la pantalla del ordenador. Sus dedos eran reacios a ponerse a trabajar.

Quedó embelesada mirando las letras que emergían de la pantalla, su tez marfileña, era ahora de una palidez extrema.

Posó sus manos temblorosas en el teclado y comenzó su tarea.

Le parecía sentir su aliento en la nuca, sus dedos bajando por su espalda desnuda, sus labios en su oído…y todo fueron sensaciones que comenzaban a evaporarse conforme sus dedos tecleaban…

Jamás vio su rostro, mas, lo tenía grabado a fuego en su interior. Nunca escuchó su voz, pero sabía de cada una de sus entonaciones. Su piel le era extraña, pero conocía a la perfección cada pliegue de ella, cada imperfección.

El final había llegado inevitablemente. Una ignota sensación de abandono la pobló al acabar aquel libro que había escrito durante meses, y en el que había dado vida a un hombre sin parangón, un ser hecho a la medida de su romanticismo, de su deseo desbordado a que la amasen de la misma manera que ella deseaba hacerlo…

Fue como un chispazo de pólvora a punto de hacer estallar todo lo que hubiese a su paso.

Nunca lo dejaría escapar. Publicaría ese libro y acompañaría a su amado allende los mares. Lo mantendría resguardado para sí misma, a pesar de saber que con el tiempo habría otras mujeres que sentirían en sus carnes, en sus mentes, en sus corazones, todo lo que él podía ofrecerles… Sin embargo… ninguna de ellas sería tan suya como ella. Ninguna…

Marinel.

jueves, 16 de abril de 2009

EL AMOR NUNCA ES IMPOSIBLE

Cada mañana al despertar corría impaciente hacía el ordenador en busca de algún comentario, un mensaje... lo que fuese, le daba igual. Era lo primero que hacía cada día, antes de vestirse, de desayunar, a veces incluso antes de orinar; la obsesión le vencía irremediablemente. Su blog era comentado por decenas de personas de las más diversas procedencias y edades, pero a él sólo una de ellas le importaba realmente.

Desde aquel día que la vio por primera vez en su espacio virtual, esa imagen que acompañaba al comentario le cautivó por completo. Su pelo largo y rubio ondeando sobre el hombro desnudo, esa mirada retadora con ojos de hielo chispeantes y unos labios color de miel que parecían ocultar el más arcano de todos los misterios de la creación. Y sus palabras, siempre dulces, siempre insinuantes, como intentando conquistarle, o al menos así le parecían a él... o así quería verlo. Era el ser más perfecto que pudiese ser concebido por este Universo.
Su admiración, su amor, fue en aumento después de escudriñar con una paciencia de relojero cada entrada publicada en el blog de su amada. Era una poeta incansable, apasionada, capaz de extraer versos insuperables de cualquier situación vivida o soñada; su tema preferido: el amor.

Y él no tardó mucho en autoproclamarse protagonista de los delirios de su amante desconocida. Cada poema escrito por aquellas manos que imaginaba deliciosas, se pensaba que iba dirigido hacia él, a tal extremo llegó a seducirle cada palabra que le regalaba en su blog.

Con el tiempo fueron afianzando su confianza; él le devolvía cada visita en el mismo tono excitante, llegando a veces a rozar los límites de lo cuestionable, y ella le correspondía con palabras aterciopeladas y repletas de caricias que le hacían enloquecer más y más. Besos y abrazos dejaron de ser sencillas despedidas inexpresivas para pasar a tomar todo su significado más ardiente y apasionado. Se intercambiaron e-mails, números de teléfono, sus contactos se multiplicaron, transcendiendo de la impersonal pantalla de ordenador hacia la más cercana y peligrosa realidad cotidiana. Les separaba una distancia considerable, pero las promesas de acercamiento se repetían una y otra vez aumentando su desesperación hasta límites inhumanos. Él sabía que estaban condenados a conocerse y amarse de por vida... pero no veía el momento.

Cierto que había algunos inconvenientes, como su matrimonio, sus dos hijos, los trabajos de ambos... en fin, toda una vida por detrás... pero ¡qué caray! El amor podía derribar cualquier obstáculo, ¿acaso no era eso sobre lo que escribían una y otra vez? También había oído hablar infinidad de veces sobre los peligros que podían conllevar las relaciones a través de la Red; el crearse una ilusión inexistente, construir castillos en el aire, etc., pero él sabía que el suyo no era el caso. Era una persona adulta, inteligente, y además, aquella mujer, aquel ser delicioso, llevaba más de un año escribiendo en su bitácora particular unos poemas que hablaban sobre su vida, sobre ella misma, así que debía ser real; ERA REAL.

Pero cada cita que intentaba concertar con su amante escurridiza era a su vez pospuesta por ella; una reunión de trabajo, alguna enfermedad inoportuna, una visita de última hora,... cualquier excusa era válida para retrasar tan esperado momento. Así que llegó la hora en la que el corazón, apunto de estallarle en el pecho, le pidió a gritos que dejase a un lado las palabras y pasase a la acción.

Las broncas en casa, con la familia, habían llegado a tal extremo de crudeza y era tal el infierno que vivía cada minuto sin ella, que poco importaba ya el riesgo que asumía al hacer una maleta y tomar el primer vuelo hacia la ciudad donde vivía el gran amor de su vida.

Se presentó una mañana lluviosa de invierno en el portal de las oficinas donde trabajaba, con el ánimo encendido y el rostro resplandeciente del adolescente que intenta sorprender a su amor de juventud. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que ella no conocía su aspecto; su avatar cibernético correspondía a una imagen abstracta que siempre le había llamado la atención, nada que ver con su rostro. Esta circunstancia aún hizo aumentar más su excitación de amante primerizo, pero no le coartó en absoluto su resolución de lanzarse a sus brazos en cuanto la tuviese delante. Presentía que el momento se acercaba.

Tenía memorizado cada vello de su tez azulada, así que intuía que no le resultaría difícil hallarla. Entró resuelto, aunque nervioso, y comenzó su ansiada búsqueda entre el escaso personal que allí se encontraba. Pero antes de toparse con ese rostro refulgente de sus sueños, fue a encontrar su nombre completo grabado en una pequeña placa de metal junto a una puerta acristalada, tras la cual se percibía el movimiento de una figura femenina. Sin más dilación, la abrió con el corazón desbocado de impaciencia.

Aquella mujer que le miraba absorta ni por asomo se parecía a la esperada; era bastante mayor, algo rechoncha y de piel morena y grasienta. Cuando él preguntó por el nombre que figuraba en la puerta, sus peores sospechas cobraron vida: era ella.

Incapaz de pronunciar una sola palabra, se dio media vuelta, y fue derecho al aeropuerto. Tras arduas disculpas y complicadas maniobras de persuasión, logró el perdón de su esposa... y su vida continuó en el mismo lugar donde la dejó.

Cada mañana seguía despertando deseoso de comprobar los insinuantes mensajes que recibía de su amada. Y cada mañana, continuaba contestándole con palabras llenas de cariño y promesas de amor eterno.

Esa imagen de pelo rubio y ojos cristalinos jamás pudo borrarla de su pensamiento... la imagen de su amada, de su amor imposible... pero real.

Pedro Estudillo

martes, 14 de abril de 2009

EL MOMENTO

ELLA: No me gusta esta tipo de música… Bueno, solo me gusta una canción...
ÉL: ¿Cuál?
—Una canción que una vez me dedicaron…
—¿Todavía te acuerdas?
—Sí… Me acuerdo de eso y de muchas otras cosas.
—No importa… De todas formas bailemos… Me encanta cómo bailamos los dos…
—¿Por qué?
—No sé… Los movimientos fluyen, nos sincronizamos perfectamente…
—Son nuestros cuerpos… Se han acostumbrado tanto… De eso debías darte cuenta antes de pasar toda la noche bailando con todas menos conmigo ja ja…
—¿Estás celosa acaso?
—Ya sabes que yo nunca siento celos...
—¿Porque no puedes? ¿Porque yo solo fui una aventura y nada más? Ja ja…
—¿De dónde sacas eso?
—Es lo que escribes… sobre nosotros…
—Nunca he dicho eso… Tal vez entendiste mal.
—¿Ah sí? Pues no lo creo.
—Vaya… ¿Por eso has estado tan extraño últimamente? ¿Por eso te has portado tan mal conmigo? ¿Y es así cómo me lo dices, aquí y ahora entre toda esta gente, después de tanto tiempo de hacerme sufrir con tu indiferencia y frialdad?
—¿Sufrir? Solo se sufre por alguien que se quiere…
—Tú sabes que te quiero…
—No lo creo… Tus palabras lo dicen todo perfectamente: El amor de tu vida es otro… Aquel a quien nunca dejarías por “una aventura”… Aquel de quien nunca hablamos… “El innombrable”. Ja… Esas fueron tus condiciones ¿no? Nunca hablar de “ellos” y no involucrar sentimientos… Y, según veo, para ti ha sido muy fácil.
—No. No ha sido fácil. Al comienzo quizá… Pero tú sabes que no he podido evitar amarte.
—Pero escribes todo lo contrario. Y me ha dolido tanto leer lo que sientes con respecto a los dos, que no he podido reaccionar de otra forma más que cambiar mi actitud hacia ti y no darte ninguna explicación. Porque no ha sido nada fácil saber que no me quisiste, que no dejarías nada por mí, que todo lo que vivimos no ha significado nada…
—Estás tan equivocado… ¿Por qué nunca lo hablaste conmigo? Te hubiera explicado que mis sentimientos no corresponden a tu interpretación de mis palabras… Aunque pienso que no es necesario porque a pesar de nuestro “acuerdo”, te he demostrado de sobra que te quiero… Y aunque nunca me lo has dicho, ahora veo que tú también…
—En primer lugar, yo nunca te quise.
—Eso es mentira…
—Es cierto… Yo nunca te quise…
—¿Y entonces por qué estás tan dolido? No te creo. Eso es mentira…
—Es verdad: yo nunca te quise… YO TE AMÉ…
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—¿Para qué? Tú has dejado las cosas muy claras entre los dos, en innumerables ocasiones…
—¿Y todas las cartas que te escribí? La forma en que me entregaba a ti cuando hacíamos el amor, ¿eso no te decía nada? ¿Y cuando te decía que te quería, mirándote a los ojos, aún sabiendo que nunca me dirías lo mismo? Sin esperar que me dijeras lo mismo…
—Cada vez que hacíamos el amor yo sentía que eras mía por completo… En cuerpo y alma… Pero después nos despedíamos y nada cambiaba… Cada uno seguía con su vida.
—Los dos sabíamos las reglas del juego… Y los dos nos arriesgábamos a enamorarnos…
—¿Te das cuenta? Lo sigues diciendo: para ti todo fue un juego.
—Si tanto me amabas, ¿por qué te comprometiste con ella? Te vas a casar ¿no?
—Porque no me dejaste otra opción…
—Tu reclamo no es justo. Yo nunca supe lo que estabas sintiendo…
—¿Ah no?... Y las tantas veces que hicimos el amor, ¿acaso no lo notaste? Te amaba con todo lo que soy… El problema es que contigo todo ha sido tan mágico… Tan diferente… Siempre tuve miedo de perderlo y cuando sentí ese miedo supe que te amaba… Que no había podido seguir tus reglas… “Lo siento”…
—No seas irónico… Tú sabes que yo también te amo… Y no seas injusto… Para mí ha sido más difícil que para ti, pues al menos tú no vives con ella...
—¿Más difícil? ¿Y crees que para mí ha sido fácil ocultarle todo el tiempo lo que siento, tratar de no pensar en ti, de estar presente y no con mi mente recordándote?
—¿Te das cuenta? Si tan solo me lo hubieras dicho, yo…
—¿Tú qué? ¿Lo hubieras dejado todo por mí? Respóndeme solo eso…
—Yo… No lo sé… ¿Cómo esperas que te responda eso ahora? Yo no tenía idea de lo que sentías mi amor… Yo… Si tan solo me lo hubieras dicho…
—¡Pero si hasta te dije que quería un hijo contigo! ¿Eso no te sugirió algo?
—No sé qué decirte…
—No importa… De todas maneras esa será una de las cosas que no pudieron ser… De las cosas de este amor que nunca debió pasar… Como tantas veces lo escribiste…
—No puedo creer que hayas sido tan ciego… Que no hayas podido ver lo evidente… Yo te amé y te lo dije de muchas formas. Te lo dije conforme este amor iba creciendo… Te lo decía siempre, a pesar de que tú nunca me demostrabas que sentías lo mismo por mí… Porque nunca necesité una razón para amarte ni pretendí ponerle condiciones a este amor… Te amé de todas las formas que puede amar una mujer… Sin esperar nunca nada… Y todo lo que me lo dices ahora es… Me lo dices ahora cuando ya es demasiado tarde…
—¿Por qué? ¿Por qué es tarde? Ya no importa la conversación de esta noche… No importa las cosas que no dije o que no entendí… Te espero en unas horas, en el lugar de siempre, tú con tus cosas y yo con las mías… Y que pase lo que tenga que pasar…
—¡¿Qué?!
—Sí… Si estás ahí, comenzaremos una nueva historia… Diferente a la que cada uno había escrito de lo que sería su vida… Si no estás, lo entenderé… Y nada cambiará entre nosotros. Solo que así sabré que lo que puedo tener de ti es lo que he tenido hasta hoy… Y no me parecerá poco… Es lo que me puedes ofrecer... Y ahora sé que eso es amor… Aunque no estemos juntos.
—Pero… ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Pertenecemos a mundos tan diferentes… ¿Tú crees que tú y yo…
—No sé. Realmente no lo sé… Solo hay dos opciones: o estás ahí en unas horas y lo averiguamos… O no. Y si no estás, nos veremos después y no hablaremos sobre esa posibilidad…
—No puedo creer que me estés diciendo esto…
—¿Por qué mi amor? Entonces dime… solo dime si no es el momento para los dos…
—No mi amor… No lo es… A pesar de que nunca seré tan tuya como lo soy ahora…

…Hay amores que tienen que acabarse para ser eternos…

Isis de la Noche

domingo, 12 de abril de 2009

EL EXPRESO DEL NORTE


El soldado, somnoliento, no había reparado en las palabras de la joven.

-Eh, soldado, ¿me escuchas?, ¿me puedo sentar? –repitió ella alzando la voz.

El joven uniformado, al oír estas palabras, abandonó su letargo y balbuceó algunas palabras ininteligibles. Quien le hablaba era una muchacha de piel broncínea que le estaba brindando una encantadora sonrisa. Sus ojos verdes le atraparon de inmediato.

-Si, si… claro que si… Ahora mismo retiro este bulto.


Antes, cuando se había sentado en su asiento, el soldado había colocado en la plaza de enfrente –la que ella solicitaba ocupar- su destartalado macuto militar. Todas las semanas, cuando repetía este viaje que le conducía a León, venía haciendo lo mismo, buscando con ello que nadie se sentara en el asiento de enfrente, para viajar así con mayor comodidad. Una vez acomodado, el joven solía escuchar la música que captaba un pequeño transistor hasta que quedaba levemente adormecido.


-¿Escuchando música, eh? –exclamó la muchacha-, así no me oías…


-Si –respondió el soldado sonriendo- suelo sintonizar alguna cadena de música cuando viajo. Resulta más entretenido. Ahora mismo estaba sonando algo de la “Credence”.


-Ah, que gente tan magnífica –afirmó ella-, me encanta su música, siempre tan vibrante.


Mientras contemplaba su continua sonrisa y sus ojos verdes, el soldado fue sintiendo que algo que surgía de esos ojos atravesaba su guerrera y se incrustaba dulcemente pero sin miramientos en su corazón.


Desde hacía varios meses, el soldado realizaba ese mismo viaje todas las semanas en el Expreso del Norte. Llevaba en su macuto pequeñas piezas de repuesto para los fusiles de asalto. Las recogía todos los lunes en el Parque de Artillería de su ciudad y se ocupaba luego de entregarlas en la armería del acuartelamiento de El Ferral del Bernesga, situado en las inmediaciones de León.


La muchacha, de aspecto campesino, tan sugestivamente bella como dotada de simpatía, le dijo que cursaba estudios en León y que ahora, que estaba de vacaciones, había pasado un par de días con una compañera que vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Palencia, en donde había subido al tren. Se dirigía a otra pequeña localidad de las montañas de León, donde vivía su familia.

No fue mucho el tiempo que ambos tuvieron para conversar, aproximadamente unos 40 minutos, pero el soldado –en tan corto espacio- tuvo la reiterada certeza de que aquella joven de ojos verdes, bronceada por el sol de los Picos de Europa, estaba conquistando, sin piedad alguna, su corazón.


Fue de súbito cuando la magia del momento quedó interrumpida.

-Oye, soldado –exclamó ella-, pero no te tenías que bajar en León… Hazlo deprisa, que creo que el tren va a ponerse en marcha…

Y es que el joven del uniforme, inmerso en las sonrisas de aquella desconocida ni siquiera había reparado en que el tren llevaba ya un tiempo parado en la estación de León y estaba a punto de proseguir el viaje en dirección al norte.


De manera apresurada, balbuceando un atragantado “adiós”, el soldado corrió buscando la salida del departamento. Cuando la alcanzó tuvo que saltar, ya que el expreso –lentamente- estaba iniciando su marcha. Pegando trompicones se dirigió a la ventana donde la muchacha le estaba despidiendo.


Fue ella la que reparo: “Eh, soldado, que te has dejado este bulto...” Y con indudable esfuerzo le arrojó el macuto por la ventana.

Las personas que transitaban por la estación y que contemplaron la escena no pudieron sino sonreír cuando vieron que el contenido del macuto, al caer este sobre el hormigón del anden, se desparramaba por el suelo y tres bayonetas de mosquetón y más de cien percutores de acero para los fusiles CETME saltaban por los aires brincando en todas las direcciones.

Dominado por el nerviosismo el soldado no pudo siquiera despedirse de la joven.

-¡Adios, Antiqva, a ver si nos vemos otra vez –dijo ella mientras el tren se alejaba. Ya sabes que me encanta la “Credence”.


La joven campesina se llamaba Camino. Estudiaba el primer curso de Veterinaria en la Universidad de León y su familia, según dijo, vivía en un pueblecito leonés de los Picos de Europa. El sol y el aire de la montaña habían dado un bello color a su piel.

El soldado, que tenía entonces dieciocho años, nunca volvió a verla. Todavía no ha olvidado el color verde de sus ojos.

ANTIQVA

viernes, 10 de abril de 2009

REFLEJOS INMERSOS


Paseando por la rivera del río tantas veces transitada, en la calma de un reloj sin agujas, se acercó hasta la orilla en espera de algo nuevo.

Las siempre cambiantes aguas del río suponían para ella una especie de hipnosis, de traslado hacia algún lugar fuera de su anodina circunstancia.

La gitana le había dicho que su amor vendría del agua, y aunque esta parte de la profecía no se entendía, hacía semanas que se asomaba a ver sus reflejo en una parte del río similar a un pequeño y manso lago, rodeado de sauces llorones que acariciaban su cabello de una forma maternal.

“No, no estás sola”.

Le pareció ver un rostro que le hablaba a la derecha de su reflejo cristalino, unos hermosos ojos azules que se confundían con el mismo agua.

Se arrodilló mojando sus ropajes, y al sumergir las manos fue atraída sin remedio al interior de las aguas.

Qué extraña la magia que hizo que sus pulmones se acomodaran al líquido elemento, y como pez en el agua poder mantenerse inmersa, nadando como nunca hubiese creído que podría,… o que sabría.

Los delfines comenzaron a juguetear a su alrededor, empujándola hacia una oquedad oculta debajo de la montaña. Hacia ella se dirigió nadando a grandes brazadas, puesto que una atracción irrefrenable por atravesarla se adueñaba de sus actos.

Y emergió … en ¿otro mundo?, ¿otra realidad?

Allí estaba él, flotando en la superficie, esperándola con una amable sonrisa y una mirada que ella reconoció como el reflejo que le devolvió el propio lago, antes de sumergirse.

Ella le devolvió la mejor de sus expresiones, quedando ésta congelada cuando observó las aletas que junto a él se desplegaban.

Mitad pez, mitad humano, ese secreto guardaba.

Lo que la gitana le ocultara queda solapado por siempre bajo el manto del amor imposible, bajo un mundo inverso e inmerso perdido en los ojos y oídos del tiempo.

Y así fue.

Tea.

miércoles, 8 de abril de 2009

LA NIÑA Y EL DIBUJO

Después de la escuela, Rebeca corría hacia su casa sin mirar atrás. Tropiezos, golpes y costras bajo su falda de colegial. Cincuenta centímetros de altura, rostro pecoso y sonrojado; ojos de aceituna, cabellera naranja y retorcida entre un par de largas trenzas, orgullo de mamá.

—Hola, mamá –dice Rebeca, mientras deshace sus libros sobre el desván.

—No, de nuevo Rebeca! Tus labores debes iniciar –grita angustiosamente su madre, después de que Rebeca no aguarda, para la tele mirar.

Todas las tardes; Lacón, el caballero de Rebeca, comenzaba su gran show. Ah! El gran Lacón; mirada penetrante, hombre sin miedo y capaz de rescatar a cualquier doncella de las garras del malvado Dragón. Lacón, hermoso dios de cabellos de oro, piel blanca y cuerpo de faraón; con un –estás a salvo, mi adorado amor– despedía su función en el pequeño televisor. Sentado en su unicornio de plata, Rebeca lo recordaba, cuando luchaba contra la perdición, en aquellas noches en las que Rebeca se anunciaba cuando debajo mojaba, sus rosadas sábanas de algodón.
Un día, dos días, sesenta días; y la hora del reporte escolar. Las calificaciones deficientes por la maestra, a manos de su madre, fueron a dar. –Rebeca, un mes sin televisión; debes estudiar -furiosamente, le dijo mamá.

Entre lágrimas y lamentos, Rebeca extrañaba a su inanimado Lacón; mientras encerrada, se encontraba en su habitación. –¡Soy una hermosa doncella, y mi madre es un malvado Dragón! ¡Ahora; vendrá mi amado Lacón! -¡va a rescatarme por aquel cercano balcón! –soñaba Rebeca, mientras solamente en su cuaderno dibujaba lo que le dictaba su infantil imaginación.

Diez de la noche; papá, su automóvil parqueó. Hombre honesto y trabajador. Cuidadosamente abrió el gran portón. Oscuridad; silencio absoluto detrás del tic - tac del reloj. Primero un paso, luego dos. Su dedo índice al botón que iluminaba la habitación.

—Mamá, ¿dónde estás? –con un dulce susurro pregunta papá.

Pie derecho en el primer escalón, pie izquierdo en el segundón escalón… así, hasta llegar al duodécimo escalón. Su corazón, no le pidió perdón, cuando con el cuerpo inerte de mamá tropezó. Siendo atravesado por la espada improvisada de una pequeña, que se encontraba en la siguiente habitación...

…Un cuaderno de colección donde el gran Lacón, daba su mejor presentación. Volaba el gran Lacón, sobre su unicornio de plata hacia el gran mirador donde en una morada se encontraba un malvado dragón. Lacón lo sabía, en aquel caserón, una doncella…aguardaba por su amor.

En silencio, Lacón; un paso, luego dos… reposa su arma en la espalda distraída del dragón. –Oh! Malvado dragón; nunca más me separarás de Rebeca, mi adoración —Vanidoso, exclama el gran Lacón.

Entre gemidos y bramidos, papá; a una hermosa doncella encuentra, colgando de fibras de plata desde un gran balcón. Junto a ella, el dibujo del gran Lacón, donde triunfante… cierra su mejor show.


Yinna Rincón

lunes, 6 de abril de 2009

AMOR VIRTUAL


Andrés lleva una vida anodina; de lunes a viernes se refugia en su trabajo, en el estrés de los embotellamientos de la gran ciudad y las reuniones hasta las tantas en las que no se resuelve nada, pero pasa el tiempo. Ya nadie le espera en casa.

Tras lanzarse de cabeza al matrimonio, como la mayoría de los jóvenes, y tener dos hijas, termina divorciándose diez años después; cada dos viernes va a buscar a las niñas al colegio. Echa tanto de menos sus risas, sus llantos, sus peleas de hermanas… Esos fines de semana todo cambia y la vida parece sonreírle un rato. Comida basura, “High School Musical”, salir a patinar, montar en bici. Al menos sus hijas le hacen feliz.

Cuando está con ellas olvida la soledad, el silencio de ese apartamento impersonal, esa nevera medio vacía, esa cama sin hacer –salvo los miércoles-, cuando viene la señora de la limpieza quien además, le hace la compra y le prepara algo de comida decente.

Se olvida del último polvo mal echado con la primera que “pilla” en uno de esos garitos de moda donde van a ligar los divorciados y divorciadas, donde la vulgaridad y la decadencia se apoderan de su vida. A tiempo, tomó la sabia decisión de no volver; no iba a encontrar allí la mujer bella, culta e inteligente que perdió.

Poco a poco, sin reparar en ello, va inventando una vida paralela, el sueño que le gustaría vivir, el pasado que no fue, el presente que no existe, el futuro deseado.

Navegando entre sus mentiras, inmerso en su irrealidad, deja las riendas de su soledad en manos de una mujer ficticia, totalmente idealizada tras la pantalla de su ordenador. Fascinado por ella, por su forma de escribir, por su sensibilidad, por la fuerza que transmite a borbotones, le va contando esa vida idílica que supuestamente vive.

Al principio, Claudia juega seducida por sus palabras, sus dulces mentiras; imagina las caricias anunciadas, la miel de sus labios, el sabor de su piel.

Sin embargo, intuye que algo va mal: hay piezas que no encajan, el “sí, pero no”, las excusas constantes, las mentiras… No, no quiere reparar en ello, alentando ese arriesgado juego de promesas incumplidas.

Su deseo va en aumento Como una adolescente insensata sólo piensa en el correo, el “chat”, le salta el corazón al leer su nombre; luego, el teléfono. Se deja enamorar, se deja llevar tratando de acallar su intuición, la inexistencia de ese amor virtual. Comprende que jamás va a conocer al verdadero Andrés porque es una quimera y comienzan las lágrimas, los malos ratos, las esperas, las decepciones. Sufre como nunca, llora sin consuelo. Callada.

Llueven los perdones, suenan las sonrisas y el final atronador, el esperado adiós para siempre. Un desenlace tan real, como ilusorio el amor.

Entre los jirones de su alma empapados de mar, las estrellas fugaces que pasan de largo y las espinas de rosas marchitas clavadas en el corazón, Claudia apaga el ordenador.

Ana.

sábado, 4 de abril de 2009

MI CIRCULO PERFECTO

Hay dos razones para que algo sea imposible, la primera, es que te rindas, la segunda…
La segunda te cambia la vida para siempre.

Como aquel verano me la cambio a mi.
Era una mañana suave, de principios de verano, el aire estaba repleto de azules, que se mezclaban y se confundían.

Las campanas replicaban a fiesta, Y de pronto la banda; verla fue como contemplar el mar y el cielo a la vez, me invadió una sensación extraña, como si nada estuviera ocupando su lugar.

Hay caras que nunca cambian de expresión. pero, la suya no, la suya cada segundo expresa una cosa distinta, sus ojos brillan con cada ilusión, su cara se ilumina con cada palabra, su risa es como el tintineo de los cascabeles en Navidad.
Le miré y sentí cómo él me miraba, ese instante eterno, ese nudo en la garganta, el intenso latir de mi corazón. Tardé en comprender que aquella mezcla de raras sensaciones significaba enamorarse. Era un juego estúpido, demasiado ingenuo para la edad que teníamos, pero resultaba divertido, entretenido e inocente; simplemente manteníamos la mirada, el uno del otro, era lo único que hacíamos aparte de sonreír como dos estúpidos. Pero valía la pena ya que era la única forma de que mi mundo y el suyo coexistieran en el mismo lugar.

Ni siquiera sé cuánto tiempo llevábamos haciendo el mismo juego, pero supongo que para los dos era ya algo tan rutinario como el levantarse por la mañana todos los días. Supongo que ya era hora, ¿no?, de dar el siguiente paso, un paso muy ridículo pero que a ninguno de los dos le haría ningún mal.

Ese día, el destino quiso darnos una oportunidad. Al caer la noche, y tras jugar una partida a “pares o nones” con mi hermano y perderla, me toco bajar la bolsa de la basura, así que allí iba yo, con mi toque informal de zapatillas de andar por casa, y pelo estilo grunge tras una batalla de cojines premio por bajar la basura. Al salir del portal rezongando me choque contra alguien, no sé qué pasaría por su mente, pero un escalofrió recorrió mi cuerpo cuando al levantar la vista me vi reflejada en su mirada de incredulidad.

-hola, soy Ramón.-, y de repente un largo silencio, no necesitamos nada más, los dos sabíamos quién era el otro, el silencio fueron nuestras palabras de presentación, y después de eso todo retumba en mi mente como un eco profundo. ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ramón!
La verdad es que tardé bastante el lograr balbucear mi nombre, pero al final logre decir- yo soy Ariadna.

Pasaron los días y Ramón y yo nos fuimos conociendo por mensajes, llamadas, Messenger, en fin, horas y horas pensando el uno en el otro. Era como si nos conociéramos de toda la vida, y eso nos hacía sentirnos mágicos.

Al día siguiente quedamos para salir. Parecíamos dos estatuas, el uno parado frente al otro durante largo tiempo, no había nada que decir; ya todo lo decían nuestras miradas; de repente Ramón decidió dar un paseo, fuimos andando lentamente el uno al lado del otro en riguroso silencio, Ramón iba dando patadas a una piedrecilla, después de una rato andando me cogió la mano, su mano era cálida, agarraba con firmeza, con pulso firme, decidido, nunca una mano me había aportado tanta fuerza, vigor, respeto, intensidad, sinceridad…

Fue el mejor verano de mi vida.
Era mi cuento hecho realidad.

Pero como todos los cuentos, tiene un final, y ese final era mi partida, la vuelta a la rutina, a la lejanía de sus abrazos, besos, miradas…

Llego el día de la despedida, habíamos prometido que nada de lágrimas, nada de tristeza.

-Te escribiré, te lo prometo, te escribiré la carta de la despedida, y nuestro amor perdurara en el tiempo- y mientras decía esto sonreía, yo pensé que bromeaba, le di el ultimo beso, y monte en el autobús, sin dejar de mirarle fijamente, como tantas veces antes habíamos hecho, el levanto su mano en señal de despedida cuando el autobús arranco. Una lágrima resbalaba por su mejilla.

Ramón ya sabía su final antes de conocerme, aunque no sabía el tiempo a ciencia cierta, tenía una enfermedad difícil de curar, una enfermedad que poco a poco me lo iba arrebatando, , no entiendo por qué un día la vida me lo da todo, y al siguiente me lo arrebata como si fuera una pequeña pluma de las manos.

Ramón decidió luchar a su manera, no someterse a tratamientos inútiles que le hicieran agonizar durante demasiados días, firmó todo tipo de papeles para que no lo tuvieran conectado a ninguna máquina y, luego, ese mismo día, se atrevió hablarme por primera vez, ya no tenía nada que perder, en ese momento todo estaba perdido, sólo podría ganar, pudimos ganar los dos, la vida nos dio la opción del amor, un amor como no había en la faz de la tierra. Una vida que va evolucionando día tras día como las tristes palabras que definen nuestra vida.

No volví a saber nada de Ramón hasta el siguiente verano, ni llamadas, ni mensajes, nada. El primer día que volví al pueblo alguien estaba esperándome en la estación, no era Ramón, pero era alguien que lo conocía, Manuel, me traía un sobre cerrado con una carta de Ramón, dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

Hola, mi niña:
¿Qué estás haciendo? Yo seguro que estoy bien, si tú tienes esta nota en la mano es que todo se acabó.
¡Lo siento! Siento no haberte dicho nada, y de apurar los días al máximo sin que tú lo supieras, sólo Manuel sabía lo que pasaba en realidad, con él hablaba horas y horas y se enfadaba conmigo cada vez que no quería decirte lo que me ocurría. ¡Oh, Dios mío! qué idiota fui, si te lo hubiera dicho… acabas de irte y casi no tengo fuerza para agarrar el bolígrafo. Conserva nuestros recuerdos por mi ¿vale?, esos días en los que paseábamos cogidos de la mano
Pero sabes, mi niña, te voy a pedir un pequeño favor: no tengas miedo a crear nuevos recuerdos, y gracias, gracias por hacerme pasar los mejores momentos.
Te querré siempre.
Ramón.

Junto con la carta una piedrecilla, era la piedrecilla del día que nos conocimos, aquella a la que Ramón estuvo dando patadas largo rato hasta que se decidió a cogerme la mano.

Camino.

jueves, 2 de abril de 2009

QUIZÁS TENGAMOS OTRA OPORTUNIDAD

No sé porqué, (quizás esté en mi código genético), soy de los que piensa que hay un gran amor para cada persona, en cada camino de la vida. Algunos pensaréis que soy bastante romántico, y otros en cambio que lo que soy es bastante pesimista. Pero lo cierto es que si os detenéis un instante a pensarlo, me daréis la razón. En ningún momento he dicho que solo vayáis a estar enamorados una vez, pues es ese estado se encuentra en todas partes, si no le tenéis miedo, y además estaría mintiendo.

El amor me agarró cuando menos lo esperaba, cuando estaba distraído, y casualmente cuando más lo necesitaba. Lo sentí al instante, sabía que era él por como empezó a transcurrir todo.

Lo recuerdo todo como si se tratara de una película, fotograma a fotograma que ahora visualizo una y otra vez y me hacen viajar justo hasta el instante que todo comenzó.

El día estaba triste, las negras nubes que avisaban de un tremendo chaparrón, ocultaban el cielo, y estas habían descendido tanto que casi las podía tocar con las puntas de mis dedos. Paso a paso, temiendo que me alcanzara la lluvia me introduje en una librería para comprar algún libro cuya historia me absorbiera a otra realidad y dejara en un segundo plano a esta, donde era la soledad la que predominaba. Lo que nunca llegué a imaginar fue que precisamente en aquel lugar comenzaría a escribir mi propia historia.

Tan solo entrar me dirigí hacía los estantes, y comencé a esperar a que algún libro se decidiese a elegirme, y se prestase a cargar un trocito de mi alma entre sus páginas. Cuando me decidí (o se decidió él) por uno fui a cogerlo, pero entonces reparé en su presencia, estaba a escasos metros de distancia, alcé la vista… y el tiempo se paró, mucho más que un segundo, mucho más que un instante, solo estábamos ella y yo, y alrededor…nada. Pude observarla bien, sus ojos tímidos y juguetones me mostraban el mar y además su alma, la dulzura de su rostro, sus labios esponjosos y húmedos que efectuaban una media sonrisa, pero aquel instante se desvaneció en el mismo incontable e imperceptible espacio de tiempo en el que apareció, y el tiempo volvió a ser tiempo cuando su larga cabellera dorada danzó acompañando a una ligera brisa fresca que se había introducido en el local quien sabe por donde. Os juro que lo viví, y al descubrir que mi corazón latía a un ritmo intrépido, y que el estómago me cosquilleaba, supe que había sucedido de verdad, que allí estaba, que era ella.

Un impulso irreflexivo, como un latido, hizo que me acercara a ella y le pronunciara unas palabras antes de que estas circulasen por mi cabeza.

-¿Te gustaría salir conmigo?- pronuncié sin saber como lo había echo, sin sudar, sin tartamudear, sin enrojecerme, todo eso comenzó varios segundos después.

-Me encantaría-

A medida que pasaba el tiempo nos conocíamos más y más, y crecía en nuestro interior una intensidad de sentimientos que traspasaba la barrera de lo insospechado.

Conseguimos fusionarnos en uno y ser capaces de utilizar el tiempo a nuestro antojo y ningunear a la distancia. Nos teníamos el uno al otro, y eso nos bastaba, nos confiamos, lo creímos, y no nos dimos cuenta de lo mucho que estábamos equivocados hasta que fue demasiado tarde.

Ahora, al igual que pienso que hay un gran amor en la vida, ese con el que la pasarás, (por eso solo debe haber uno) si sabes verlo y aprovechar la ocasión, si sabes mantenerlo, si no dejas que te atrape el miedo, y te dejas llevar, sin que te de vértigo, por eso sentimientos, también pienso que ese amor no puede ser mostrado, debe ser un secreto oculto entre los dos amantes, porque si se muestra, crea una energía positiva a su alrededor, pero en su entorno crece cada vez más un circulo oscuro y viciado de energía negativa creando a nuestro paso demasiadas barreras. Quizás todo eso fueran excusas o tabiques imaginarios capaces de soportar un poco de todo el vacío y el dolor que sentía por la marcha de un amor. Claro que tengo esperanzas por recuperarlo, es más, nunca dejaré de tenerlas, a pesar de que la distancia se vengue de nosotros haciéndose cada vez más larga, y el tiempo corra más deprisa. Supongo que será cuestión de equilibrio. Es esta vida, la misma que me la dio y me la arrebató, la que decidió haciéndolo que me quedara anclado en el pasado, a un tiempo en el que el gran amor de mi vida me enseñó a amar con toda la intensidad. Quizás la vida, el tiempo, y la distancia, se unieron con todas sus fuerzas para destruir lo que sentíamos, y demostrarnos que este no era nuestro tiempo. No, no lo era, si no, ellos no podrían haberlo echo. Tal vez sea un preludio, tal vez nos den otra oportunidad, en otro tiempo, en otra vida, y podamos traspasar todos esos muros, incluso el enorme muro que separa la vida de la muerte, como siempre hemos hecho, amándonos.

Leinad23

martes, 31 de marzo de 2009

MARISOL


Marisol, la chica de la guitarra melodiosa, quien también fuera la chica del valle de los girasoles, se marchó de este pueblo una tarde nublada. He aquí el relato.

Los padres de Marisol murieron en un accidente automovilístico, por eso un tío suyo se hizo cargo de ella. Puesto que este hombre era aficionado a la bebida, solía perder la razón cuando el diablo se le metía dentro: bramando como un toro, iba al cuarto de su sobrina y la maltrataba sin piedad.

Si la negrura del cielo se espesaba y la luna palidecía, Marisol interrumpía abruptamente sus canciones y se acordaba de la palabra miedo; en un dos por tres deslizaba la guitarra bajo de su cama, se envolvía con las sábanas presa de terror y apretaba los párpados deseando el canto del gallo al amanecer.

No sé cuánto duró tan lastimosa situación, pero Marisol era una mariposa de aire y a su inquisidor se le fue de las manos.

Vivía en una desvencijada casa azul, al otro lado de la mía, cercada por una fila de pinos, frente a un riachuelo de plata rizado por el viento.

En la margen del arroyo la conocí. Ella era una niña de doce años que usaba un vestido blanco salpicado de manchas de zarzamora, yo era un niño de rostro enfangado que caminaba por ahí buscando pepitas de oro… Explico esta circunstancia: por la mañana, había leído con fascinación un libro en el que John Ashcroft, un diestro cowboy del Oeste, con su dupla de revólveres se libró de un grupo de bandidos que asolaban una pacífica localidad, y por su acción meritoria se le otorgó una medalla que le confería el título de sheriff, pero para completar su fortuna, que por lo visto no era suficiente, el destino le sonrió al percatarse de una reverberación inusual en el fondo de un río. Intrigado, John Ashcroft se inclinó hacia el punto brillante, alargó la mano y extrajo una piedra dorada que se llamaba oro; este mineral valía muchísimo –más que la vida de veinte apaches-, dado que le permitía a uno comprar lo que fuese: caramelos, elefantes, algodones, etc. Esta halagüeña fantasía me hacía ruido en la cabeza, cuando vi a Marisol singlando piedras en la superficie del agua. A cinco pasos de donde ella practicaba su infantil deporte, había en el suelo una canasta de mimbre que contenía frutos. “Quizás esconde oro en su interior”, se me ocurrió pensar, y con sigilo alcé la canasta y eché a correr. ¡Escapatoria imposible! No preví que una niña corriese tan rápido… Me pisó los talones hasta que tropecé violentamente con una rama y hube de soltar la canasta al vuelo. Yo caí de espaldas a mi perseguidora, así que me volví para enfrentarla. En su mirada fiera bullía fuego y por sus mejillas rodaban algunas lágrimas. Supuse que se abalanzaría sobre mí, sin embargo, su proceder me desconcertó: se fue, no dijo nada, sólo se fue... Los ojos que segundos antes ardían en llamas se apagaron y su dueña dejó la canasta inmóvil en aquel sitio. “Vaya, una niña extraña”, me dije en voz baja, ignorante del por qué no podía dejar de pensar en una niña tan extraña.

La hice mi novia una tarde de Mayo, en el momento justo en que las corolas, abriendo sus labios fragantes, se mecían tímidamente sobre sus tallos. Dije que recuerdo el momento justo, pues al verla tendida en un colchón de yerba y rodeada por un séquito de flores, el corazón, dándome un vuelco, me hirió de golpe y me atrajo a su lado: Marisol, eres más hermosa que todas las rosas de nuestro valle… Marisol -a pesar de mi nerviosismo, continué mi torpe discurso recién empezado-, tampoco las estrellas que tanto te gusta mirar desde tu ventana pueden compararse contigo… yo quisiera saber…”. Marisol, que apoyaba la sien sobre la palma de su mano, sonrió denotando complacencia. Sus labios escarlata se aproximaron a los míos y por un instante el mundo desapareció.

El amor es un tema enredado. Uno se burla de él, otro, el asceta, evita su contacto a base de trabajos y ayunos; y en el mundo existen seres que dicen no haber amado nunca, y hay otros más que con las heridas abiertas y sangrando han jurado no enamorarse otra vez. Y cuando uno se siente inmune a su magia, el amor se filtra por las hendiduras del corazón.

Marisol se marchó y todo ha cambiado. La vasta casa azul, al poco de su partida se derrumbó, alterando el panorama que dio lugar a nuestra historia, y las golondrinas que hicieron su nido en el tejado emigraron también. En cuanto a mí, después de acallarse las notas musicales que alegraban mi existencia en las plácidas horas de estío, sé del eterno martirio que encierra la palabra soledad…

Pero Marisol está bien y eso me tranquiliza. Y sé también que echa de menos el campo que nos vio crecer, que al evocar el aroma de la rosa perlada por la lluvia se acuerda de mí, que lejos, en la gran ciudad iluminada por la magnífica luna que se eleva por sobre los edificios, ella rasga las cuerdas de su guitarra: “Para el amor no hay imposibles, pues el amor nunca muere si hay esperanza”.

Es el estribillo de una melodía que a menudo cantaba frente al porche de su hogar, cuando me veía saludarla y cruzar el riachuelo con las pantorrillas húmedas: “y si la esperanza alienta dentro de ti, el río remontará su cauce, las golondrinas volverán, y al final del camino, tú y yo nos reencontraremos.”

Carlos

domingo, 29 de marzo de 2009

DE FRÍO MÁRMOL

Hacía ya 20 años que trabajaba como jefe de seguridad, casi los mismos que llevaba enamorado de ella. Carlo había heredado el trabajo de su padre. Puede decirse que era tradición familiar. No era el empleo que él había soñado, pero en aquel momento era lo único que tenía. Su vida pasaría a convertirse en un ir y venir rodeado de obras de arte, trabajando como empleado en la Galleria Borghese de Roma. Él quería algo mejor. Lo que jamás pensó fue encontrarla allí.

La conoció en su primer día de trabajo y desde entonces la adoró, como sólo se adora al verdadero amor. Carlo estaba felizmente casado y era padre de dos hermosas niñas, pero ninguna de sus princesas, como él las llamaba, provocaba en su interior tal guerra de sentimientos. Vivía luchando contra la realidad y por ahora se negaba a dar la guerra por perdida. Sabía que ese amor era imposible, pero se obligaba a sí mismo a seguir sujeto a esa fantasía. Esa mujer era lo que le permitía levantarse cada mañana y recorrer la distancia que les separaba, para perder otro día en un trabajo que no lo satisfacía y ganar otras horas a su lado.

La galería abría sus puertas a las 10 de la mañana, pero ella siempre estaba allí cuando Carlo llegaba. Nunca le había fallado. Incluso antes de abrir las puertas o desconectar las alarmas se reunía con su amada. Necesitaba verla para poder comenzar su día. Era como una droga, una adicción a la que no podía resistirse. Sabía que ella no podía corresponderle, pero de todos modos era feliz amándola.

- Buenos días mi bella dama, otro día más, aquí estoy. Pasaré a verte durante mi turno, si tú me lo permites.- le decía sonriendo cada día, sin obtener respuesta, mientras la observaba embelesado. Eres perfecta, pensaba. Luego se despedía con un gentil beso en la mano. Deseaba más, pero era lo único que tenía permitido y pese a ser un pequeño gesto de amor, le llenaba el corazón.

- Hasta luego mi amor..

Cientos de personas visitaban la galería cada jornada y decenas de hombres se paraban en seco a mirarla, cuando se cruzaban con ella. Entendía tal reacción, porque a él le había sucedido lo mismo. Iba con el director de la galería, conociendo los entresijos del empleo, cuando la encontró; de repente, eran sólo los dos, el director se había esfumado, los visitantes eran una sombra en segundo plano, el mundo había quedado reducido a su diosa de piel de marfil. Desde ese instante la amó. Fue el motivo por el que aceptó el empleo, aún seguro de que su amor no llegaría a convertirse en realidad jamás.

Sin embargo hoy era un día especial, distinto a los demás. Hoy su amor le dolía. Le oprimía el corazón y el pecho, sin ni siquiera dejarle respirar. Quería estar con ella, quería tocarla, besarla, hacerla suya y no podía. ¿Por qué demonios el amor tenía que ser tan cruel?

Esperó hasta la hora de cierre para correr a su vera. Las horas se le habían hecho eternas. Cierto es que la visitó varias veces cuando el dolor ya se le hacía insoportable, pero no se pudo pararse a hablar, no con testigos que juzgasen su amor. Vacía la galería y cerradas todas las puertas, se dirigió a su encuentro. Cuando la tuvo enfrente las lágrimas ya le cubrían sus mejillas.



- Dime ¿por qué me enamoré de ti? Soy un hombre cuerdo enamorado de una estatua o tan sólo soy un loco. Mi amor se resume en un bloque de frío mármol. Querida Dafne, mi amor, te quise desde el primer día y mil noches he soñado con poder besarte y que tú me besases. Mil noches te he imaginado bajando de ese pedestal para rodearme con tus gélido brazos y mil noches me desperté llorando al saber que jamás sería realidad, que jamás vería esos ojos y que jamás escucharía tu voz diciéndome mi amor.

- He intentado olvidarme de ti pero no puedo. Me enamoré y ahora soy tuyo. Dejé de pertenecerme a mí mismo para convertirme en ti. ¿Por qué no luchas y te liberas de los brazos de Apolo? Le odio por ser tu captor pero a la vez lo entiendo, si yo tuviese la mínima oportunidad ten por seguro que no te dejaría escapar, aunque los dos nos transformásemos en laurel ,para vivir juntos la eternidad.

- ¡¡¡ Cobra vida, por favor¡¡¡¡- le suplico entre sollozos

Desahogado de su dolor se desplomó y lloró como un niño a los pies de la estatua de Apolo y Dafne. Su amor de mármol.

viernes, 27 de marzo de 2009

HAY QUE MATAR ESTE AMOR

Era una tarde fresca del mes de marzo, cuando los arboles dejan caer sus hojas por la suave brisa del otoño, en un hermoso atardecer.

Corrían los años 60, donde el que dirán y los prejuicios para muchos, estaban a flor de piel.

En el momento menos oportuno, cuando nadie lo esperaba, y con las personas equivocadas, el AMOR hizo su aparición.

Bastó un encuentro de sus ojos para que como un fuerte imán, mas poderoso que la atracción de la gravedad de la tierra, los atrapara a ambos, sin entender por que ante cada mirada encontrada, sus corazones comenzaban a galopar a un ritmo inusual...

Él, adulto, hombre mayor, con una familia formada, con todos los prejuicios a cuestas.

Ella, joven, adolescente, romántica e inmadura. Nunca había sentido algo tan fuerte, que harían trastabillar sus conceptos de moral, que venia arrastrando junto a todos los cuestionamientos propios de la edad y la sociedad que le toco vivir.

Pero si en un momento basto la mirada, para que el AMOR se sintiera satisfecho con su cometido, a medida que transcurrían los días, necesitaban más que una mirada.

El contacto de sus manos, aunque solo sea al pasar.

Y “él” pedía más y más.

Pensaron que el AMOR estaba jugando una mala pasada, que eso no era verdad, no podía ser, ninguno de los dos quería aceptarlo, pero “él” estaba ahí, fuerte robusteciéndose, en forma acelerada.

Les pedía más y más.

Ellos luchaban para no verse, por no encontrase, pero el AMOR jugaba con ellos, los hacia reír y llorar, ¡cuanto lloraban!

Los momentos de felicidad eran los menos ya que siempre estaba el fantasma de lo prohibido, del estar haciendo algo a escondidas, que no estaba bien. Pero “el” seguía ahí, firme, sin el más mínimo interés en retirarse, por el contrario, cada día se fortalecía más y más.

Ninguno de los dos resistía esa angustia que los sofocaba, los estaba destruyendo como personas.

En la mente de ella comenzó a tejerse la idea de que había que matar ese AMOR, cueste lo que cueste, ¿pero cómo?

Los días continuaban, hasta que una tarde de otoño, otro otoño, cuando las hojas caían, ella llegó a su casa, tomo el revolver de su padre y se disparo en el centro de su corazón que no cesaba de galopar.

Había que matar a ese AMOR y lo logro, al menos había salido de su cuerpo, pero se alojo doblemente en el de él.

Y no lo dejaba en paz, el dolor era muy grande, no lo podía soportar, su cuerpo comenzó a flaquear, debilitarse, nada le importaba ya, sus ojos cayeron como las hojas del otoño, y en un tarde de primavera él también se marcho para siempre.

El AMOR ya no podía continuar... murió con ellos.

MARÍA ROSA

jueves, 26 de marzo de 2009

DE NUEVO, TODOS JUNTOS

Ha llegado ya el sol, que tímidamente cubre de parte a parte las piedras fabulosas que forman el castillo, con esa luz cada vez menos amarilla y más dorada… esa luz que nos acerca al calor, al verano…


Comansi vive a su ritmo, no entiende de tiempo ni de espacio, sin embargo, desde que el Príncipe y yo habitamos su reino, parece que se “humaniza”, que comienza a tomar algunas costumbres de la tierra, aunque la temperatura es suave todo el año y el estanque permanece con su agua tibia siempre…
Las plantas florecen una y otra vez, como un milagro… La dama de noche nos regala su aroma cada vez que el sol se marcha… incluso se permite el lujo de hacerlo al sol, algunas veces…
Podemos ver animales que trotan tranquilos por el inmenso jardín que rodea todo el reino y que se pierde cuando miras desde la Torre norte, desde la que siempre os escribo.

Allí subo cada día y tras esos cristales de color caramelo, puedo adivinar el cielo, que me regala ese milagro de un nuevo sol, el milagro de vuestra amistad… Encuentro letras regaladas, letras hermosas, letras de amor… letras impagables que inundan la torre y me embriagan hasta sacarme una sonrisa, hasta hinchar mis pulmones más allá de lo razonable. Y entonces comprendo porqué soy tan afortunada…

En algún momento de la mañana, el príncipe se asoma por la puerta y me da los buenos días, compartimos unos momentos vuestras letras y preparamos con cariño los asuntos del reino que después harán que todos los disfrutemos…
Suaves caricias y sonrisas acompañan este trabajo hermoso…

Bajando la sinuosa escalera, en el primer gran descansillo, suele estar Ataulfo, ese extraño personaje que nos acompaña de manera voluntaria desde el primer día… Un hombrecillo algo déspota pero que realiza su trabajo de manera efectiva… nunca sabes qué dirá o qué hará…

Nos da los buenos días con la mirada esquiva y sale corriendo escaleras abajo para desaparecer por la gran puerta que conduce a la cocina…
Catalina es nuestra cocinera, magnífica mujer. Huele a harina, a miel y siempre está limpia, blanca. Nunca falta una sonrisa tímida en su cara redonda. Sus grandes ojos verdes cautivan a todos… Ataulfo si que le mira a ella directamente.

Esta mañana, sin embargo, algo ocurre, algo extraño pasa en el piso de abajo… Según llegamos al primer gran descansillo observo que Ataulfo no está como cada mañana… a ambos lados vemos los grandes corredores vacíos… el sol ya comienza a entrar con fuerza, y unos hermosos haces de luz atraviesan la piedra chocando contra la pared…

Nadie…

Comenzamos a bajar…. Los grandes ventanales del salón están cerrados. Los pesados cortinajes hoy no han sido descorridos, como es costumbre para que el sol entre de lleno…
El hall está en silencio, en penumbra, ya que sólo recibe la luz de los pequeños ventanucos, a los lados de la puerta, que permanece cerrada…

El príncipe me mira y con la mirada me dice lo mismo que pienso yo… ¿Qué ocurre hoy…?

El puente levadizo no está bajado… eso significa que Ataulfo y Catalina aún están dentro del castillo…

Quedo algo desconcertada junto a la mesa redonda que aguanta un gran centro de flores y de repente…
¡Se oyen risas tras la puerta de la cocina! … risas divertidas, risas cómplices…

El príncipe se dirige hacia allí, y la abre… se asoma, y antes de que yo pueda hacerlo también, la cierra de golpe y queda delante, sujetando el picaporte a su espalda… cortándome el paso…

¿Qué ocurre? ¿Por qué razón no me dejas pasar…?

No me contesta y cogiéndome de la cintura suavemente, sonríe… y me aleja de la puerta donde ya no se oyen risas, sino carreras precipitadas…

-Déjalos…
-¿Qué? Que deje... ¿A quién? Príncipe. Por favor, dime…
-Son Ataulfo y Catalina… estaban besándose…

Una ráfaga de ternura atraviesa entonces nuestros corazones. Una sonrisa se dibuja suavemente en nuestro rostro sin poderlo evitar.

-Vamos a descorrer nosotros las cortinas, princesa…

En eso estábamos cuando Catalina, tímidamente espera en la puerta del Gran Salón…

- Señores… yo…
- Ataulfo y yo…
- Tranquila Catalina, el amor es precioso no hay nada de qué preocuparse, ni nada porqué disculparse…
- Nos casamos…Hoy…
- ¡¡Hoy!! Pero… cómo… quien….

Ella me tendía un papel…

-Es una preciosa invitación de boda…





- ¡Conocéis a todos los Autores! –dijimos el príncipe y yo a coro-.
- Claro –contesta Ataulfo, todo ofendido
- Es nuestro pago por trabajar aquí… ¿no? Cada mañana, en el corredor norte, leo todos los relatos que dejan en la puerta… Creí que ese era nuestro sueldo… el mejor de toda la comarca. Por eso trabajamos aquí…

El príncipe, emocionado pidió permiso para entregar después de la ceremonia las tres menciones especiales.

Como siempre, las votaciones han estado muy reñidas y cada vez es más complicado elegir... Todos ellos merecen nuestra admiración, y todos los escritos nos han proporcionado sensaciones diversas... Pero como hay que elegir... (Redoble de tambores...) ...



En esta ocasión... los ganadores son:


Este pequeño presente es para los ganadores.
Es vuestro, amigos.


Enhorabuena y gracias a todos por asistir a esta fiesta sorpresa… Deseamos felicidad a Catalina y Ataulfo, y que nos llenen el castillo de pequeños personajes ruidosos, locos bajitos que nos alegren la vida.

Un beso queridos amigos… alimento del alma para este Reino.


Emig y Natacha.

martes, 24 de marzo de 2009

RUTA, DAITYA y POSEIDONIS



«El rey Thevetat fue uno de los últimos Reyes Atlantes bajo cuya influencia maléfica la raza atlante se convirtió en una nación de magos perversos. Pero no todos los Asuras encarnados en la raza Atlante optaron por el rebelde príncipe planetario Ahriman, sino que muchos Asuras se asociaron al Logoi Planetario Terrestre junto con los Hijos de la Voluntad y del Yoga, la raza intraterrena que por aquel entonces tomó partido y se involucró con la causa del Logoi.

Como consecuencia de esas luchas, los Asuras, Devas y otros seres de un amplio espectro entre los que se encontraban los reyes y el pueblo atlante, se dividieron en dos bandos irreconciliables sobre la faz del planeta que forzaron a una guerra global a los dos vastos continentes Atlantes existentes en aquel tiempo: Kusha, el continente situado en la actual zona Atlántica sobre el Trópico Norte y Mú, situado en la zona subtropical del Pacífico.

El rey Thevetat, al mando de los Daityas y los diablos Râkshasas que controlaban el continente de Kusha luchó cruel y encarnizadamente contra los Âdityas y los Sâdhus o sabios guías de la Raza Atlante, liderados por Roth, el príncipe adyta que guiaba a las fuerzas intraterrenas y a los habitantes del continente de Mú. Las terribles consecuencias de la devastadora guerra concluyeron con el segundo y definitivo diluvio Atlante. Esta guerra, además, decidió los destinos de los dos pueblos, el intraterreno y el perteneciente al mundo de superficie en dos culturas separadas y realidades diferentes dentro del mismo planeta. Los vestigios de esta terrible guerra quedaron grabados en la mente colectiva de la humanidad actual y reflejados en muchas de sus leyendas tradicionales, en las cuales, aún se llora la partida de los Elfos (Âdityas) hacia la Isla Sagrada (Âgarttha). Este segundo diluvio, acabó con las últimas grandes civilizaciones Atlantes situadas en las penínsulas de Ruta y Daitya, dejando únicamente un remanente de la cultura Atlante en la isla de Poseidonis, la misma que sería destruida miles de años después como consecuencia de las acciones geológicas que habían fragmentado los últimos restos del gigantesco continente Atlante de Kusha, y desecho el continente de Mú. » (Retazo copiado literalmente)

"Ruta, Daitya y Poseidonis". Así se llamaba el libro que tenía entre manos y casi cada día de su vida en el pensamiento. Leerlo le recordaba a su padre, nacido en el 68. Un año —le decía su padre— que sirvió de umbral a la puerta del deterioro de la humanidad, la cual, década tras década se evidenciaba más y más el decaimiento de los valores primigenios que nos unían y mantenían cerca de lo natural, para pasar a convertirnos en víctimas de nuestra propia civilización.

Yo, ahora, tengo casi cuarenta años. Vivo en una humanidad apunto de cumplir su 2050 aniversario, y a pesar del tiempo vivido, elijo muchas veces cerrar los ojos, y recordar las palabras de mi padre y otros, las cuales vaticinaban un fin de ciclo como en tiempos de la Atlántida. Una civilización que en tiempos de mi padre, era todavía en su mayor parte una leyenda, y que el 2018, finalmente, la ciencia reconoció formalmente su existencia.

Todavía me pregunto de qué nos sirvió tal hallazgo y confirmación. Utilizamos este saber para alejarnos todavía más de nuestra cruda realidad, y seguimos alimentando la perfidia desde los pequeños egoísmos; devastando el planeta sin ninguna conciencia, y viviendo hasta la extenuación una guerra mundial que quizás, resulta más dañina que cualquier referente histórico, por ser lentamente destructiva desde lo económico y psicológico.

Sin embargo, yo estoy bien desde que entendí lo que tantas veces decía mi padre haciendo alusión al cambio, sin preocuparme de cambiar a nadie sino a mí, como si fuera un pequeño mundo por conocer, aceptar y vivir. Vive y deja vivir —me decía— y así lo entendía cuando en cualquier cosa de la vida, no me he dejado llevar por ninguna tradición, pensamiento o cultura que no sintiera desde mi interior como coherentemente cierta. Empiezo, incluso, a comprender, que nada se destruye cuando la Naturaleza actúa como revulsivo, pues todo está supeditado a unos ciclos que son tan cósmicos como necesarios, y nosotros, estamos, queramos o no en ellos.

Me decía mi padre que para entender esto, debía encontrar mi alma, y desde ahí, ver las demás almas y comprender que la continuidad de la evolución sigue, aun a pesar de las apariencias. Me decía con su habitual sonrisa, que era como en algunas películas, en que la verdad finalmente aparece victoriosa. Yo me preguntaba entonces, si el ser humano, al vivir, lo que hacíamos cada vez más es tapar esa verdad con nuestras mentiras... Entendí que una de las grandes mentiras vividas era la propia ignorancia, la cual no nos importa aceptar, porque lo hacemos con los ojos cerrados...

Entonces... entiendo desde lo que recuerdo y he leído, que la última parte de esa Atlántida fue Poseidonis; la cual desapareció de forma natural, aunque drásticamente, hace algunos miles de años. No hay matemática que sirva para saber cuánto nos queda, pero observando por doquier, imagino un cuerpo enfermizo que no quiere levantarse; no sé si porque no puede, porque no recuerda que puede; porque ha perdido la voluntad de que debe...

Todavía conservo algunos cd's de música de mi padre, junto a un quemador de incienso que le regaló una amiga. Esto lo guardo con el mismo cariño que él me lo entregó, y lo utilizo, como hoy, cuando escribo de verdad... aunque sea un relato...

Emig

domingo, 22 de marzo de 2009

AÑO 2050

Despertó, pues el frío hacía incomoda su estancia allí. Los parpados algo pegados por la somnolencia intentaron abrirse lentamente, pero solo recibieron oscuridad envuelta en neblina y un pequeño brillo de luz que se perdía a lo lejos. Su espalda estaba húmeda, y algo viscoso se desprendía de ella. Con sus manos acarició el suelo haciendo resbalar lo que parecía arena; la manoseó durante breves instantes preguntándose qué era aquel lugar, dónde se encontraba realmente, ya que aquella no parecía ni por asomo su habitación, y desde luego no sentía haber dormido sobre su colchón de viscolatex.

Todo él, reclamaba una ducha en su adorable jacuzzi, ya que se sentía extraño en su propio cuerpo. A tientas buscó el interruptor de la luz pero no lo halló, incluso llegó a golpearse la cabeza contra un techo rocoso que no recordaba fuera tan bajo. Por fin divisó aquella luz que entraba por una ranura y consiguió salir para ser deslumbrado por la luz del sol, que hizo que volviera a cerrar los ojos de inmediato. Tardó un instante en acostumbrarse a la potente luz, y para su asombro se encontraba delante de una inmensa playa y tras de sí, la minúscula cueva en la que había pasado la noche. Fue entonces cuando empezó a mirarse a sí mismo y la visión le produjo una sensación de angustia y de mareo que no cesaba, sino todo lo contrario, iba en aumento a medida que sus ojos iban contemplando aquel nuevo “yo”, en el que parecía que se había convertido.

Cayó de rodillas sobre la arena mirando con incredulidad sus temblorosas manos peludas. De sus dedos largas pezuñas amenazantes le invitaban a no seguir mirando. Las palmas de sus manos, antes suaves y bien cuidadas, ahora habían oscurecido hasta convertirse en rudas palmas negras agrietadas. No entendía aquello ni la metamorfosis sufrida mientras seguía escrudiñando su cuerpo, sus piernas recubiertas de pelaje marrón oscuro, sus facciones totalmente desfiguradas. Con espanto y horror emitió lo que esperaba fuera un grito de desesperación, pero de su garganta salió un rugido animal que resonó con fuerza.

Pensó que aquello solo era una pesadilla, que tenía que despertar pronto, y salió corriendo dirección al mar para ver si el agua espabilaba su cuerpo y lo hacía volver a su cómoda realidad. Al llegar a la orilla y sumergirse sólo encontró reflejado en el agua su rostro, el rostro del Hommo Erectus.

Al salir de nuevo a la superficie, grabado sobre la arena podía leerse:

“AÑO 2050 TODOS MONOS OTRA VEZ”.

Ruth Carlino

viernes, 20 de marzo de 2009

RECORDAR EL FUTURO

… Algunos dicen que se puede…

Pero algo me dice que lo sabemos solo cuando estamos en el futuro que hemos recordado en el pasado: cuando, situados en el aquí y el ahora, sentimos eso que llaman déjà vu (o, si no lo prefieren a la francesa, paramnesia): “Ah… esto ya lo he vivido”, acompañado de una especie de reminiscencia que entre vagas imágenes nos brinda un destello de certeza.

Aunque… Puede ser que sepamos que no lo hemos ‘vivido’ y aún así sepamos que lo estamos recordando. A no ser que haberlo visto o haberlo imaginado sea lo mismo que haberlo vivido… A lo cual yo, indefectiblemente, debería responder de manera afirmativa sabiendo lo que sé: esto está sucediendo de nuevo.

Es el año 2009… Estoy sentada frente a un ordenador reflexionando de manera escrita acerca de cuestiones tan triviales como viajar en el tiempo... ‘El cuerpo y la mente son lo único que nos lo impide’, es la brillante conclusión a la que llego después de repasar mentalmente y en fracciones de segundo, libros leídos, sueños y ensoñaciones, películas de ‘ficción’, enseñanzas de maestros, filosofías ancestrales. Una ligera emoción se apodera de mi satisfecho ego después de llegar a la brillante conclusión y es entonces que lo decido, de manera irrevocable: ‘esta noche viajaré en el tiempo’. Lo decido después de recordar que un autor que me encanta leer escribió, en otras y más acertadas palabras, que sin cuerpo y sin mente el espacio y el tiempo dejan de existir.

Entonces es ese el quid del asunto… Solo falta resolver el pequeño detalle del cómo. Bien: años de aprendizaje y práctica me han enseñado que no somos la mente. ¡Excelente!! Un poco de meditación para desconectarme de ella. Ya está. Ahora el asunto del cuerpo: eso de los viajes astrales siempre me asustó, aún cuando ya supe hacerlos, porque el ‘despegue’ (¿?) es muy violento… (Es gracioso cómo usamos el lenguaje sin darnos cuenta del significado que encierran las palabras…). En fin… Decidida como estoy, eso es lo de menos.

Y elijo una fecha al azar: año 2050. Veo el cataclismo del año 2012 del que tantos hablaron y que viví: catástrofes naturales alrededor del mundo, el planeta convulsionado, entrando en una nueva etapa cósmica. Las almas sintiendo el influjo del umbral que traspasan sin saberlo. Un momento… ¿cómo sé todo esto? Sé que lo estoy recordando pero sé que estoy haciendo el experimento de viajar en el tiempo apenas en el año 2009. Esta revelación me conmociona tanto que no me detengo a pensarlo y paso rápidamente por el recuerdo del 2012. Sé que estoy en eso que llaman ‘la luz astral’, ‘los anales akáshicos’, ‘el alma del mundo’… Ese… ¿lugar? donde está escrito el pasado, el presente y el futuro… Este pequeño brote de emociones e ideas me hace tomar conciencia de que estoy pensando demasiado… La mente que ‘no soy’ está interviniendo, lo cual amenaza al éxito del experimento… Este momento de atención acalla mis pensamientos y me vuelve a sumergir en la corriente de luz. La Tierra comienza a alejarse y a verse pequeñita hasta perderse en la oscuridad. Estoy de pie, a la orilla de un mar. Y nada más. Como no pasa nada, comienzo a preguntarme muchas cosas. Estoy pensando otra vez…

Entonces decido abandonar el experimento sin saber si lo del 2012 fue pura fantasía o una auténtica inmersión en el akasha… ¿Cuál era la clave para saberlo? ¡Ah sí! La recuerdo y decido que fue una auténtica inmersión en el akasha y me siento feliz aunque no logré… ¿llegar? al 2050. Entonces salgo a la ventana y los hermosos soles del mediodía dejan brillantes destellos sobre el agua del mar…

¡¿Soles?!! Ah sí… el sol rojo y el que es casi violeta… Ay… Siempre me desubico cuando quiero imaginarme que vivo en un mundo en el que el tiempo es inexorable y donde se atraviesan los espacios transportando el cuerpo, que es como una cáscara pesada. No concibo una existencia así y por eso me he puesto a pensar cómo sería viajar a esa Tierra que veo desde aquí. Ya que dicen que hay otros mundos y que todo está pasando de manera simultánea, quise asomarme una vez más. Me pregunto si alguien, desde allá, imagina este paisaje… Me pregunto si yo, estando allí, me imaginaría este paisaje…

Y elijo una fecha al azar: año 2009, cuarenta años atrás. Y uno más. Y finjo ser una escritora que puede ver todo lo que ha sido, es y será; y se sienta frente a un ordenador a escribir un cuento sobre el año 2050: solo para saber si lo que logro imaginar se acerca a la realidad… Para comprobar si puedo recordar este futuro…

He puesto tanto empeño en mi pequeño experimento, que a veces no sé ‘cuándo’ o dónde estoy… Pero eso no me preocupa… Si algo he aprendido de esto, es que tan real es lo uno como lo otro… El futuro existe. El pasado también. Si el presente es el puente que los une… ¿por qué no lo podemos cruzar? Claro que si nos decidimos a hacerlo, no podemos olvidar este detalle: no hay una única posibilidad. Lo desconocido es en realidad la suma de todas esas infinitas posibilidades… Y puede ser que el tiempo sea un túnel con varias ventanas por las que nos podemos asomar… Y el espacio en realidad sea una simple ilusión…

Esto está sucediendo de nuevo… Ya escribí esta historia dos veces antes. En el 2009 y en el 2050. Ahora ya ni sé dónde estoy… o cuándo. Tal vez ¡por fin! logré quedarme fuera del tiempo y el espacio ;)

Isis de la Noche.