ESTAMOS PUBLICANDO AHORA LOS RELATOS DE: GÉNERO: "LIBRE"; TEMA: "EMPECEMOS JUNTOS".

ÓRDEN DE PUBLICACIÓN EN EL LATERAL DEL BLOG. DISFRUTAD DE LA LECTURA, AMIGOS.


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martes, 28 de abril de 2009

UN MOMENTO PERFECTO

Era la hora del paseo de la noche. Hacía frío, pero no le gustaba llevar mucha ropa encima, más tarde le incomodaría. Cogió una chaqueta fina, su gorra blanca de los Detroit Red Wings, sin dejar de admirar por enésima vez el bonito logo de la rueda y las alas, y su inseparable libro, y salió.

Iba distraído, mirando a todos los lados, y a ninguno… Las mismas tiendas, ya cerradas desde el anochecer; las mismas pandillas de adolescentes dando rienda suelta a sus hormonas, con gritos y fanfarronadas, para llamar la atención de unas precoces aprendices de mujer, que, pintadas hasta el absurdo, reían y comentaban, escondiendo su rubor dentro del grupo; las mismas parejas de ancianos que salían del baile; la misma playa, alisada por el viento que la había azotado durante toda la tarde, convertido ahora en una suave brisa; el mismo mar en calma, con el leve sonido de pequeñas olas rompiendo en la arena; los mismos bares, con la misma gente, viendo el mismo deporte, el fútbol…

—Por que serás tan diferente...—Pensaba...— Toda esta gente… Y tú, paseándote con un libro, y con un frío que pela.

Se quitó la gorra. Comenzaba a sudar. Su cabeza, afeitada, desprendía un leve vaho. Se sentó en el mismo banco que le había servido para ajustarse los cordones de su calzado. Dejó el libro a su derecha, y miró hacia el mar…

Era… un momento perfecto.

La luna brillaba, baja, muy baja, casi en la línea del horizonte. Su luz, y su reflejo en el mar, sobre unas aguas calmadas, impedían ver las estrellas en aquella dirección. El suave rumor de las olas, era lo único que percibían sus oídos. La playa, sin pisadas que rompieran su monótona superficie, parecía un gigantesco bloque de helado de turrón.

—Hola Luís

Allí estaba…Con su pelo suelto cayéndole graciosamente hacia uno de sus hombros, con sus ojos verde esmeralda mirándole fijamente, encogida de frío, con las manos dentro de los bolsillos de una cazadora negra, con un pantalón vaquero ajustado, y unos zapatos con un poco de tacón, que parecían incomodarle.

Apartó el libro, y extendió su mano.

—Estás helada. Siéntate.

Ella se sentó, y se dejó abrazar. Apoyó la cabeza en su hombro. Su aroma, el olor de su pelo recién lavado, y todavía algo húmedo, sacudió hasta la última célula de su cuerpo. Acarició su mejilla, sin dejar de mirarla. Ella le correspondió con una sonrisa, interrumpida, únicamente, por la tiritona que no había cesado desde que llegara.

Volvió a mirar al horizonte, a la luna, cuyo brillo casi molestaba, al mar resplandeciente. Volvió a escuchar la música de las olas, y sonrió al imaginarse travieso, junto a ella, rompiendo la playa con cientos de juguetonas pisadas.

Cerró los ojos unos instantes. Giró la cabeza, buscándola… A su lado únicamente había un libro. El libro que nunca había dejado de estar allí. Sólo había sido un momento perfecto. Otro maldito momento perfecto.

Calvarian

viernes, 24 de abril de 2009

COMO HUMO...

Estaba oscuro. El y ella hablan en voz baja… se susurran en secreto…

—¡Hola rubia! ¿Todavía estás aquí?

—Sí, pero será por poco tiempo. No tendré tanta suerte como tú…

—Venga, no te desanimes. Ella es lista. Es posible que lo deje antes de que te toque a ti.

—No creas, estoy en el primer paquete. Y tú… ¿Cuánto hace que él lo dejó?

—Pues… casi un mes ya. Oye, ¿Sabes que estás preciosa hoy?

—¿Qué harás cuando yo me vaya? Ligarás con cualquiera que venga… aunque no es fácil encontrar una americana auténtica como yo… no te creas…

—Lo sé, eres especial para mí también. Sentí algo cuando llegaste… Eres… tan bonita…

—¿Has visto la casa?

—Apenas, cuando vine era casi de noche. Y como tienen esa manía de meterte en un cajón sólo llegar… Pero el día que me trajeron había un niño pequeñito. Que parece que le gusta abrir los cajones.

—¿Un niño? ¿Y… qué es? Sólo he visto hombres. Allí en la fábrica… Pero seguro que tú nunca has visto un negro.

—¿Negro? ¿Cómo negro?

—Sí, un hombre negro. Con la piel completamente negra. Le vi de refilón, antes de que pusieran el sello a mi paquete. ¡Chico! Era completamente negro…

—¡Qué raro! Nunca lo había oído antes… Pero claro, dicen que en América se ven cosas muy raras...

—Pero, Venga, cuéntame lo del niñito.

—Ah, pues es como… un hombre, pero bajito, joven, como un cachorro y ¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—A los niños les está prohibido fumar.

—Y ¿Por qué? No lo entiendo. Entonces… si los hombres no crecieran… No nos quemarían. Creo que me gustan los niños.

—Si, éste era muy hermoso. Era rubio, como tu. Su pelo me recordaba al trigo dorado en verano. ¿Sabes a qué me refiero? Ese color suave…

—Claro que lo sé. A veces recuerdo cómo el viento me acariciaba, cuando solo era una gran hoja libre…

—Creo que me estoy enamorando de ti.

—No digas, eso… no lo hagas. Me iré pronto. Muy pronto.

—Me gustaría acariciar tu cuerpo, como hacen ellos… Pero no tengo manos.

—Dicen que si nos fumaran a la vez… Conocí a una, que me contó, que dos que se enamoraron, se amaron el aire, cuando eran humo… así es posible.

—Sí, que hermoso…. Pero mira, ahora él ha dejado de fumar...

—¡Silencio! Alguien viene.

Una mujer se acerca al cajón que hay bajo la tele, allí guarda su tabaco y un paquete del marido, que dejó de fumar hace un mes…

- Espera, voy a coger un paquete de tabaco. Se me ha terminado el que tenía en el bolso.

—Si, hija… Oye, ¿no tendrás por ahí un cigarrito de los que me gustan?

—Pues mira, papá, no deberías fumar, pero voy a darte una alegría. Juan dejó por ahí un paquete y quedan algunos cigarrillos. ¿Quieres uno de éstos?

—Si, anda trae, antes de que venga tu madre y me pille.

—Ay, papá pareces un niño chico… Anda vamos a sentarnos en el sofá y te acompaño con una copita de vino.

Ambos se sientan a charlar.

Encienden cada cual su cigarrillo y entonces…

—¡Qué extraño! ¡Mira qué cosas tan raras hace el humo de tu cigarro y el mío!

—Es cierto, Parece que se entrelazan…

—Son como dos amantes… bailando…

Natacha.

miércoles, 22 de abril de 2009

CLARO... OSCURO

Observo el campo de batalla… a lo lejos, el castillo anhelado de un reino inmaterial carcome mi deseo… se acrecienta en mi, una angustia eterna que se repite, se repite, se repite, una y otra vez desde la eternidad trágica de mi esencia…me pregunto, situada en la atemporalidad de nuestras vidas, ¿te veré en el último ocaso o en el último amanecer, cuando el destino marcado decida apagar tu luz o mi vida?… da igual, conozco de antemano el fin…muerte…una muerte que se altera en cada nueva vida por la voluntad de dioses implacables que desconocen el amor que se ha dado en cada nuevo despertar… nuestro destino está sellado, soy la reina de un reino de hastío y soledad, tu el soberano de mi alma, mi mente y mi cuerpo… aunque te desee, está entre los dos una marcada brecha que solo nos permite contemplarnos silenciosamente, siempre a la misma distancia…

Mi visión se nubla, el mismo decorado y la misma absurda ilusión, pretender un empate o la caiga de mi reino por un amor…la batalla inicia… mis tropas pausadamente se lanzan frente al enemigo… aquellos que nacieron para sacrificar sus vidas, encabezan la batalla…avanzan tímidamente con el miedo en los ojos esperando el encuentro aniquilador… en el centro del campo, los primeros combates… de bando y bando los cuerpos destrozados caen inertes… el paisaje en blanco y negro se torna ahora rojizo por la acción inevitable de la batalla… sólo me queda soportar y rogar al cielo que tu vida o mi vida caiga en manos de aquel a quien amamos…en mi ruego, pido morir por tu espada, que nuestras miradas se entrelacen en el instante eterno de un nuevo adiós… o… ser la causante de tu caída, que sea a mí a quien entregues tu vida… sé que entre los dos, se ha creado por derecho el morir por amor…

Ahora, te veo a lo lejos, parado inmóvil, inquieto, aturdido, esperando que la causalidad te obligue a pelear… si bien, tu piel es oscura, te enrojeces de rabia, de impotencia, porque aunque no puedas decírmelo, sé que me amas… sólo espero mi momento… una tristeza incómoda se va apoderando de mi…acallo mi llanto… el destino me arroja velozmente hacia el enemigo… pienso sólo en ti, en este amor prohibido que nació desde la antípoda esencia que nos recubre, desde la perfección de los opuesto que se encuentran para formar un solo ser…

Sigo avanzando en busca de mi amor… a mi paso son abatidos por mi espada aquellos que también te aman, te veneran, te protegen… ven en ti su fin, su estar y perecer… yo por el contrario veo en ti mi todo, aquel a quien anhelo… aquel que me alienta en este espacio sin tiempo… aquel que con su amor, me ha permitido soportar por siglos reencarnar mi papel en este teatro…

Batallo aguerridamente, guiada por las manos de un dios que desconozco… inspiro sin voluntad a mis tropas hacia su victoria… me dejo llevar hacia mi deceso…sigo avanzando…cada vez estas más cerca… dos jinetes me acompañan, abren el paso, me protegen, saltan de un lado a otro intentando acorralarte, tus caballeros en vano te resguardan... pero el destino esta trazado…el último de tus protectores a caído…te refugias en una esquina… y yo en un segundo estoy ante ti… te miro fijamente…sonríes… y como un momento ritualizado esperamos las palabras que den un nuevo fin a nuestro atormentado amor…

…jaque mate…


FAUSTO

jueves, 2 de abril de 2009

QUIZÁS TENGAMOS OTRA OPORTUNIDAD

No sé porqué, (quizás esté en mi código genético), soy de los que piensa que hay un gran amor para cada persona, en cada camino de la vida. Algunos pensaréis que soy bastante romántico, y otros en cambio que lo que soy es bastante pesimista. Pero lo cierto es que si os detenéis un instante a pensarlo, me daréis la razón. En ningún momento he dicho que solo vayáis a estar enamorados una vez, pues es ese estado se encuentra en todas partes, si no le tenéis miedo, y además estaría mintiendo.

El amor me agarró cuando menos lo esperaba, cuando estaba distraído, y casualmente cuando más lo necesitaba. Lo sentí al instante, sabía que era él por como empezó a transcurrir todo.

Lo recuerdo todo como si se tratara de una película, fotograma a fotograma que ahora visualizo una y otra vez y me hacen viajar justo hasta el instante que todo comenzó.

El día estaba triste, las negras nubes que avisaban de un tremendo chaparrón, ocultaban el cielo, y estas habían descendido tanto que casi las podía tocar con las puntas de mis dedos. Paso a paso, temiendo que me alcanzara la lluvia me introduje en una librería para comprar algún libro cuya historia me absorbiera a otra realidad y dejara en un segundo plano a esta, donde era la soledad la que predominaba. Lo que nunca llegué a imaginar fue que precisamente en aquel lugar comenzaría a escribir mi propia historia.

Tan solo entrar me dirigí hacía los estantes, y comencé a esperar a que algún libro se decidiese a elegirme, y se prestase a cargar un trocito de mi alma entre sus páginas. Cuando me decidí (o se decidió él) por uno fui a cogerlo, pero entonces reparé en su presencia, estaba a escasos metros de distancia, alcé la vista… y el tiempo se paró, mucho más que un segundo, mucho más que un instante, solo estábamos ella y yo, y alrededor…nada. Pude observarla bien, sus ojos tímidos y juguetones me mostraban el mar y además su alma, la dulzura de su rostro, sus labios esponjosos y húmedos que efectuaban una media sonrisa, pero aquel instante se desvaneció en el mismo incontable e imperceptible espacio de tiempo en el que apareció, y el tiempo volvió a ser tiempo cuando su larga cabellera dorada danzó acompañando a una ligera brisa fresca que se había introducido en el local quien sabe por donde. Os juro que lo viví, y al descubrir que mi corazón latía a un ritmo intrépido, y que el estómago me cosquilleaba, supe que había sucedido de verdad, que allí estaba, que era ella.

Un impulso irreflexivo, como un latido, hizo que me acercara a ella y le pronunciara unas palabras antes de que estas circulasen por mi cabeza.

-¿Te gustaría salir conmigo?- pronuncié sin saber como lo había echo, sin sudar, sin tartamudear, sin enrojecerme, todo eso comenzó varios segundos después.

-Me encantaría-

A medida que pasaba el tiempo nos conocíamos más y más, y crecía en nuestro interior una intensidad de sentimientos que traspasaba la barrera de lo insospechado.

Conseguimos fusionarnos en uno y ser capaces de utilizar el tiempo a nuestro antojo y ningunear a la distancia. Nos teníamos el uno al otro, y eso nos bastaba, nos confiamos, lo creímos, y no nos dimos cuenta de lo mucho que estábamos equivocados hasta que fue demasiado tarde.

Ahora, al igual que pienso que hay un gran amor en la vida, ese con el que la pasarás, (por eso solo debe haber uno) si sabes verlo y aprovechar la ocasión, si sabes mantenerlo, si no dejas que te atrape el miedo, y te dejas llevar, sin que te de vértigo, por eso sentimientos, también pienso que ese amor no puede ser mostrado, debe ser un secreto oculto entre los dos amantes, porque si se muestra, crea una energía positiva a su alrededor, pero en su entorno crece cada vez más un circulo oscuro y viciado de energía negativa creando a nuestro paso demasiadas barreras. Quizás todo eso fueran excusas o tabiques imaginarios capaces de soportar un poco de todo el vacío y el dolor que sentía por la marcha de un amor. Claro que tengo esperanzas por recuperarlo, es más, nunca dejaré de tenerlas, a pesar de que la distancia se vengue de nosotros haciéndose cada vez más larga, y el tiempo corra más deprisa. Supongo que será cuestión de equilibrio. Es esta vida, la misma que me la dio y me la arrebató, la que decidió haciéndolo que me quedara anclado en el pasado, a un tiempo en el que el gran amor de mi vida me enseñó a amar con toda la intensidad. Quizás la vida, el tiempo, y la distancia, se unieron con todas sus fuerzas para destruir lo que sentíamos, y demostrarnos que este no era nuestro tiempo. No, no lo era, si no, ellos no podrían haberlo echo. Tal vez sea un preludio, tal vez nos den otra oportunidad, en otro tiempo, en otra vida, y podamos traspasar todos esos muros, incluso el enorme muro que separa la vida de la muerte, como siempre hemos hecho, amándonos.

Leinad23

martes, 31 de marzo de 2009

MARISOL


Marisol, la chica de la guitarra melodiosa, quien también fuera la chica del valle de los girasoles, se marchó de este pueblo una tarde nublada. He aquí el relato.

Los padres de Marisol murieron en un accidente automovilístico, por eso un tío suyo se hizo cargo de ella. Puesto que este hombre era aficionado a la bebida, solía perder la razón cuando el diablo se le metía dentro: bramando como un toro, iba al cuarto de su sobrina y la maltrataba sin piedad.

Si la negrura del cielo se espesaba y la luna palidecía, Marisol interrumpía abruptamente sus canciones y se acordaba de la palabra miedo; en un dos por tres deslizaba la guitarra bajo de su cama, se envolvía con las sábanas presa de terror y apretaba los párpados deseando el canto del gallo al amanecer.

No sé cuánto duró tan lastimosa situación, pero Marisol era una mariposa de aire y a su inquisidor se le fue de las manos.

Vivía en una desvencijada casa azul, al otro lado de la mía, cercada por una fila de pinos, frente a un riachuelo de plata rizado por el viento.

En la margen del arroyo la conocí. Ella era una niña de doce años que usaba un vestido blanco salpicado de manchas de zarzamora, yo era un niño de rostro enfangado que caminaba por ahí buscando pepitas de oro… Explico esta circunstancia: por la mañana, había leído con fascinación un libro en el que John Ashcroft, un diestro cowboy del Oeste, con su dupla de revólveres se libró de un grupo de bandidos que asolaban una pacífica localidad, y por su acción meritoria se le otorgó una medalla que le confería el título de sheriff, pero para completar su fortuna, que por lo visto no era suficiente, el destino le sonrió al percatarse de una reverberación inusual en el fondo de un río. Intrigado, John Ashcroft se inclinó hacia el punto brillante, alargó la mano y extrajo una piedra dorada que se llamaba oro; este mineral valía muchísimo –más que la vida de veinte apaches-, dado que le permitía a uno comprar lo que fuese: caramelos, elefantes, algodones, etc. Esta halagüeña fantasía me hacía ruido en la cabeza, cuando vi a Marisol singlando piedras en la superficie del agua. A cinco pasos de donde ella practicaba su infantil deporte, había en el suelo una canasta de mimbre que contenía frutos. “Quizás esconde oro en su interior”, se me ocurrió pensar, y con sigilo alcé la canasta y eché a correr. ¡Escapatoria imposible! No preví que una niña corriese tan rápido… Me pisó los talones hasta que tropecé violentamente con una rama y hube de soltar la canasta al vuelo. Yo caí de espaldas a mi perseguidora, así que me volví para enfrentarla. En su mirada fiera bullía fuego y por sus mejillas rodaban algunas lágrimas. Supuse que se abalanzaría sobre mí, sin embargo, su proceder me desconcertó: se fue, no dijo nada, sólo se fue... Los ojos que segundos antes ardían en llamas se apagaron y su dueña dejó la canasta inmóvil en aquel sitio. “Vaya, una niña extraña”, me dije en voz baja, ignorante del por qué no podía dejar de pensar en una niña tan extraña.

La hice mi novia una tarde de Mayo, en el momento justo en que las corolas, abriendo sus labios fragantes, se mecían tímidamente sobre sus tallos. Dije que recuerdo el momento justo, pues al verla tendida en un colchón de yerba y rodeada por un séquito de flores, el corazón, dándome un vuelco, me hirió de golpe y me atrajo a su lado: Marisol, eres más hermosa que todas las rosas de nuestro valle… Marisol -a pesar de mi nerviosismo, continué mi torpe discurso recién empezado-, tampoco las estrellas que tanto te gusta mirar desde tu ventana pueden compararse contigo… yo quisiera saber…”. Marisol, que apoyaba la sien sobre la palma de su mano, sonrió denotando complacencia. Sus labios escarlata se aproximaron a los míos y por un instante el mundo desapareció.

El amor es un tema enredado. Uno se burla de él, otro, el asceta, evita su contacto a base de trabajos y ayunos; y en el mundo existen seres que dicen no haber amado nunca, y hay otros más que con las heridas abiertas y sangrando han jurado no enamorarse otra vez. Y cuando uno se siente inmune a su magia, el amor se filtra por las hendiduras del corazón.

Marisol se marchó y todo ha cambiado. La vasta casa azul, al poco de su partida se derrumbó, alterando el panorama que dio lugar a nuestra historia, y las golondrinas que hicieron su nido en el tejado emigraron también. En cuanto a mí, después de acallarse las notas musicales que alegraban mi existencia en las plácidas horas de estío, sé del eterno martirio que encierra la palabra soledad…

Pero Marisol está bien y eso me tranquiliza. Y sé también que echa de menos el campo que nos vio crecer, que al evocar el aroma de la rosa perlada por la lluvia se acuerda de mí, que lejos, en la gran ciudad iluminada por la magnífica luna que se eleva por sobre los edificios, ella rasga las cuerdas de su guitarra: “Para el amor no hay imposibles, pues el amor nunca muere si hay esperanza”.

Es el estribillo de una melodía que a menudo cantaba frente al porche de su hogar, cuando me veía saludarla y cruzar el riachuelo con las pantorrillas húmedas: “y si la esperanza alienta dentro de ti, el río remontará su cauce, las golondrinas volverán, y al final del camino, tú y yo nos reencontraremos.”

Carlos

domingo, 29 de marzo de 2009

DE FRÍO MÁRMOL

Hacía ya 20 años que trabajaba como jefe de seguridad, casi los mismos que llevaba enamorado de ella. Carlo había heredado el trabajo de su padre. Puede decirse que era tradición familiar. No era el empleo que él había soñado, pero en aquel momento era lo único que tenía. Su vida pasaría a convertirse en un ir y venir rodeado de obras de arte, trabajando como empleado en la Galleria Borghese de Roma. Él quería algo mejor. Lo que jamás pensó fue encontrarla allí.

La conoció en su primer día de trabajo y desde entonces la adoró, como sólo se adora al verdadero amor. Carlo estaba felizmente casado y era padre de dos hermosas niñas, pero ninguna de sus princesas, como él las llamaba, provocaba en su interior tal guerra de sentimientos. Vivía luchando contra la realidad y por ahora se negaba a dar la guerra por perdida. Sabía que ese amor era imposible, pero se obligaba a sí mismo a seguir sujeto a esa fantasía. Esa mujer era lo que le permitía levantarse cada mañana y recorrer la distancia que les separaba, para perder otro día en un trabajo que no lo satisfacía y ganar otras horas a su lado.

La galería abría sus puertas a las 10 de la mañana, pero ella siempre estaba allí cuando Carlo llegaba. Nunca le había fallado. Incluso antes de abrir las puertas o desconectar las alarmas se reunía con su amada. Necesitaba verla para poder comenzar su día. Era como una droga, una adicción a la que no podía resistirse. Sabía que ella no podía corresponderle, pero de todos modos era feliz amándola.

- Buenos días mi bella dama, otro día más, aquí estoy. Pasaré a verte durante mi turno, si tú me lo permites.- le decía sonriendo cada día, sin obtener respuesta, mientras la observaba embelesado. Eres perfecta, pensaba. Luego se despedía con un gentil beso en la mano. Deseaba más, pero era lo único que tenía permitido y pese a ser un pequeño gesto de amor, le llenaba el corazón.

- Hasta luego mi amor..

Cientos de personas visitaban la galería cada jornada y decenas de hombres se paraban en seco a mirarla, cuando se cruzaban con ella. Entendía tal reacción, porque a él le había sucedido lo mismo. Iba con el director de la galería, conociendo los entresijos del empleo, cuando la encontró; de repente, eran sólo los dos, el director se había esfumado, los visitantes eran una sombra en segundo plano, el mundo había quedado reducido a su diosa de piel de marfil. Desde ese instante la amó. Fue el motivo por el que aceptó el empleo, aún seguro de que su amor no llegaría a convertirse en realidad jamás.

Sin embargo hoy era un día especial, distinto a los demás. Hoy su amor le dolía. Le oprimía el corazón y el pecho, sin ni siquiera dejarle respirar. Quería estar con ella, quería tocarla, besarla, hacerla suya y no podía. ¿Por qué demonios el amor tenía que ser tan cruel?

Esperó hasta la hora de cierre para correr a su vera. Las horas se le habían hecho eternas. Cierto es que la visitó varias veces cuando el dolor ya se le hacía insoportable, pero no se pudo pararse a hablar, no con testigos que juzgasen su amor. Vacía la galería y cerradas todas las puertas, se dirigió a su encuentro. Cuando la tuvo enfrente las lágrimas ya le cubrían sus mejillas.



- Dime ¿por qué me enamoré de ti? Soy un hombre cuerdo enamorado de una estatua o tan sólo soy un loco. Mi amor se resume en un bloque de frío mármol. Querida Dafne, mi amor, te quise desde el primer día y mil noches he soñado con poder besarte y que tú me besases. Mil noches te he imaginado bajando de ese pedestal para rodearme con tus gélido brazos y mil noches me desperté llorando al saber que jamás sería realidad, que jamás vería esos ojos y que jamás escucharía tu voz diciéndome mi amor.

- He intentado olvidarme de ti pero no puedo. Me enamoré y ahora soy tuyo. Dejé de pertenecerme a mí mismo para convertirme en ti. ¿Por qué no luchas y te liberas de los brazos de Apolo? Le odio por ser tu captor pero a la vez lo entiendo, si yo tuviese la mínima oportunidad ten por seguro que no te dejaría escapar, aunque los dos nos transformásemos en laurel ,para vivir juntos la eternidad.

- ¡¡¡ Cobra vida, por favor¡¡¡¡- le suplico entre sollozos

Desahogado de su dolor se desplomó y lloró como un niño a los pies de la estatua de Apolo y Dafne. Su amor de mármol.

viernes, 27 de marzo de 2009

HAY QUE MATAR ESTE AMOR

Era una tarde fresca del mes de marzo, cuando los arboles dejan caer sus hojas por la suave brisa del otoño, en un hermoso atardecer.

Corrían los años 60, donde el que dirán y los prejuicios para muchos, estaban a flor de piel.

En el momento menos oportuno, cuando nadie lo esperaba, y con las personas equivocadas, el AMOR hizo su aparición.

Bastó un encuentro de sus ojos para que como un fuerte imán, mas poderoso que la atracción de la gravedad de la tierra, los atrapara a ambos, sin entender por que ante cada mirada encontrada, sus corazones comenzaban a galopar a un ritmo inusual...

Él, adulto, hombre mayor, con una familia formada, con todos los prejuicios a cuestas.

Ella, joven, adolescente, romántica e inmadura. Nunca había sentido algo tan fuerte, que harían trastabillar sus conceptos de moral, que venia arrastrando junto a todos los cuestionamientos propios de la edad y la sociedad que le toco vivir.

Pero si en un momento basto la mirada, para que el AMOR se sintiera satisfecho con su cometido, a medida que transcurrían los días, necesitaban más que una mirada.

El contacto de sus manos, aunque solo sea al pasar.

Y “él” pedía más y más.

Pensaron que el AMOR estaba jugando una mala pasada, que eso no era verdad, no podía ser, ninguno de los dos quería aceptarlo, pero “él” estaba ahí, fuerte robusteciéndose, en forma acelerada.

Les pedía más y más.

Ellos luchaban para no verse, por no encontrase, pero el AMOR jugaba con ellos, los hacia reír y llorar, ¡cuanto lloraban!

Los momentos de felicidad eran los menos ya que siempre estaba el fantasma de lo prohibido, del estar haciendo algo a escondidas, que no estaba bien. Pero “el” seguía ahí, firme, sin el más mínimo interés en retirarse, por el contrario, cada día se fortalecía más y más.

Ninguno de los dos resistía esa angustia que los sofocaba, los estaba destruyendo como personas.

En la mente de ella comenzó a tejerse la idea de que había que matar ese AMOR, cueste lo que cueste, ¿pero cómo?

Los días continuaban, hasta que una tarde de otoño, otro otoño, cuando las hojas caían, ella llegó a su casa, tomo el revolver de su padre y se disparo en el centro de su corazón que no cesaba de galopar.

Había que matar a ese AMOR y lo logro, al menos había salido de su cuerpo, pero se alojo doblemente en el de él.

Y no lo dejaba en paz, el dolor era muy grande, no lo podía soportar, su cuerpo comenzó a flaquear, debilitarse, nada le importaba ya, sus ojos cayeron como las hojas del otoño, y en un tarde de primavera él también se marcho para siempre.

El AMOR ya no podía continuar... murió con ellos.

MARÍA ROSA

miércoles, 8 de octubre de 2008

(DES)(RE) ENCUENTROS

Si parece que fue ayer cuándo se conocieron, pasaban tiempo juntos, platicando, oyendo música, fueron pocos los momentos que compartieron pero parece que quedaron buenos recuerdos de su "relación" si eso se pudo haber llamado de alguna manera en la que en realidad no fueron nada, quizás ni amigos, solo dos desconocidos en ese momento, almas solitarias en busca de buena compañía, reían y conversaban de todo un poco y nada. El nunca dijo nada, ella dijo menos. Y luego se esfumaron, y no se volvieron a ver jamás. A veces la imaginación pesa más que la realidad. Dejando solo un borroso recuerdo y un ¿qué hubiera pasado si...? Inventa lo que un día pudimos ser...

Cuando la luna se asoma

lunes, 6 de octubre de 2008

EN UN LUGAR DE LAS RAMBLAS...

Pablo era una persona bohemia, vivía en un pequeño piso de alquiler en la calle Sant Ferrant, un alquiler muy económico que abonaba cada mes a una anciana que lo tenía por algo más que un inquilino, veía en aquel joven las ganas de vivir que ella siempre había tenido, el espíritu de aventura que a ella le robaron para convertirla a sus 18 años en una prometedora ama de casa. Pablo se ganaba la vida como caricaturista, cada día al levantarse bajaba a la calle y plantaba su puestecito en las Ramblas.

Era una triste mañana de otoño, uno de esos días en los que el cielo se tiñe de un extraño color ceniza. Pablo estaba haciendo la caricatura de un niño inglés cuando casi por casualidad, por un extraño capricho del destino rompió su concentración para mirar a su espalda, y allí la vio, ella ni tan siquiera se fijó en él, ni tan siquiera lo vio, pero a él le sobró aquel minuto para dibujarla en su mente, para memorizarla, para plasmar en su memoria aquella extraña belleza, aquella extrema dulzura, aquella fantástica inocencia... supo, sin lugar a dudas que se había enamorado, se había enamorado de una joven a la que ni tan siquiera conocía y a la que probablemente jamás volvería a ver...

Esa noche Pablo no durmió, al llegar al anochecer a casa, después de pasear por el Maremagno recordando una y otra vez la imagen de aquella joven se preparó un sándwich, algo rápido, tenía mucho trabajo por realizar. Cogió su caballete y un nuevo lienzo inmaculado y se puso a dibujarla, esta vez no hizo una caricatura, esta vez quería realizar un buen retrato, pero se dio cuenta que no tenía en su paleta colores suficientes como para plasmar la belleza que manaba del rostro de la joven...

A las 6 de la mañana Pablo había terminado su obra, su magistral obra y después de asearse volvió a su puestecito de las Ramblas y mostró aquel bello retrato. A nadie de los que pasaron por allí se le escapó el magnetismo, el misterio, la belleza de aquella obra.

Marta había salido del hotel temprano, antes que sus amigas, quería dar un paseo sin prisas, sin agobios por las Ramblas, quería sentir el aroma de las flores a su paso, el trinar de los pájaros enjaulados, el ajetreo de gente, quería contemplar las obras de aquellos artistas anónimos, quería sonreír viendo a las estatuas humanas, quería disfrutar de su último día en Barcelona. Al llegar al puestecito de Pablo, Marta se quedó anonadada, aquel retrato... aquella chica dibujada con tanto detalle, aquella chica, era ella!!!

Cuando Pablo se giró a ver quien había gritado se quedó felizmente sorprendido al descubrir que la persona que había dado tal alarido no era otra que la chica de la que se había enamorado y de la que pensaba no volvería a ver jamás. Cuando Marta le preguntó cuando valía aquel retrato, Pablo con una dulce sonrisa en los labios le comentó que era un presente para ella, que lo había pintado para ella, que a él y sin que ella lo supiera ya le había pagado con algo mucho más valioso que el dinero, con su compañía...

Pablo se ofreció para hacerle de guía aquel día a Marta, y ella aceptó encantada. Pasearon por el barrio Gótico, por la playa, dieron un paseo en góndola... Pablo estaba fascinado, observaba cada gesto de Marta, escuchaba cada palabra, cada suspiro... Marta estaba como en otra dimensión, no había nada más en su vida aquel día que aquel misterioso, romántico y divertido chico...

Al atardecer, después de horas y horas de hablarse, de conocerse, Marta tenía la sensación de que ya conocía de antes a Pablo, y éste tenía la más absoluta certeza que jamás amaría a nadie como estaba amando a aquella chica... y es que el amor es así de caprichoso, desde hace miles de años existe nos acompaña, pero nadie consigue entenderlo, ni saber cuando, donde o porque nace y sin entender tampoco porque en ocasiones muere tal y como vino, sin saber en que cuna se meció o en que tumba descansa... Lo cierto es que cuando al caer el sol, ambos ascendieron a las tres cruces sabían lo que iba a suceder, sabían que sus labios se unirían, que entre sus corazones nacería una vínculo que ya jamás se rompería... y en el silencio de aquel momento, con el marco de Barcelona de fondo como testigo en el fondo de sus almas el uno al otro se dijeron... Te quiero... De un punto cercano llegaban a lomos de la suave brisa las notas perdidas de una guitarra que tocaba, Still loving you...

Hoy Pablo y Marta venden cuadros en las Ramblas, hay uno que no está en venta, sólo está expuesto, en el se ve a dos enamorados besándose una triste tarde de otoño en las tres cruces del Parc Güell de Barcelona...

Hawkeye

sábado, 4 de octubre de 2008

EL BUCLE

Te levantaste, era tarde. Habías dormido mal, te dolía la cabeza. Fuiste a la cocina despacio, pensando en todo y en nada, pensando en ella... Voy a prepararme un té —te dijiste. Estabas solo. Medio dormido todavía, seguías dándole vueltas. Llevas tanto tiempo pensando en ella que ya ni siquiera sabes cuándo fue la última vez que la viste, que hablasteis.

Aún no había hervido el agua cuando sonó el teléfono. ¡Qué sonido tan desagradable! Seguro que no es ella... Nunca es ella... Pero, ¿y si esta vez sí…? No lo crees. Nunca te pidió nada, nunca te prometió nada, tiene su vida, su mundo, ama su libertad, siempre te lo dijo. Sin embargo sigue ahí, en el tuyo, en tu cabeza; se cruzó en tu camino de repente, sin buscarla, sin quererlo…

Quizá ella también está pensando lo mismo ahora, o dentro de un rato, o lo pensó ayer y ya no. No lo sabes... Vuelve a sonar, ¡qué insistencia!, ¿quién será?... Te da igual. Sólo quieres verla. Que vuelva mirarte como ella lo hace, sonriendo a medias, con esos ojos oscuros, profundos, que lo dicen todo, aún cuando calla, o tal vez porque calla, porque ella solo mira así “cuando se atreve”; eso dice… Que te roce la mano, como si no se diera cuenta, que te de dos besos cuando te saluda, a veces, tan cerca de tus labios..., suave, como si no quisiera.

Piensas, piensas que piensas y te imaginas pensando en algo diferente, es como un bucle; al final acabas volviendo al principio.

Alguien habla bajito, casi susurrando; ¡ah! la radio, ¿cuánto tiempo llevaba encendida?, no recuerdas haberla conectado. No recuerdas nada, en realidad no te importa, actúas como un autómata, sin darte cuenta; tu cabeza está “llena” de ella, mas no va a volver porque nunca estuvo..., o sí y nunca se fue...

—¡Ahora el móvil, no puede ser! —pero ¿por qué no me dejarán en paz? Ni puedo desayunar tranquilo, sin oír nada, sin pensar en nada. Bueno, solo es un mensaje. Luego lo leeré...

Lo miras, no puedes creerlo, ¡es ella!: “kiero vrte. T echo d mnos”.

—¡Joder!, ¿qué hago ahora? Además es domingo y llueve… Odias los domingos y la lluvia. —¿Le pasará algo?, ¡qué peligro tiene! Es inconsciente, divertida, y a la vez responsable y ¿formal?, inteligente.

¡Y tú muy tonto! Precisamente, te encanta por eso, porque te desconcierta, es imprevisible, se mueve como un péndulo y nunca sabes en qué momento va a cambiar de dirección. A veces parece tan “frívola”, como si todo le diera igual, como si lo único importante en su vida fuera salir por ahí, “a su aire”; sin embargo, no es así. Le importan muchas cosas, casi demasiadas.

¿No estabas deseando que te llamara?

Dudas. —¿Le contesto ahora?, ¿o mejor la llamo? —No, no, mejor contesto, no me apetece hablar, todavía me duele la cabeza. “Hla!, stas bien? Si kieres nos vemos. Bss”.

“Sbs q no pdo, trbjo, xro ncsitaba dcirtelo”.

Vuelves al principio, al bucle, imposible… Sin embargo, te sientes mejor porque sabes que te echa de menos, eso dice…

Piensas, piensas que piensas y te imaginas pensando en algo diferente, y al final acabas volviendo al principio, otra vez. Mentalmente puedes verte pensar, pensando que piensas, en todo, en nada, en cualquier otra cosa que no sea ella.

Ana

jueves, 2 de octubre de 2008

UN AMOR PLATÓNICO


No fue nada fácil mirarlo a los ojos. Cuando lo vi de espaldas me pregunté ¿Quien será ese hombre que emana tanta energía? Me lo presentaron y tímidamente le dí mi nombre y le tendí la mano. Se volteó como si nada a seguir conversando a saber con quien. Por lo menos, era con un hombre y me pregunté si yo le habría gustado. Hubiera querido quedarme a su lado, porque sentía que su presencia ejercía sobre mí un poderoso deseo de conquistarlo. Era como un imán que me trastornó la noche.

En la cena se sentó frente a mí. En ese momento no supe si fue casualidad o si lo hizo con premeditación. El caso es que no pude comer tranquila. Sentía sus ojos puestos en mí e inició la conversación preguntándome a qué me dedicaba. Cuando le conté que era escritora aficionada, me dijo que a él también le gustaba escribir y lo noté muy interesado. Logré con palabras entrecortadas, con sudor en las manos y con mucha timidez, contarle que tenía un blog, pero que no se imaginara que lo hacía de forma profesional (por aquéllo de que no le gustara). En una servilleta, me pidió le escribiera la dirección del sitio y con mi nerviosismo, me salieron las letras como garabatos. Aún así, supe que me había leído porque a los pocos días me dejó un comentario que me dejó con el alma temblando.

A los quince días, me escribió a mi dirección de correo. Sus palabras llenaron mi espíritu desde la primera letra. Supe que era un poeta y que no me había equivocado. Una vez comenzamos a escribirnos, no pudimos parar. Durante esos días, se me quitó el sueño. Me levantaba de madrugada con los ojos rojos por los desvelos a responder sus cartas. Era tanta mi excitación, la fuerza de mis sentimientos, que me quitaba el sueño. Cada día las cartas se fueron poniendo más atrevidas, pero el alma imperaba, como si nos hubiéramos descubierto: de corazón a corazón, de alma a alma, de cuerpo a cuerpo.

Me confesó que tenía mucho miedo de enamorarse. Le respondí que yo era capaz de todo y de llegar hasta las últimas consecuencias. ¿Qué podía perder? Me sentía sola y estaba un poco cansada de relaciones sin sentido. Había tenido muchos romances y un divorcio que me dejó dos hijos.

Todo parecía fluir como si fuéramos dos almas dispuestas a dar un salto de fe y a lanzarnos al vacío. Confiaba tanto en sus palabras que me hubiera sido difícil creer que no fueran verdad. Sabía que le salían del corazón. Sólo un corazón enamorado podía darse tanto. Sabía que había sido amor a primera vista. Sabía que era el hombre perfecto, aquél que siempre había esperado. Antes de él, ya había tirado la toalla y estaba convencida de que era mejor “vivir sola que mal acompañada”. ¡Se había hecho el milagro! Estaba loca de atar por un hombre que sólo había visto una vez en mi vida y que ni siquiera me había dado un beso. ¿Me había vuelto loca? En todo caso, era una locura de dos. ¡Amor a primera vista!

Pasaron tres meses de un continuo ir y venir de cartas. Aún las tengo almacenadas. Constituyen mi tesoro, mi secreto, pero no las he vuelto a leer.

Tenía que pasar lo inevitable: era de niños seguir con este juego y no poder vernos, tocarnos y hacer el amor como dos adultos que se aman y se desean.

Hasta el momento había sido un amor totalmente platónico. Decíamos que había sido amor a primera vista y que por medio de la pantalla que nos ocultaba la cara, se había disuelto el bochorno de las primeras líneas, la timidez inherente a decirnos cosas que viéndonos a los ojos hubiera sido muy difícil. Nos habíamos contado nuestras vidas, nuestros anhelos, ilusiones y todo aquéllo que no se le cuenta a un desconocido.

Pusimos la fecha para tomar el primer café. También nos contamos que los nervios no nos dejaban dormir, ¿Y si nos desilusionábamos? ¿Y si todo había sido una fantasía de nuestras mentes? ¿Y si no había verdadera química al acercarnos y darnos el primer beso? ¿Quien lo garantizaba? Pero hasta eso nos lo confesamos. La apertura era total y completa. Incluso en broma llegamos a decirnos que íbamos a necesitar de un Valium para no hacer el ridículo frente al otro. ¿Dos adultos jugando a niños? Eso fue lo hermoso: así nos sentíamos. Aquélla inocencia del primer amor nos había ganado la partida. Sí, me volví a sentir como niña, y ya sabemos que los niños no se cuestionan: sólo viven y dejan que la vida les dé lo que tiene para darles. Lo que generalmente, son ilusiones, alegrías, optimismo y pocos cuestionamientos. La juventud y los niños son atrevidos por su ignorancia e inexperiencia. No conocen aún de dolores y decepciones fuertes.

Seguí obsesionada con este amor. Seguía sin poder dormir. Era tanta mi adrenalina que le decía en broma que cuando me volviera a ver, se iba a desilusionar porque tenía los ojos como mapache, con ojeras cafesosas y los ojos chiquitos y achinados.

Un día antes de vernos y tocarnos por vez primera llegó lo inesperado: Era tanta su angustia, su culpa, que le ahogaba el decírmelo y que este maravilloso encuentro se disolviera: ¡Era casado! No me lo había querido decir por miedo a perderme. Sentí que me iba en un pozo de dolor y todo aquél amor que experimenté el primer día lo enterré muy adentro, tan adentro, que mi corazón se volvió de hielo y ya ni siquiera recuerdo cómo se vive un sentimiento.



María Renée Batlle
(Shanty)

martes, 30 de septiembre de 2008

JULIÁN

Julián era un joven singular de la especie de los soñadores taciturnos. Ya desde pequeño, su espíritu alado remontaba hacia mundos extraños que sólo en su cabeza tenían existencia y se le escuchaba decir que era monarca o guerrero o hechicero en tierras lejanas. Luego, al pasar de los años, su imaginación caprichosa se volcó hacia la realidad para transfigurarla y el juego connatural lo llevó a elegir una profesión de la cual pensó sacar provecho: la escritura.

La carrera de Julián despegó como un cohete y su vuelo alcanzó la cima de la fama mundial, y durante dos años un éxito siguió a otro. No cabía de dicha y de gozo, hasta que inexplicablemente cayó enfermo: padecía fiebre alta, casi no hablaba y apenas comía. Era como si se hubiese marchado porque no obstante estar su cuerpo presente, su alma o lo que fuera había apagado su luz.


¿Cuál era su enfermedad? Los doctores visitaron su habitación acompañados de teorías fútiles y los filósofos que lo admiraban se reunieron para emitir su diagnóstico: “tedium vitae”.


Sin embargo, lo que Julián necesitaba era inconcebible para ellos: algo de cordura y algo de fortuna. El meollo de su desgracia, la causa de su aflicción y de lo que siguió después fue un amor platónico, pero era éste uno de esos que son tan imposibles como perjudiciales. Julián se recluyó en su recámara varios meses y el asunto terminó felizmente cuando decidió viajar a París.


¿Por qué si todos hemos tenido amores platónicos Julián había sido afectado profundamente? Por el ardor de su temperamento y la viveza de su fantasía. Aparte, los hábitos que regían sus jornadas tampoco le favorecieron.


Julián residía solo en un departamento y de alguna forma tenía que maquillar el vacío para hacerlo soportable. Por eso, al filo de las cinco se acomodaba para tomar sus alimentos frente a una mesa que había en su balcón y desde allí se ponía a mirar detenidamente a los transeúntes. Los observaba con paciencia y aguardaba el instante en que se dibujara una trama en su fantasía, entonces al ocurrírsele una buena historia la trasladaba de su imaginación palpitante y fresca a una hoja en blanco. Esta rutina agotadora, aunada al insomnio que propiciaba, debilitó sus nervios y mermó su salud.


Por si fuera poco, un día su editor lo llamó por teléfono y le dijo a través de la bocina:


-Julián, nuestras ventas han decrecido. No es grave la cosa pero tú entiendes que hemos de resurgir –hizo una pausa-. Escribe una novela de amor, es lo que le gusta a la gente.

-Sí señor, trabajaré en ello.

Julián se sintió apremiado. No bien colgó el editor, bebió de prisa un vaso de agua e intentó esbozar un esquema. “¿Qué pasa?”, se preguntó con descontento al repasar la cuartilla tachonada, era claro que no obtuvo los resultados que esperaba. Se dirigió a su mesa de trabajo y al aire libre tomó asiento y recuperó la serenidad. “¿De dónde sacaré una historia de amor?”, se repetía pensativo mientras sostenía el lápiz entre sus dedos inquietos.


Pasó un día, y otro, y otro más. Vio mujeres hermosas ir y venir por la calle, mas no le inspiraron un romance como el que tenía deseos de reflejar en su novela. Pensaba de este modo: “Una vez que tenga a mi protagonista, la novela se escribirá sola”. De pronto, a la semana, divisó en el balcón de un edificio contiguo a una mujer de cabello castaño y grandes ojos negros regando unas flores. “¡Es ella!”, exclamó Julián emocionado, y agregó: “¿En dónde te habías metido? Te llamarás Abril”.

Al amanecer, “Abril” corría su ventana de cristal para contemplar al sol desperezarse y expandir sus redes de fuego sobre la ciudad. Después se metía a la cocina, preparaba café y volvía a salir. Julián la dotó de todo cuanto había soñado de una mujer. Le concedió sensibilidad privilegiada, inteligencia sobresaliente, un alma fina y preciosa cual una perla.


Los capítulos eran ligeros, entretenidos, saturados de poesía. La novela avanzó sin mayor dificultad, y en un abrir y cerrar de ojos estuvo lista. La remitió al editor, quien le auguró un éxito rotundo.

Una noche, “Abril”, que se hallaba fumando un cigarrillo en su balcón, se percató de la presencia de Julián y le sonrió. Y Julián, que sin saberlo se había enamorado de ella, le agradeció el gesto y quiso llevarle un ejemplar. Tomó uno de los libros y anotó estas palabras: “para la mujer más hermosa, la que dio vida a esta novela y también a este humilde escritor”.


Cerró su puerta, cruzó la acera y preguntó a una señora por la joven. Ésta le miró con desdén y lo ignoró. Julián insistió y por fin le señaló de mala gana a un muchacho que estaba sentado en las escaleras. Julián se acercó, preguntó nuevamente y consiguió el número del departamento. Subió y presionó el botón del timbre. Un hombre moreno y voluminoso que entreabrió la puerta inquirió: “¿Hizo cita con alguna de las chicas?”. Julián, desconcertado, replicó que no. “Para pasar la noche con una de ellas tiene que hacer una cita”. “Disculpe, se trata de un error, me equivoqué de número”, fue la excusa de Julián.


Un balde de agua fría cayó sobre sus hombros. Camino de regreso, iba refunfuñando incrédulo: “¡Mi musa! ¡Una vil prostituta!” Naturalmente, la sorpresa lo conmovió y lo sumió en la tristeza. Se prometió no escribir nunca más, y en secreto denostó a la fantasía y acusó a la raza de los soñadores. Empero, la novela Abril fue acogida entusiásticamente por el público y lo invitaron a Francia para impartir una conferencia. Julián reflexionó largamente y aceptó la invitación. “Después de todo –se dijo en voz baja-, tú, Abril, mi Abril, estás aquí, conmigo, respirando dentro de estas páginas inmarcesibles que jamás podrán ser arrancadas de mi corazón”.


Carlos Iberri

domingo, 28 de septiembre de 2008

AMOR PLATÓNICO

Me hizo gracia, el otro día mientras estaba conduciendo escuché en la radio una canción que me transporto a mis años juveniles.

La canción que escuchaba se titulaba “En el Andén” de un grupo musical llamado Melón Diesel.

Como el artículo está relacionado con el Amor platónico os contaré mi historia… quizá una de mis tantas historias que no he olvidado.


Todas las mañanas cogía el metro para ir hasta mi colegio, y allí en el Andén… todas las mañanas... estaba... él.

Un chico algo mayor que yo, a mí me resultaba guapísimo, alto con una melena cortita y negra como el azabache, unos ojos grandes negros y una piel… uff... una piel… preciosa, quizá eso fue lo que primero me llamó la atención.

Día tras día allí los dos, a veces coincidíamos en el mismo vagón, otras veces… había tanta gente… que nos metían a trompicones en diferentes vagones.

Me acostumbré a su presencia, si algún día no lo veía me preocupaba, pensando qué le podía ocurrir.

Después de un tie
mpo de coincidir diariamente, una mañana se puso al lado mío y me dijo HOLA, uff ese saludo para mi fue...

Así que todos los días deseando coger el metro para simplemente decirle HOLA, me atraía de una m
anera tremenda, procuraba arreglarme un poco más que antes, aunque llevando uniforme poco podía hacer, ya que estudiaba en un colegio de monjas y allí la disciplina era enorme.

Pero me encantaba, nunca dijimos ni una palabra más larga de “hola”, pensaba en él, incluso le comenté a mi gran amiga, lo que sentía por el chico del andén.


Cruzábamos nuestras miradas en repetidas ocasiones, mientras pasábamos estación y estación, hasta que yo me bajaba. Nunca supe cual era su destino, en cambio él, el mío si.

Una mañana después de coincidir a diario con él, durante 6 meses, no lo vi, ni la siguiente, ni la siguiente, empecé a preocuparme, a pensar lo que le habría podido ocurrir, siempre nerviosa cuando bajaba las escaleras para acceder al andén y siempre con la esperanza de poder encontrármelo de nuevo.


Me gustaba, me atraía un montón y no sabía el porqué, si ni siquiera habíamos intentado conocernos, pero la realidad es que pensé que me había enamorado.


Una mañana cuando ya mis esperanzas estaban perdidas le vi, allí estaba de nuevo, con sus ojos negros y grandes a su lado estaba una chica con un bebé en brazos, él me miró, yo le miré esperando el saludo, quizá esperando una explicación de su desaparición que duró un mes, mantuvimos las miradas durante unos segundos, él hizo un gesto como para quizá dejar salir por su boca ese “hola” esperado, pero algo le interrumpió.

El llanto del bebé que había a su lado le hizo girar la cabeza, llegó el metro, y nos montamos, ellos estaban en la otra punta de ese vagón, y yo no paraba de moverme para poder divisar su cabeza, que me fue imposible, llegó mi estación y me bajé, con una pena enorme, el tren siguió su marcha y yo mientras subía las escaleras para salir, notaba en mi nuca como una mirada diciendo…”adiós, hasta siempre”.


Ese fue el último día que coincidí con mi amor platónico, nunca volví a verle, pero ese hombre se me quedó grabado muy hondo en mis recuerdos.


Quizá siempre me ha quedado la duda de lo que podía haber ocurrido, si yo en una de tantas miradas aparte del “hola” hubiera tenido menos vergüenza y me hubiese acercado hacía él para entablar alguna conversación, pero no pudo ser y siempre se me quedará la duda de… lo que hubiera podido ocurrir y no ocurrió.


Leznari

viernes, 26 de septiembre de 2008

ENCUENTROS AGRIDULCES

Leonora estaba agotada del trabajo y la rutina diaria, solamente deseaba llegar pronto a su destino, comenzar unas vacaciones relajadas… y algo más. Su secreto estaba a salvo en una cajita esperando ser abierta algún día.

Como cada año, Leonora frecuentaba a diario la cafetería que sabía se reencontraría con Tomás. Cada vez que le veía entrar, se estremecía, un temblor agradable recorría su cuerpo y los latidos de su corazón se podían casi oír en el exterior, sensaciones a su vez reprimidas, no sabía si era correspondida. Su deseo más próximo era besarle dulcemente, como en sus sueños más inquietantes, pero como cada año, le mostraba únicamente su afecto a través de un abrazo amistoso y unos besos fraternales.

Como siempre, a Leonora no le quedaba otro remedio que conformarse con charlar un ratito con Tomás, tomando un café o una cerveza, el tiempo y las circunstancias no le daban margen para más, pero tenía que aprovechar cada segundo para calmar su sed, charlar y estar a su lado la hacían dichosa y feliz, se sentía libre por unos instantes.

Una noche fueron a bailar, era el momento ideal para acercarse más a él. Aunque sus cuerpos se arrimaron, casi enlazaron, no podían mostrar sus emociones, sí, él también las tenía, se las pudo susurrar al oído mientras los demás estaban charlando animadamente sin prestarles atención. La angustia se apoderó aún más de Leonor. Los sentimientos eran mutuos, no cabía duda, pero aunque en ese mismo instante les pasaron mil cosas por la cabeza, se limitaron a una mirada dulce y triste. —“Si no fueras quien eres…” —“Ya lo se, lo siento tanto…” —le contestó ella.

Al final de las vacaciones se despidieron con dos besos en la mejilla, pero al acercarse a la mejilla de Leonora, Tomás deslizó sus labios y la besó ligeramente. Fue un atrevimiento peligroso pero la sensación era maravillosa, sintió toda la pasión a través de ese beso-caricia que él dejó como recuerdo hasta su próximo encuentro agridulce.

De repente una voz exclamó —“¡Leonora, cariño despierta, por fin hemos llegado!”, abrió sus ojos y miró tiernamente a Miguel, sólo ella sabía que esa cajita nunca se abriría.

Fair Lady

miércoles, 24 de septiembre de 2008

A AÑOS LUZ

Sentimientos contradictorios la invadían. Había pasado el verano con los recuerdos planeando a su alrededor. La imagen de la clase, de los libros, de los profesores-as entrando por la puerta dispuestos a abrir sus mentes juveniles, despertarlas. Él, con sus libros bajo el brazo, sus gestos, su música, sus historias.

Lo supo de repente. Sus manos aposentadas en sus hombros, una despedida limitada, un deseo ferviente de un feliz verano. Su sonrisa grabada en las retinas y el corazón. ¿Cuántos años era mayor que ella? ¿Serían veinte, quizá más? ¿Cuánto amaría a su pareja como él la llamaba ante ellos, sus alumnos? ¿Sería verdaderamente feliz?

Mil preguntas se arremolinaban en su desconcertado cerebro, mil preguntas sin respuestas. Sólo podía responder a una: ¿Estaba enamorada?, sí, lo estaba.

De inmediato supo de lo inalcanzable que resultaba ese amor juvenil. Era joven, cierto, pero no estúpida. Decidió limitarse a llenarse de momentos en su presencia, recogerlos como migajas deliciosas, cual pajarillo hambriento.

Su risa ante sus cosas, sus alabanzas en los trabajos que tanto se esmeraba en perfeccionar para él. Sus enseñanzas de ese mundo que tanta pasión le causaba y no cesaba en demostrar. Ella lo recogía todo, lo ensamblaba en un collar invisible para no olvidarlo, para colgárselo en el corazón cuando todo hubiese acabado.

Porque la historia que se había empeñado en escribir ella misma; sin permiso, sin pensar, sin recato, tenía el final escrito de ante mano. Lo sabía y a pesar de todo... soñaba con un final feliz.

Lo imaginaba lejano, en un planeta imaginario, donde estaba solo y perdido. Lo deseaba ausente de caricias y ternura, enajenado de deseo por encontrar a alguien que lo amase, lo admirase, lo escuchase con el alma apretada, los ojos abiertos y el corazón alado.

Lo sabía a años luz.

En esas ocasiones en las que su mirada se perdía en divagaciones placenteras en la clase, él venía a rescatarla de ensueños. Una sonrisa, una palmada de cariño en su espalda, un comentario mordaz, y la realidad hacía acto de presencia, provocándole la tristeza que da la sabiduría.

Este era el último año que pasaría en el instituto. Ya no tendría que correr como cada día para coger el autobús en el que en más de una ocasión había cabeceado por la falta de sueño y el cansancio.

Salía despedida del trabajo en dirección a la parada que la llevaría al “insti”. Con el bolso, la mochila y el deseo inaudito de llegar. Inaudito, hasta que lo entendió. Siempre había sido corta de reflejos, siempre caía tarde en todo y eso provocaba las bromas entre su pandilla.

Se arregló con esmero. Peinó sus largos cabellos, se vistió como nunca y perfumó su piel vaporosamente.

Risas, chistes, anécdotas del año escolar. La cena estaba resultando perfecta y sin embargo, ella sentía el corazón encogido. Todo, era un estupendo preludio del final de su sueño infantil, pues se sentía como una niña con su juguete roto en las manos.

Un paseo espontáneo a la orilla del mar con la luna brillando en el manto nocturno. Ella y su amor inalcanzable... y veinte personas más. Juegos y chapoteos, frases divertidas.

Él, se acercó y cogió sus manos. Estampó dos besos dulces en sus mejillas. Le regaló unas palabras hermosas y una mirada intensa. ¿Era tristeza lo que le pareció ver? ¿Era el brillo de la luna reflejado en sus ojos, o lágrimas nacientes e interrumpidas?

Un momento más que atesorar. Unas migajas más con las que alimentarse y unas alas para volar por esos mundos en los que él, ya no estaría presente.

Una despedida definitiva.

Marinel

lunes, 22 de septiembre de 2008

NO PUEDO OLVIDARME DE TI

Tú me olvidas con tu silencio,
me relegas al pasado con tu indiferencia.

Mientras la desesperación se apodera de mí...


Se apodera de mi corazón y de mi vida

no puedo arrancarte de mi alma

¿cómo voy a hacerlo, si no sé?


No te importa, ¿o sí?...

Disfrazo la realidad con velos de seda,

pensando que no te atreves.


Si no te atreves eres un cobarde

si eres un cobarde no mereces mi amor, ni un segundo de mi vida, ni una lágrima de mis ojos...
... pero te vas a arrepentir, querido, te vas a arrepentir.


Sólo temo el día en que vuelva a verte,

ese día en que nos volvamos a cruzar,

ese día que llegará, lo sé, y no quiero, no quiero...


¡Ojalá no te volviera a ver jamás!

Si pudiera hacerlo, te juro que hoy sería el principio de mi olvido...


¡Desaparece, por Dios, desaparece de una vez!

¡Sal de mi vida para siempre!

¡Que me estás rompiendo el alma!


¿Cómo te olvido?

¿Cómo te saco de mi cabeza, si no puedo arrancarte de mi corazón?

Reina

viernes, 19 de septiembre de 2008

UN RAYITO DE LUZ

Estaba dormida y justo cuando empezaba a soñar, me despertaron tres Abejorros: el primero revoloteó por mucho tiempo pero sin hacer alarde de su presencia. El segundo, permanecía inquieto y ansioso moviéndose de un lado para otro, pero sin rayar en la molestia puesto que no quería ser inoportuno y lograr que despertase de mi letargo.

El tercero se poso sobre mí, y comenzó a explorar la vasta extensión de sábanas que me cubrían; aun cuando sus movimientos eran algo lentos y torpes parecía conocer muy bien a donde dirigía sus pequeños pasos; se podría juzgar que sabía lo que estaba haciendo y se encontraba decidido a alcanzar su objetivo.


Conforme caminaba se acercaba a mi rostro; el Abejorro temía por su vida obviamente, yo podía despertar en cualquier momento y muy asustada lanzarlo por los aires de un sopetón, pero él decidido, no soportaba la enigmática curiosidad que le causaba la luz que veía brotar de mi pecho respirante y sereno.


La luz era de tamaño proporcional al de él, pero refulgía tan hermosa que se parecía al primer lucero brillante del amanecer, ese que tanto le gustaba. Cuando estuvo cerquita se quedó abismado con su belleza, y decidió quedarse allí calladito y sólo contemplar, se preguntaba como esa humana podía tener una luz propia, si lo único que se asemejaba a ello eran sus amigas las Luciérnagas… nunca jamás había visto algo así…


De pronto, la luz lo envolvió y experimento una sensación nueva para él: sabía a miel, olía a flores con rocío, y sonaba similar al toc toc de la madera cuando algún pájaro carpintero se encontraba cerca de su colmena, pero mucho más pausado, calmo y profundo; el Cigarrón sintió felicidad y pudo decirse así mismo que era amor… pero —¿cómo es posible?... ¡ella es diferente…nunca podrá ser para mi!— …y abruptamente salió del hechizo causado por su luz…


Retrocedió y esta vez contempló el perfil pálido y quieto de la mujer que admiraba, era hermosa, tanto como la luz que brillaba en ella. Le dijo quedito más para sus adentros que para ella —Te Quiero mi bella princesa de esplendor… entre tanta oscuridad y eres capaz de emanar un rayito de luz—.


Habían pasado varios minutos y ya comenzaba a despertarme el continuo zumbido de las alitas de los otros dos, me moví desperezándome y abrí los ojos: no podía creer lo que miraba en la penumbra, tres abejorros: uno volando ansiosamente de un lado a otro de la habitación, otro más, suspendido en un solo lugar cerca de mí; pero, la impresión fue enorme cuando bajé la mirada hacia mi pecho y vi un bultito negro y rayado algo peludo y con alas viéndome directamente a los ojos, ¡si… a mis ojos!, no sabía qué hacer ante tan sorprendente escena así que opte por quedarme quietecita, ya pronto se iría… volteé a ver a los otros dos y su fiesta… seguían, uno desesperado dando vueltas cerca de mí, y el otro en el extremo de la cama, con ondulante aleteo.


En ese momento el Abejorro que estaba en mi pecho alzó vuelo tan silenciosamente que parecía flotar en el aire y se acercó a mi mejilla, rozándome el cabello con delicadeza, dio media vuelta y se fue… de inmediato los otros dos partieron con él, y me quede allí entre el desconcierto y el asombro y con una irracional certeza de que había recibido el beso de un abejorro.


Vuelve alguna vez, no somos tan diferentes… ¡yo también lo sentí!


Noche Hermosa

miércoles, 17 de septiembre de 2008

EL AMOR SIN TOCARSE

El Amor y el arte son dos corrientes difíciles de definir, por todo lo que encierra, emociones, sentimientos, creatividad, pasión, deseo y lujuria, pero ¿es posible amar y desear a una persona, sin tocarla?

Suena contradictorio, pero si se puede, amamos a Dios, que es un ser invisible y a la vez tan tangible que le pedimos cosas, artistas que vemos y nos convertimos en sus fans, donde la única manera de que estén cerca de nosotros es por medio de sus discos, afiches que pegamos en nuestros cuartos y todo lo que podamos tener de ellos.

Otro caso de amor platónico es el enamorarse del maestro o de la maestra de nuestra escuela, se convierten en nuestros héroes y heroínas (según sea el caso) o del vecinito apuesto que vive al lado nuestro o de la niña antipática, que a pesar de sus desplantes, piensas ¡¡Ella me ama!! O ¡¡Está loco por mí y esa es su manera de demostrarme su amor!!

Pero amar sin tocarnos, puede ser mucho mas intenso que el que se materializa, quizás porque se ama con la mente y el alma, amas su belleza y su intelecto, pues que yo sepa no he sabido que alguien haga el amor con el intelecto, por su intelecto si, pero con “el” no. Amas espiritualmente, la esencia de ese ser, sus ideas, en fin, el amor platónico puede ser más placentero que el físico porque definitivamente amas con la mente, con nada más.

En mi caso particular, a pesar de que estoy enamoradísima de mi pareja y le amo más que a nadie, yo siempre he tenido atracción hacia un amigo de mi hermano, su manera de ser me encanta, y a pesar de que nosotros nos jugamos y hay afecto, ni se me ha ocurrido acercármelo de otra manera sino como amigo, yo le catalogo como: “Mi negro amor platónico” jajajajaja, porque el es bastante moreno, y el mas común de los amores platónicos es el de “enamorarse solo”, y eso también pasa a menudo.

Yo pienso que nadie debe avergonzarse por reconocer que en algún momento hemos querido a alguien “platónicamente”, lo reconozco a mi me ha pasado y es interesante saber y reconocer, eso es parte de nuestras vidas.

Jessica P.

domingo, 14 de septiembre de 2008

CARTA AL POETA AZUL

Mientras miro el reloj pienso que pueden ocurrir mil cosas… y siempre agregaré una más, no sólo para aumentar las posibilidades sino para no cerrar la cuenta…

Doy vuelta a la hoja y coloco el separador, ése de la flor azul sobre blanco… la historia se ha tornado realmente interesante, lo suficiente como para hacer analogías… ¡ja! ¡que si las hago!, recuerdo el poema de ayer… la verdad es que es corto pero me parece profundo al leerlo nuevamente, creo le gustará.

Continuaré otro día la lectura, quiero emprender la marcha y llegar a tiempo… he de decir que la sombra de este árbol resulta tan acogedora que me ha hecho pensar en la posibilidad de quedarme un poco más, pero puede más el deseo de estar puntual. Me levanto e inicio mi andar mientras lo llevo en el pensamiento.

Hemos cambiado sin duda… el tiempo se ha encargado de que a pinceladas pueda regalarme escenas de la cotidianidad, algunas veces explícitas y otras no tanto pero al fin suyas; en otro tiempo solo le descifraba a través de su sonrisa, esa que da en cada mirada y que he de confesar se le ve linda y sigue contagiando con ella cada espacio que toca…

El camino se aviva al percibir el aroma de las rosas… quien cuida estos jardines debe amarlos demasiado que así le acarician estas preciosas flores… la sonrisa se me escapa, pienso en mi espíritu prodigándole ternuras al suyo. Mas allá un conjunto de girasoles que, desde esta especie de vereda, se alcanzan a ver iluminados aún
por la calidez del sol… se les nota esa manera de atrapar la luz y alimentarse de ella; no puedo evitar recordarlo entre los girasoles y acariciarlos tan cuidadosamente… por supuesto que hubiera cortado después uno de ellos para llevarlo conmigo, de no ser porque reflexioné acerca de lo egoísta que sería de mi parte cortar su vida solo por complacerme… de nuevo una sonrisa, que por cierto me ha devuelto un transeúnte que se cruzó justo en el momento…”¡estoy de suerte!”, me digo y continúo mi marcha.

Han quedado atrás los girasoles, estoy cerca del río, puedo sentir ya las gotitas que atrapadas en el aire tocan mi piel…sigo andando y la verdad es que a cada paso el corazón intenta llamar mi atención latiendo me parece que no más rápido sino más fuerte. Tomo una frutilla de los arbustos para saborear aún más la llegada, una fresa agridulce como las que le gustan.


Estoy en el lugar unos minutos antes ya que es emocionante verle llegar, justo aquí fre
nte al puente… caminaré un poco lento… este es el puentecito que une dos lados de una misma tierra atravesada por un pequeño río, que no por serlo, tiene menos fuerza para llegar al mar, sus aguas al correr son las que nos han colocado en una especie de no lugar, no porque no exista, sino porque no es físico…

Alcanzo a mirar su silueta, su paso al ritmo de las ideas que le asaltan el pensamiento… su andar silencioso admirando las escenas… se acerca, veo sus ojos y su cálida sonrisa… disfruto la escena… justo al momento en el que cruzamos los pasos mi mirada me delata y, a pesar de aquellas palabras preparadas, se me escapan muchas más. Es sólo un instante… seguramente me escucha y a pesar de que lo sepa ya, en silencio nuevamente se lo digo:


“Mi corazón que intenta ser transparente día a día se torna azul al tiempo en el que poéticamente vuelas en palabras hasta mí, mientras este lugar sea río y puente, llevará aún sin verla una sonrisa
para ti y las ternuras devueltas a un azulado mar que en corrientes profundas ha tocado siempre mi corazón y, aún a sabiendas de que tu azul explícito para mí es muy pequeño, intento ganarme tu silencio: ese que en el pensamiento alguna vez creará el amanecer del que te he dicho están llenos tus ojos, ése que rememora los destellos y brisas enamoradas que soy cuando en miradas instantáneas llego a ti, ese que atesora la flor azul, de amistad obsequiada y convertida en la acompañante de mis conversaciones… tu silencio que refleja las infinitas posibilidades de un ser humano al ser artífice de su vida…”

Después, la imagen se desvanece… cuando sus ojos leían una carta por cierto…


En un lapso de tiempo pueden ocurrir mil cosas y, una vez más, hoy aumento las posibilidades… la empleada me da las estampillas postales que, después de pasar por la esponja, han quedado como el decorado perfecto para este paquete… lo entrego con una mirada de espera
nza de que cruce con bien el gran azul del Atlántico… y ahí va…

Pero me asalta el pensamiento de que he olvidado algo… ¡mi libro!... salgo de la oficina postal e inicio el recorrido a la inversa: le sonrío al chico que vende fresas en el parque, sigo el camino de los adoquines que se extiende aún después de llegar al muro de los girasoles, ¡vaya artista el que lo ha pintado!... llevo prisa, incluso no hay tiempo para descripciones… el aroma de los chocolates en forma de rosas me ha vuelto a capturar, más tarde volveré por uno.


Entro a la biblioteca hasta la mesita donde leía… mi libro sigue ahí, luciendo el listón de la flor azul… ¡vaya fortuna la mía! me digo… y observándolo, me siento y suspiro en
un gesto de alivio. Ya que ha querido hacerme regresar, iniciaré aquel relato para el que las ternuras al poeta azul serán las que vertebren sus líneas… aún no sé como escribirlo, cómo explicar el panorama que disfruto construyendo cuando me dirijo a enviar cada carta, ¿cómo decir que es mi primer referente al pensar en ese amor que se da desde el espíritu, germinando infinitas sensaciones que alimentan de ilusión mi ser?, ¿cómo contagiar en líneas la alegría sentida al prodigarle de ese amor que intenta corresponder al hecho de regalarse en palabras?... de ese amor que ha existido aún en un gran lapso de tiempo…

… un silencio me invade… y no porque esté vacío el pensamiento sino porque esto último me ha dado para buscar las palabras iniciales… que tal… “Mientras miro el reloj…”

Aheo

viernes, 12 de septiembre de 2008

EL AMOR QUE NUNCA FUE

Mi abuela decía que el amor eran millones de cajas repletas de magia, unas grandes, otras medianas y otras pequeñas, todas diferentes... y que cuando te enamoras buscas una que te atraiga de un modo especial bien sea por la decoración de la cajita o por lo que presientes que llevará dentro.... con el paso del tiempo, descubres que a veces, aunque nos guste una cajita, ni tan siquiera somos capaces de acercarnos a ella... Tal vez por miedo o timidez o porque crees que esa persona jamás se fijará en ti.

María siempre estaba bordando en el patio, a través de la rejas veía un mundo aparte, que apenas tocaba y que solamente miraba...

En su pequeño oasis, debajo del limonero y con el arrullo del surtidor de la fuente se sentía feliz y totalmente en paz. Sabía que allí nadie podría hacerle daño, sabía que entre las gitanillas y geranios se sentía protegida de todo.

Sus hijos se habían marchado y le sobraba suficiente tiempo para dedicárselo a ella, a su patio encalado y repleto de flores, a sus pensamientos.

A veces, levantaba la cabeza de su labor y veía como correteaban los chiquillos del barrio hacia la escuela... recordaba aquellos tiempos que ella también lo hacía. Recordaba a don Gabriel, su profesor y a las niñas de su clase. Recordaba los paseos a misa de los domingos y también recordó a Ismael.

Ismael, un muchacho alto y moreno con diez años más que ella, que tenia el dominio de poder dejarla sin respiración cuando se cruzaba con él.

¡¡Era tan guapo!! -pensó en voz alta.

Ismael, era vecino del barrio, hermano de una compañera de clase que trabajaba en el taller de carpintería al lado del colegio. María, cada vez que pasaba por allí y lo veía su corazón palpitaba tan fuerte que creía que el propio Ismael lo podía oír.
Y su estomago le daba pequeños botes si ¡por casualidad! se encontraban las miradas.

Tenía los ojos más lindos que había visto... tan grandes, tan grises que podría perderse en ellos para toda la vida.

Jamás cruzó una palabra con él, solamente lo miraba embelesada... hasta sus compañeras se reían de ella con la típica cancioncilla de: ¡¡A María le gusta Ismael, a María le gusta Ismael!!

Y ella se enfadaba y salía corriendo hacia su casa para que nadie la viera llorar.

¿Cómo podría fijarse un chico tan mayor en una niña como ella?

Era pecosa y... pequeña. Él tenia veintidós años y ella apenas doce. ¡Jamás se fijaría en mí! -Se repetía una y otra vez.

Pasaron los años y María terminó los estudios, ya Ismael no se encontraba en el taller de carpintería... hacía algunos que se había marchado de Andalucía para buscarse mejor porvenir. ¡Cosas de nuestra tierra, que aunque la amas con toda tu alma, a veces, tenías que huir de ella para labrarte un futuro!

Apareció un hombre en su vida, que aunque no le hacía mariposas en su estómago era honrado y decente ¡como le decía su madre! Y se casó con él.

Tuvo hijos y aprendió a quererlo... pero jamás olvidó a Ismael.

Siempre se preguntó qué habría sucedido si alguna vez hubieran hablado, qué habría sucedido si se hubieran gustado...

Y es que, a veces, las cajitas se quedan en el recuerdo hasta el final de nuestros días decoradas con preguntas sin respuesta, al menos, eso era lo que mi abuela me decía...

Jerusalem